sábado, 14 de febrero de 2026

Ensayo sobre el pinchazo (síndrome de la rueda cansada)

 

Hay fenómenos en la vida del ciclista que escapan a toda lógica. Uno de ellos es el pinchazo.

En ocasiones ocurre que el aire de nuestras ruedas se escapa, sin pedir permiso ni despedirse, yéndose no se sabe a dónde. No hace maleta, no deja nota. Simplemente se va. Esto generalmente sucede cuando algún objeto (una espina con vocación de héroe trágico, un cristal con resentimiento o una piedrecita diminuta pero ambiciosa) atraviesa la cubierta con intensidad dramática y alcanza la cámara, ese ser humilde que vive exclusivamente del aire. La cámara, que no sería nada sin el aire, que lo necesita para existir, para tener forma, para ser rueda y no una triste goma arrugada.

Tampoco olvidemos que el aire no sería nadie sin la cámara. Se retroalimentan en un pacto silencioso y perfectamente redondo: el aire da forma, la cámara da sentido. Porque el aire, así suelto y disperso por el mundo, podrá ser muy útil para inflar globos, mover molinos, ayudar en su devenir al pulmón del atleta, pero en el universo de la bicicleta necesita un hogar de caucho que lo contenga y lo dirija. Sin cámara a la que llenar, el aire no es rueda, no es avance, no es equilibrio: es simplemente aire, vagando sin propósito alguno alrededor de la bicicleta.

Cuando el aire empieza a abandonar la cámara, ésta pierde su esencia. Se deprime. Se desinfla en el más literal de los sentidos. Y con ella, se desinfla también el ánimo del ciclista.

Al principio uno no quiere creerlo. Nota algo extraño, una leve sensación de blandura existencial en la rueda trasera, como si la rueda estuviera cansada. Pero uno, que tiende a ser optimista, se convence de que son imaginaciones suyas, que ha dormido poco por los nervios de la salida o que el asfalto es irregular en ese lugar. Hasta que la física, siempre tan poco poética, se impone: mantener el equilibrio deja de ser un acto automático y pasa a convertirse en una negociación inestable con el suelo. Entonces comprendemos que el aire no solo es importante para respirar; también lo es para no besar el asfalto.

Es cuando nos vemos obligados a parar.

Y ahí comienza el fascinante ritual del cambio de cámara.

Primero, la bicicleta se coloca boca arriba, en esa postura que la hace parecer un insecto patas arriba, asustado. Después vienen los desmontables, esos pequeños instrumentos que siempre parecen uno menos de los necesarios. Se libera la cubierta con una mezcla de técnica y fe, y aparece la cámara herida, flácida, señalando con dignidad el lugar de la tragedia.

Pero no basta con cambiarla. No. El pinchazo exige investigación. El causante del desastre suele esconderse en la cubierta, mimetizado, intentando pasar desapercibido. Introducimos los dedos con cautela, sabiendo que podemos encontrar la prueba del delito o llevarnos un recuerdo punzante. Cuando por fin lo hallamos -ese minúsculo traidor- lo observamos con una mezcla de odio y respeto. Tan pequeño, y sin embargo capaz de detener un pelotón entero.

Luego llega el momento de volver a colocar todo como estaba. Que la cámara no quede pellizcada. Que la cubierta asiente. Que la rueda gire. Que el aire regrese, esta vez con cierta desconfianza, al lugar del que nunca debió salir. Se hincha con dedicación, con esperanza, con ese bombeo rítmico que recuerda que la vida, en el fondo, es insistencia.

Y si todo va bien, el ciclista se incorpora, lumbares ardiendo, se limpia las manos en el maillot (gesto deleznable, pero imprescindible, que le marca como culpable del retraso) y anuncia con falsa modestia que ya está.

Es entonces, y solo entonces, al decidir el grupo -sin apenas mirarse- que ya es hora de reanudar la marcha, cuando alguien dice: “Nos vamos”. Podría ser “Ya era hora” o “Es el momento de partir” o simplemente “Que día más bonito para pedalear”, pero no, la frase es invariablemente “Nos vamos”. Y ya nos gustaría irnos, pero casi siempre, como obedeciendo a una ley universal no escrita, se oye, desde algún punto de la terraza del bar donde hemos estado parados, un dramático:

—¡Yo también estoy pinchado!

No ha pinchado en ese momento, claro. Es otro de esos pinchazos discretos y pacientes que comenzaron su obra mientras caían las primeras migas del bocadillo. Uno de esos que no dan la cara de inmediato, sino que se dedican, con perseverancia, a liberar el aire poco a poco.

Y así, lo que era una parada razonable se convierte en una entrañable convivencia. Tan entrañable que uno termina conociendo por su nombre a los camareros, a los perros del lugar y sospechando que, si se quedara un poco más, podría empadronarse allí.

Lo ideal sería que el ciclista hubiera advertido el problema al llegar. Que -mientras los demás comemos, charlamos, pedimos otra ronda o hacemos esas fotografías de platos de comidas y bebidas que a nadie interesan- él estuviera resolviendo su tragedia neumática en silencio y con eficacia.

La solución es sencilla en teoría: al llegar a una parada, cada ciclista debería comprobar la presión de sus ruedas. Pero el ciclista medio no se caracteriza por su pragmatismo. Vive convencido de que los pinchazos son una circunstancia estadística que afecta siempre a otros. A los distraídos. A los imprudentes. A los nuevos. Nunca a él.

Por eso, cuando alguien grita “¡Nos vamos!”, siempre hay quien descubre, con genuino asombro, que su rueda ha decidido quedarse. Porque el aire, ese viejo fugitivo, no entiende de rutas ni de prisas. Se marcha cuando le apetece, recordándonos que la bicicleta, como la vida, avanza solo mientras algo invisible nos sostiene.

 

viernes, 16 de enero de 2026

Querida bicicleta

 



Con canciones inspiradas mayoritariamente en artículos de este blog, acaba de salir "Querida bicicleta".

Como activista de la bicicleta siempre sentí que faltaban canciones que expresaran lo que vivimos quienes pedaleamos: sensaciones, reivindicación, libertad. Cuando era joven y músico aún no montaba en bici, pero ahora, con la ayuda de herramientas de IA, por fin he podido unir esas dos partes de mi vida.

Tras cuatro meses de trabajo, he publicado "Querida bicicleta", un álbum muy personal. Las letras son casi íntegramente mías, con pequeñas aportaciones de IA, y la música también nace de esa mezcla entre tecnología y experiencia vital.

Aquí tenéis el enlace a Spotify.

https://open.spotify.com/intl-es/album/6FsVCkqwiGcS1nUxuqAAUS?si=q0UOH5KnT9mLc-VJVL_n6A

También lo podéis encontrar en muchas otras plataformas digitales, buscad como autor "Eldelabici" y album: "Querida bicicleta". 

Desde canciones que hablan sobre la reivindicación de las bicicletas en las ciudades, la necesidad de la intermodalidad bici+tren, el amor, el deporte... todo cabe en "Querida bicicleta"

Canciones del álbum y artículos que los inspiraron: 
1-Vuelvo a volar
https://eldelabici.blogspot.com/2022/03/no-hay-tiempo-para-rendirse.html

2-Insumisión al motor: 
No está inspirada en un artículo concreto, sino en varios y vivencias varias que todos los ciclistas urbanos hemos tenido. 

3-Volver a empezar
https://eldelabici.blogspot.com/2023/01/volver-empezar.html

4-Invisible en la ciudad
https://eldelabici.blogspot.com/2011/11/de-la-invisibilidad-al-ir-en-bicicleta.html

5-Velocio
https://eldelabici.blogspot.com/2010/12/el-inventor-del-cicloturismo.html

6-Gracias a la bici
https://eldelabici.blogspot.com/2013/09/gracias-la-bici-que-me-ha-dado-tanto.html

7-Bicis al tren
Este texto tampoco se basa en un artículo concreto, sino en muchas vivencias que los cicloturistas hemos tenido con este tema. 

8-Endorficletas
https://eldelabici.blogspot.com/2014/10/endorficleta.html

9-El récord de la hora de Moser
https://eldelabici.blogspot.com/2022/02/el-record-de-la-hora-de-moser-el.html

10-Huellas en la nieve
https://eldelabici.blogspot.com/2009/01/el-dulce-pedaleo-en-la-alfombra-blanca.html 

 

Ojalá lo disfrutéis.

Por favor, divulgadlo, gracias.


domingo, 28 de diciembre de 2025

El lenguaje del viento

 

Que Leticia era una niña “especial” lo supimos sin necesidad de que nadie nos lo explicara. Bastó observarla crecer.

Aprendía todo muy rápido. Antes de cumplir un año ya decía palabras; poco después las unía; y cuando apenas caminaba, hablaba con una claridad que descolocaba. A los dos años construía frases que parecían pensadas durante horas. Cuando por fin fue capaz de expresar con precisión todo lo que pasaba por su cabeza, algo cambió: empezó a hablar menos, a mirar menos. Como si, una vez abierto del todo su mundo interior, el exterior hubiera dejado de resultarle interesante.

Su lenguaje se volvió exacto, económico, sin adornos. Decía lo justo, como una científica describiendo un experimento. Y, sin embargo, era profundamente sensible, vulnerable a los gestos, a los tonos, a lo que no se decía.

Se interesó pronto por la música, la ciencia, la literatura. Pero todo se le quedaba pequeño. Pensar le fascinaba; el cuerpo, no. El juego físico, el deporte, el trato con otros niños parecían no tener cabida en su universo. Le molestaban las multitudes, el ruido, las luces intensas. Prefería el silencio y el orden.

En el colegio aprendía con facilidad, pero no disfrutaba. Los profesores nos preguntaban cuántos años tenía; los niños la llamaban “la rarita”. Iba demasiado deprisa para ellos. Al final, la sacamos de allí. Los profesores particulares parecían una solución más razonable que obligarla a adaptarse a un mundo que no entendía su idioma.

Por todo eso, cuando cumplió ocho años y el tío Adrián apareció en Navidad con una bicicleta envuelta con cintas de colores, todos pensamos lo mismo: se viene un desastre.

Adrián era nuestro polo opuesto. Vivía al día, sin planes ni ahorros. Se gastaba lo poco que tenía en viajes —muchos de ellos en bicicleta— y afirmaba, sin la menor duda, que era feliz. Nunca supimos muy bien qué quería decir con eso.

Leticia observó la bicicleta en silencio. No la tocó. La recorrió con la mirada como quien examina una máquina compleja. Me la imaginé entendiendo en segundos su funcionamiento: los frenos, la lógica de las ruedas, el sentido del manillar. Cuando pareció terminar de comprenderla, perdió el interés y miró hacia otro lado.

En el parque, mientras Adrián insistía en enseñarle a montar, nosotros anticipábamos la caída. Le explicamos que a Leticia no le gustaba el deporte. Adrián sonrió y dijo que aquello no era deporte, que era otra cosa: Sensaciones, movimiento, libertad. Nos miramos resignados: cuando Adrián se empeñaba, no había quien le parara.

Leticia escuchó las instrucciones de Adrián con atención y asintió. Pillaba todo a la primera, a veces no necesitabas decirle nada, parecía que te escuchara los pensamientos.

Las primeras pedaladas fueron torpes; la bicicleta iba hacia los lados y ella reaccionaba con movimientos bruscos del manillar. Dimos un paso al frente para sujetarla, pero no hizo falta. Ajustó el cuerpo, corrigió el manillar, mantuvo el equilibrio y, de pronto, increíblemente, avanzó sola. Cada vez más recta. Cada vez más rápida.

—Leti, despacio —grité.

—Está todo controlado, papá —respondió—. Es fácil… y divertido.

Nos miramos sin saber qué pensar.

Pasó media hora y seguía pedaleando. Pregunté si no estaría cansada. Adrián se encogió de hombros y afirmó: —El disfrute engaña al cansancio.

Cuando por fin regresó, su madre le preguntó si se lo había pasado bien.

—Muy bien. ¿Volvemos luego?

—¿Aún te quedan ganas?

—Claro. Es muy divertido.

—¿Por qué?

Entonces habló como nunca antes. Con euforia y sin ahorrar palabras.

«¡Ha sido lo más guay de toda mi vida! Al principio me temblaban un montón las piernas y pensaba que me iba a caer, pero luego… ¡zas!, mantuve el equilibrio con el cuerpo y el manillar y empecé a moverme sola. El viento me daba en la cara como si fuera súper rápida, aunque seguro que iba despacísimo. Cuando giré la primera vez casi me muero de la risa, porque sentía como si la bici tuviera vida propia y yo solo fuera agarrada intentando no chocarme con nada. Y cuando conseguí frenar sin caerme, entendí cómo funcionaba todo. Quien haya inventado la bicicleta se merece un premio por hacer algo tan divertido. ¡Quiero volver a hacerlo ya!»

No lo pudimos evitar: lloramos todos, menos Adrián. Leticia me miró, extrañada.

—¿Qué te pasa?

—Nada, hija —le dije—. Es el viento que has levantado al pasar con la bicicleta. Me ha entrado polvo en el ojo.

Miró al frente y después a Adrián, con esa forma suya de agradecer sin palabras.

Mientras se alejaba empujando la bicicleta, pensé que Leticia sí era capaz de escuchar al mundo. Solo necesitaba divertirse para entenderlo.


domingo, 11 de mayo de 2025

El apagón en bici

- ¿Hay luz ahí donde estás?

Esta pregunta me la hace Pilar, mi pareja, por teléfono. Yo me encuentro en Portugal, haciendo una ruta en bici de varios días, así que en ese contexto no entiendo la pregunta. Estoy parado comiendo algo en la sombra de una casa a la entrada de un pueblecito llamado Escarigo, entre Penamacor y Covilha.

Miro hacia arriba, hacia el cielo, hay una luz imponente, ni una nube, hace un sol de justicia, y debemos estar cerca del mediodía. Sin dudar le respondo:

- Aquí hay mucha luz, hace un día precioso

- Lo digo porque aquí en el trabajo se ha ido la luz y dicen que puede tardar en regresar.

- Te recuerdo que yo he entrado hace unas horas en Portugal, no creo que te pueda ser de mucha ayuda.

- Ah, es verdad, vale, te dejo a ver qué pasa.

A los diez minutos, me vuelve a llamar.

- Que parece ser que es algo general, la cosa es seria, el apagón afectaría a todo el sur de Europa, incluida Portugal. Aquí en el trabajo no hay ni agua. Para que lo tengas en cuenta por lo que te puedas encontrar a partir de ahora. Nos han dicho que desalojemos el edificio, me voy andando a casa, porque no funciona el Metro. Llegaré cuando llegue

- Pues sí que parece seria la cosa. Yo me voy al apartamento que ya tengo reservado en Covilha. Y mañana seguramente me vaya en bici a Ciudad Rodrigo, porque además el tiempo va a empeorar bastante pasado mañana. No te preocupes por mí, me las arreglaré.

- A algunas personas ya no les funciona el móvil, yo te estoy llamando desde el fijo. Dicen que el apagón puede durar 2 o 3 días. Estamos en contacto- me dijo ella.

Nunca más volvimos a hablar ese día.

Sigo pedaleando hacia Covilha. Estos paisajes no te indican que haya habido un apagón tan importante. Las aves vuelan y cantan, los sembrados se mueven suavemente con el viento… pero yo ya voy con cierta preocupación por lo que me pueda ir encontrando. Algunas personas pasan demasiado rápido en coche, quizás vayan a buscar a alguien o a intentar conseguir gasolina o alimento.

EL AGUA

A la entrada de Caria, una localidad más grande, veo una señal que anuncia “Fonte do Carvalho”. Y así es, al lado hay una fuente con un grifo. Veo que funciona, así que bebo abundantemente y luego lleno los dos botes de la bici, para al menos tener agua durante un tiempo, si se dan malas.

Una vez ya dentro del pueblo veo que es verdad, los comercios no tienen luz, están cerrando o atienden a la gente en la puerta. Pero la gente parece tranquila. Faltan 17 kilómetros para Covilha.

COMIDA

Tenía mirados varios restaurantes para comer antes de llegar al apartamento. Voy viendo todos cerrados por el camino. Solo uno está abierto, en Canhoso, a cinco kilómetros de Covilha, y entro a ver si me atienden. Me dan un maravilloso plato de arroz con verduras. Felicidad. A mi lado hay dos jubilados con los que converso. Uno de ellos es ciclista también. Le pregunto qué se sabe sobre el apagón. Me cuentan que no se sabe la causa, que puede durar varios días. Pero también me suelta, con una enorme seguridad:

- No te preocupes, tienes suerte, estás en el mejor país del mundo en el que te pueda pasar un apagón.

He pensado mucho en lo que quería decir con esa frase, si es por la forma de tomarse las cosas de los portugueses, si es porque tengan poca dependencia eléctrica, si es porque tienen comida y bebida en abundancia para pasar algo así, si es porque son el último país de Europa mirando hacia el oeste, ese lugar donde las cosas malas, si llegan, llegan las últimas. No lo sé, pero a mí esa frase me dio una enorme serenidad. El poder de las palabras.

Puedo llegar a Covilha porque tengo la ruta en el GPS, al que aún le queda batería, pero la ruta fue trazada hasta el centro del pueblo, no hasta la calle del apartamento. Me doy cuenta de la dependencia que tenemos de la tecnología. Por suerte, soy una persona nacida y crecida sin tanta tecnología, así que todavía me oriento bastante bien. Aun así, para el tramo final tengo que recurrir al viejo remedio de preguntar a la gente (la dirección si me la sabía). Un portugués simpatiquísimo se compadece de mí y me lleva hasta la misma puerta.

BONDAD HUMANA

Allí encuentro a la dueña de los apartamentos, que me cuenta lo que ya sé: apagón, no se sabe la razón, se piensa que puede durar varios días. Me dice que, si necesito quedarme algún día más hasta que esto pase, no habría problema, aunque sin luz, por supuesto. Luego me trae un cuenco de ensalada de garbanzos. Le explico que ya he comido, pero me dice que me lo deje para la noche, porque están cerrados los restaurantes y los supermercados. Me emociono por la bondad humana. Seguramente es lo que ha hecho para su familia y lo está compartiendo conmigo, al ver que estoy en un país extranjero, desamparado, sin poder contactar con mi familia. La gente es buena por naturaleza.

En la puerta del apartamento está sentada, en las escaleras de la puerta de su casa, Eduarda, una señora mayor, con la que tengo una conversación “analógica”, de las de antes. Me ofrece su ayuda también. Otra vez me emociono, al ver la calidad de la condición humana en estas situaciones.

El jubilado de Canhoso me dijo que le parecía haber oído en la radio que algunos trenes si funcionaban, los que van con diésel. Me cuenta la posibilidad de coger un tren en la estación de Covilha, que me llevaría a Guarda. Y ahí coger otro que me lleve a Fuentes de Oroño, ya en la frontera española. Así que me voy andando a la estación, siguiendo las señales. Resulta estar lejísimos, bajando una cuesta interminable. Y total para nada, porque la estación está cerrada y dicen que no se sabe cuándo la abrirán.

TRAZANDO UN PLAN

Meditando, veo claro que no voy a poder seguir la ruta original que tenía pensada por la Sierra de la Estrella, no solo por el apagón, que quizás se solucione, sino porque ese mismo día por la mañana había visto que el tiempo empeoraba muchísimo dos días después, por lo que determino que tengo que irme a Ciudad Rodrigo e intentar allí coger un autobús a Salamanca, antes de que comience el temporal. Pero no sé cómo ir a Ciudad Rodrigo. No conozco estas carreteras. Dependencia total del GPS de la bici, de la tecnología.

Tengo que conseguir un mapa de papel. Me voy a la Oficina de Turismo, pero llego nueve minutos después de que hayan cerrado, si es que no hubieran cerrado antes por el apagón.

Me planteo ir mañana preguntando a la gente de los pueblos, camino a España, pero lo cierto es que la gente no siempre te indica el mejor recorrido para la bicicleta. Y en Portugal hay poca cultura ciclista.

Decido darme una vuelta, a ver si veo alguna tienda abierta donde puedan vender un mapa.

EL REENCUENTRO DE LAS PERSONAS

En el recorrido por la ciudad veo a la gente en las terrazas, pues algunos bares sí están abiertos y dentro no habrá luz para poder servir en condiciones. Llego a un parque que hay en la parte alta de la ciudad, el Jardín Público de Covilha, un lugar con un mirador, un pequeño estanque, bares en quioscos, césped, mucho césped en el que la gente, al no tener televisión ni los habituales divertimentos caseros, se ha sentado multitudinariamente en varios corrillos, unos tocando la guitarra, otros simplemente charlando. Me llama poderosamente la atención que nadie tiene un móvil en las manos mientras hablan. Pues hoy todos, incluso los más jóvenes, se hablan y se miran a la cara, felices de ser capaces de comunicarse sin la tecnología de por medio. Están descubriendo, quizás, la forma de sonreír y de expresar de sus iguales. Es algo normal para mí, que lo he vivido antes de que la tecnología nos comiera tanto el terreno, pero que hacía mucho tiempo no veía con tanta permeabilidad. El ambiente es fantástico, contagioso, la gente te ve y te sonríe, y tú no puedes más que devolverles la sonrisa. ¿Será posible que estemos redescubriendo las relaciones personales?

EL MAPA DEL FUTURO

De vuelta al apartamento veo abierta una tienda de revistas y periódicos: Casa Dinitória. Digo tienda, porque no es el típico quiosco de exterior, sino una tienda de interior, de las que recuerdo de mi infancia, con la fachada de color verde y en la que hay que bajar varios escalones que te llevan a un semisótano, en la que además de revistas, venden libros, artículos de papelería, cromos y lotería. La tienda la lleva una pareja de ancianos muy simpáticos. Les pregunto si tienen un mapa de carreteras de la región o de todo Portugal.

La mujer se queda pensando y por fin mueve unas revistas de motor, detrás de las que hay un precioso mapa de Portugal. Lo coge, triunfante de vender seguramente su primer mapa de papel en mucho tiempo, y me lo muestra, señalando el año de publicación, para que vea que está actualizado.

Cuando veo el año me quedo paralizado: ¡2026! Por un momento me da por pensar en esas películas en las que un apagón lleva a un salto en el tiempo. ¿Y si hemos avanzado un año y estamos en el 28 de abril de 2026? ¿Y si cuando llegue a mi casa pedaleando me habían dado por perdido después de un año desaparecido? ¿Y si me quedan ya tan solo dos años para jubilarme? Pero también me viene el recuerdo de que, cuando yo compraba mapas de papel, hace bastantes años, a veces las ediciones las sacaban para dos o tres años, con el año adelantado. No ha habido salto en el tiempo, por lo tanto. Parece que me siguen quedando tres años para jubilarme.
 


La mujer me saca de mis obtusos pensamientos:

- ¿Te interesa el mapa o no?

- Claro que me interesa. Me lo quedo. ¿Cuánto es?

- Seis euros.

Me podía haber pedido treinta, que también lo habría comprado. Me pregunto si esto no se convertirá en un objeto de lujo de aquí a unos días, si sigue el apagón y la gente no sabe cómo ir de un sitio a otro, sin GPS, con la mente atrofiada por no usarla para orientarnos.

En cuanto llego al apartamento me siento al lado de la ventana, el único sitio en el que aún queda suficiente luz para ver el mapa en condiciones. Es un momento muy entrañable. Lo abro a todo lo ancho y me divierto mirándolo, trazando con la mirada posibles rutas sobre las carreteras, eligiendo las líneas más finas, las de las carreteras secundarias, para llevarme de vuelta a España, hasta Ciudad Rodrigo. Se me había olvidado lo divertido que es mirar un mapa, cómo tienes que calcular las distancias analógicamente, sumando los dígitos que aparecen en cada uno de los tramos de carretera de tu trazado.

Al parecer, ya anunciaban por la radio que estaba volviendo la electricidad en algunas partes de España y Portugal, pero yo seguía con la última información de que podría durar varios días. Había radios en algunas ventanas puestas a propósito para que la gente las pudiera escuchar al pasar, pero mi nivel de portugués no me daba para entender al locutor.

Una vez tengo claro el recorrido en bici de vuelta a España con el mapa, me planteo que ocurrirá cuando a la gente se le empiece a acabar la gasolina, no puedan circular en coche y vean a un señor que se desplaza en un medio de transporte que no contamina ni usa gasolina. Bueno, lo de que no contamina puede que a más de uno le resbale, pero lo de que no gasta gasolina, en un contexto en el que no lleguen a funcionar los transportes públicos ni privados que necesitan alimentación por gasolina o electricidad, puede que sí que llame poderosamente la atención. Y habrá quien tenga una bicicleta en el trastero, pero habrá quien no la tenga y se pueda encaprichar de mi bicicleta.

Como veo que estoy empezando a desvariar decido acostarme, que es lo que debe estar haciendo el resto del mundo, porque no se ve absolutamente a nadie por la calle.

DORMIR

Y aquí viene otro momento mágico. Estoy en el apartamento. El sol está ya muy oculto y la claridad se torna en oscuridad. Pero oscuridad del todo. En ese momento, te das cuenta de la importancia de la luz por la noche, que te permite leer, ya sea un libro o en el móvil que te permite chatear con tus seres queridos. No hay nada de eso. Entonces me acuerdo de las palabras de mi madre, cuando me narraba que cuando ella era pequeña y pasaban algunas temporadas en un chozo a cargo del ganado, sin electricidad alguna, y se hacía de noche, se acostaban, y cuando se hacía de día, se levantaban. No tenían reloj ni despertador.

Pues eso es lo que me pasó allí. A las 9 de la noche estaba ya dormido.

Me desperté una hora más tarde, a las 10, cuando se debió encender la farola de la calle e inundó de luz el apartamento.

Me levanté, me acerqué a la ventana y vi cómo la ciudad volvía poco a poco a su ritmo habitual: luces encendiéndose, gente saliendo a saludarse y a gritar que había vuelto la luz, móviles iluminando rostros. Todo volvía a la normalidad.

Cerré el mapa con cuidado, como quien guarda un tesoro, y me prometí que, aunque regresara la electricidad, no dejaría que se apagara esa otra luz que había redescubierto: la de las personas, la de las conversaciones sin pantallas, la de la bondad espontánea.

No debemos olvidar que, aunque se apague todo, siempre nos quedará nuestra luz propia.