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La contaminación urbana daña el corazón
Evaluación en cinco ciudades españolas del impacto de la contaminación
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La M-30 dejó de ser una autopista. Según las malas lenguas, pasó a denominarse como vía urbana, para así poder evitar el preceptivo informe de impacto ambiental previo a las obras de ampliación masiva ejecutadas por el Ayuntamiento. De ese modo pasó a llamarse con el increíble nombre de “Calle 30”. Alguien que no vive en Madrid me preguntaba hace poco por e-mail si la Calle 30 era una calle de tráfico calmado que admitía una velocidad máxima de 30 kilómetros por hora. Sonreí con una sonrisa triste, la de la absoluta certeza de que ese no llegará a ser el caso.
Entonces, si realmente es una calle ¿por qué se admite que los vehículos motorizados y contaminantes puedan circular a más de 50 km/h.? Y, por ello mismo, no entiendo por qué razón no se puede circular en bicicleta por ella. En la foto adjunta podemos comprobar que está prohibido circular en bicicleta por esta vía. Tampoco se puede andar por ella, cuando según la normativa española las calles deben tener aceras para los peatones. ¿Cómo se entiende una calle sin aceras?
Cuando las tendencias hacia la sostenibilidad son las de quitar espacio a los vehículos contaminantes y dárselo a los no contaminantes, resulta que en este ejemplo es al revés. Se amplió el espacio para los vehículos contaminantes, a veces incluso a costa de parques lineales plantados en muchos casos por los vecinos. Yo mismo planté en mi tierna adolescencia algunos de los árboles que se han cargado para la obra, durante los sucesivos Día del Árbol que se hacían por aquel entonces.
Se habla de que en la parte soterrada (sólo una ínfima parte del total de la “Calle 30”) se va a hacer una vía ciclista en superficie que va a ser una delicia, lo que me parece muy bien. Y, desde luego, en el resto de la Calle 30, la que no va soterrada, seguimos sin poder circular, porque está prohibido y porque los vehículos contaminantes van demasiado rápido como para una cómoda conducción ciclista.
Ahora que el cambio climático está en las agendas políticas, aunque sólo sean por el momento palabras y no hechos, aquellos que contaminan deberían estar en entredicho. Sin embargo, resulta que la clase política es la primera que no está dispuesta a cesar en el uso de aquellas tecnologías que, sólo en teoría, les hacen la vida más fácil, como es el caso de los contaminantes vehículos particulares, y sigue prevaleciendo el estatus de lo más caro ante el estatus de lo más sostenible.
Nadie parece querer renunciar a usar su coche particular pese a la evidencia de los graves problemas que crea. Y para seguir justificando su uso se dicen estar inventando coches ecológicos o coches de emisiones bajas. Lo de ecológico es una palabra tan prostituida, usada con tan pocos prejuicios, que ya no es creíble que algo se llame ecológico, y menos aún un coche. Los supuestos vehículos de bajas emisiones son en realidad vehículos a los que se ha intentado mejorar su rendimiento, pero que sólo han reducido sus emisiones en un porcentaje muy pequeño. Los biocombustibles ya han mostrado su cara menos amable y está claro que no son tan ecológicos ni son la solución al problema del fin del petróleo barato.
El siguiente texto pertenece a mi buen amigo Fabio Arévalo, colombiano y consultor en desempeño humano, como aparece en su firma.
Es interesante leer como cualquier acción que haga detenerse a los coches (llamados carros, en Colombia) un tiempo tiene unos beneficios enormes. Eso nos debería hacer pensar que si tan beneficioso es hacer parar a los coches ¿por qué no se les para más a menudo? ¿por qué no se les pone trabas en vez de facilidades? La movilidad sostenible, como la que supone el uso de la bicicleta en las ciudades, saldría beneficiada.
En el caso que Fabio Arévalo nos expone queda claro: cada día en Bogotá hay entre dos y tres decesos por accidentes de tráfico. En esta jornada sin coches: cero fallecimientos, justificando por si misma la jornada, y eso sin contar los otros beneficios que el propio Fabio expone. Y el bello detalle de ver que se quemaron 100 toneladas de grasa corporal. La solución a los problemas de obesidad no pasa sólo por hacer ejercicio y comer más saludable. Pasa por disuadir del uso abusivo del automóvil.
¡Por ciudades más sanas y por ciudadanos también más sanos: Menos coches y más bicicletas!
Día sin carro: 100 toneladas menos de grasa
Por Fabio Arévalo Rosero MD*
Interesante el proceso democrático y de convivencia vivido en la décima versión de la jornada del Día sin Carro en Bogotá. Más aún en una ciudad que siempre fue vista, desde adentro y no menos desde afuera, como poco cívica y caníbal por excelencia. Hay suficientes expresiones que demuestran que la actitud de este día no es aislada y muestra cómo el comportamiento colectivo mejora la calidad de vida
El argumento de pérdidas millonarias por parte de algunos comerciantes, como los magnates del combustible y dueños de parqueaderos, no puede estar por encima de los evidentes efectos sobre el medio ambiente y el nivel de conciencia que cala en la sociedad. El enorme volumen de galones de gasolina que dejaron de venderse y contaminar, enfermaron menos niños y adultos que padecen asma u otros problemas respiratorios.
No se puede justificar como pérdidas los recursos dejados de percibir por cuenta del derroche de combustibles fósiles y la nociva contaminación. No se puede defender como perjuicio evitar la excesiva rentabilidad de unos pocos, oportunidad que se la merecen también los menos favorecidos. Es el caso de los conductores de buses y taxis que en la mayoría de los casos duplicaron sus ingresos, y el sistema TransMilenio que mejoró su ocupación casi en un 40% transportando cerca de un millón cuatrocientas mil personas.
Que democracia; más gente viajando junta y en condiciones equitativas. Más gente caminando y disfrutando de la ciudad, más personas haciendo uso de la bicicleta y las ciclorrutas. Ese día el dominio, la opulencia del carro y la odiosa discriminación se olvidaron asumiendo una postura más humana. Las avenidas, plazas, andenes, calles, etc. fueron ocupadas primordialmente por personas que hicieron en promedio un 20% más de ejercicio físico, lo cual mejoró su metabolismo y su salud.
El uso de la bicicleta especialmente en las ciclorrutas se incrementó en un 65% con relación a un día corriente. Hubo pocos lesionados leves en accidentes vehiculares, pero lo más importante fue que se salvaron al menos dos vidas en una ciudad donde diariamente puede haber dos o tres decesos por accidentes de tránsito. Cero fallecimientos justifican plenamente esta jornada
El éxito de estas iniciativas nacidas en medio del escepticismo y la incredulidad, está en el respeto a la vida y la construcción de un modelo de ciudad más equitativa. Una ciudad incluyente que como en este caso tiene más de 300 kilómetros de ciclorrutas, una gran ciclovía dominical para disfrutar. Pero igualmente motiva a tomar decisiones fundamentales para fortalecer el transporte colectivo a través de propuestas exitosas en ciudades organizadas como por ejemplo implementar un sistema de tren ligero. Una solución intermedia entre el fastuoso metro y el mismo TransMilenio.
El millón de galones de combustibles fósiles que dejaron de quemarse y emitir gigantescas cantidades de CO2 fueron reemplazados por unas ¡100 toneladas de grasa! que salieron de los cuerpos de los bogotanos. Ello se explica porque al menos unos dos millones de personas se activaron físicamente de diversas maneras con un gasto calórico adicional de unas 500 kilocalorías "per cápita". Esas mil millones de kilocarías equivalen a quemar 100 toneladas de grasa corporal. Un maravilloso trabajo en equipo para esa misma ciudad que a partir de estos ejercicios se vuelve más solidaria con el empeño de ser mejor de la mano de la gente y por encima de sus gobernantes.
fabio121@gmail.com
*Consultor en desempeño humano, Ecoplan International
El atleta etíope Gebrselassie ha renunciado a correr el maratón en los juegos olímpicos de Pekín debido a la contaminación del aire. China dice que ha tomado medidas contra el aire sucio, pero lo cierto es que la contaminación del aire en Pekín aumenta, porque aumenta la apuesta por los vehículos motorizados y contaminantes que están desbancando a las bicicletas de las calles.
Los factores medioambientales son cada vez más influyentes a la hora de designar a una ciudad para organizar los Juegos. Si Madrid quiere aspirar a organizar los de 2016 debería empezar ya mismo a ponerse las pilas. Tenemos una merecida fama de altas cotas de contaminación en Madrid. Hay que utilizar menos el coche y la moto en la ciudad, y usar más el transporte público y la bicicleta. La educación disuasiva ha demostrado no ser suficiente para conseguirlo. Son los poderes públicos los que tienen tomar medidas restrictivas, que no sólo ayudarán a ser elegidos para los Juegos, sino también para ofrecer un aire limpio a toda la ciudadanía madrileña.
Este es el nombre de la última campaña de la DGT. En ella, además de intentar concienciar con ese lema sobre el peligro del coche particular, solicita a la gente que cuente sus experiencias al volante, ya sea mandando fotos, vídeos o historias escritas, todo ello relacionado con el coche. Hasta aquí no me parece ni bien ni mal. Pero lo malo empieza cuando lees en que consisten los premios a las mejores historias: 30 cheques de carburante por valor de 200 euros cada uno.
Vehículo es, según el Reglamento General de Circulación, un “aparato apto para circular por las vías o terrenos”, por lo tanto Vehículos Privados son, además de los coches: las motos, los caballos, las bicicletas, los camiones y un largo etcétera de otros vehículos.