viernes, 27 de febrero de 2026

El inventor del cicloturismo

Al señor Paul de Vivie, francés nacido cerca de Saint Etienne a mediados del siglo XIX, le cabe el honor de ser el inventor del cambio trasero en la bicicleta, fundar la revista "Le cycliste", inventar el término “cicloturismo” (cicloturisme, en francés), fundar el primer club cicloturista francés, ser uno de los padres de las pruebas no competitivas de larga distancia y tantas otras cosas más. 

Su apodo era Vélocio, que evocaba la “velocidad” y la “bicicleta” (velocité y vélo, respectivamente, en francés)
Era un auténtico apasionado de la bicicleta, hasta el punto de que cerró su empresa de seda y montó otra de bicis, primero trayéndolas de Inglaterra y luego fabricando las suyas propias. 

Un día que se encontraba subiendo el col de la République, cerca de Saint Etienne, uno de sus lectores que iba en su propia bici y fumando en pipa, le adelantó. Eso le hizo recapacitar mucho sobre la inoperancia de los desarrollos en los distintos terrenos y le llevó a inventar el cambio trasero, todo un hito en aquel entonces. Es decir, que el cambio trasero se inventó por un pique, ni más ni menos. Condición humana.
Su invento, cuya primera producción en serie fue realizada en 1906, no tuvo mucha aceptación en un principio. Los organizadores del Tour de Francia, por ejemplo, decían que era para abueletes, inválidos y mujeres. Velocio, sin embargo, disfrutaba, ahora sí, sus subidas al Col de la Republique con su bici de cambios, en las que pasaba a los otros ciclistas que se encontraba. 

Fue uno de los primeros Randonneurs (ciclistas de larga distancia) del país galo, haciendo rutas de hasta 40 horas, en bicicletas bastante antiguas y en unos tiempos bastante decentes para el material y las carreteras que había entonces. Reivindicó también que en bicicleta, y pese a ir a un ritmo alegre, se disfrutaba más y se recordaba mejor el paisaje que yendo en tren o en coche. 

A raíz de esas correrías que se hizo en bicicleta por toda Francia, se montaron luego una seria de recorridos, como la todavía existente Flecha Velocio, prueba francesa no competitiva de 360 kilómetros a hacer en menos de 24 horas por equipos de entre 3 y 5 ciclistas por un recorrido que parte desde distintas partes del país y les lleva al mismo destino, donde se reúnen todos.
 

Vélocio murió atropellado por un tranvía a los 77 años de edad. Seguramente hubiera sido una persona mucho más longeva de no ser por esa desgracia, dado que era lo que hoy en día se ha venido a llamar "un ecologista convencido": gran amante de la naturaleza, de la vida sana, vegetariano y anticonsumista (reclamaba que se evitaran los gastos energéticos innecesarios), todo con lo cual me identifico. 


A día de hoy se sigue tomando como una referencia "Los siete mandamientos del ciclista", que dejó como legado. Algunos de los mandamientos son frases muy celebres que incluso los no ciclistas conocen. Excepto en contadas excepciones, las he venido siguiendo a rajatabla en mis incursiones ciclodeportivas, incluso antes de conocerlas. Son las siguientes:
 
1. Hacer pocas paradas y cortas, para no perder el ritmo. 

2. Comer antes de tener hambre y beber antes de tener sed. Frecuentemente, pero en pequeñas cantidades. 

3. No llegar hasta la fatiga anormal, que te hace perder el apetito y el sueño. 

4. Abrigarse antes de tener frío, destaparse antes de tener calor. No temer al sol, al aire ni al agua. 

5. Cuando menos durante la ruta, eliminar de la dieta tanto la carne, como el vino y el tabaco. 

6. No forzar, no sobrepasar la capacidad de uno mismo, especialmente durante las primeras horas, cuando uno se siente con fuerzas. 

7. No pedalear nunca por amor propio. 


La de años que han pasado, y sigue teniendo vigencia. 

Para acabar, unas frases de algunos de sus artículos en la revista Le Cycliste, absolutamente memorables:
 

“La bicicleta no es sólo una herramienta de transporte, sino también un medio de emancipación, un arma de liberación. Libera el espíritu y el cuerpo de las inquietudes morales, de las enfermedades físicas de la existencia moderna, de la ostentación, de la convención, de la hipocresía – dónde la apariencia lo es todo, donde parecemos, pero no somos nada–.”
 

“Después de un largo día en mi bicicleta, me siento fresco, limpio, purificado. Siento que he establecido contacto con mi entorno y que estoy en paz. En días así estoy impregnado de un profundo agradecimiento por mi bicicleta. Incluso si no me divirtiera pedaleando, aún así lo haría por conseguir la paz en mi mente. ¡Qué maravilloso tónico es estar expuesto a luz brillante del sol, a la lluvia, al asfixiante polvo, a las gotas de niebla, al aire rígido, a los vientos que te castigan!"
 

"Nunca olvidaré el día en que subí al Puy Mary. Éramos dos en un precioso día de Mayo. Empezamos con sol y con el torso desnudo. A mitad de la subida, las nubes nos envolvieron y la temperatura cayó. Poco a poco se hizo más frío y más húmedo, pero no lo notamos. De hecho para nosotros fue un placer. No nos molestamos en ponernos la chaqueta y llegamos al pequeño hotel en la cima con ríos de lluvia y sudor corriendo por nuestros cuerpos. Me estremecí de arriba a abajo.”

sábado, 14 de febrero de 2026

Ensayo sobre el pinchazo (síndrome de la rueda cansada)

 

Hay fenómenos en la vida del ciclista que escapan a toda lógica. Uno de ellos es el pinchazo.

En ocasiones ocurre que el aire de nuestras ruedas se escapa, sin pedir permiso ni despedirse, yéndose no se sabe a dónde. No hace maleta, no deja nota. Simplemente se va. Esto generalmente sucede cuando algún objeto (una espina con vocación de héroe trágico, un cristal con resentimiento o una piedrecita diminuta pero ambiciosa) atraviesa la cubierta con intensidad dramática y alcanza la cámara, ese ser humilde que vive exclusivamente del aire. La cámara, que no sería nada sin el aire, que lo necesita para existir, para tener forma, para ser rueda y no una triste goma arrugada.

Tampoco olvidemos que el aire no sería nadie sin la cámara. Se retroalimentan en un pacto silencioso y perfectamente redondo: el aire da forma, la cámara da sentido. Porque el aire, así suelto y disperso por el mundo, podrá ser muy útil para inflar globos, mover molinos, ayudar en su devenir al pulmón del atleta, pero en el universo de la bicicleta necesita un hogar de caucho que lo contenga y lo dirija. Sin cámara a la que llenar, el aire no es rueda, no es avance, no es equilibrio: es simplemente aire, vagando sin propósito alguno alrededor de la bicicleta.

Cuando el aire empieza a abandonar la cámara, ésta pierde su esencia. Se deprime. Se desinfla en el más literal de los sentidos. Y con ella, se desinfla también el ánimo del ciclista.

Al principio uno no quiere creerlo. Nota algo extraño, una leve sensación de blandura existencial en la rueda trasera, como si la rueda estuviera cansada. Pero uno, que tiende a ser optimista, se convence de que son imaginaciones suyas, que ha dormido poco por los nervios de la salida o que el asfalto es irregular en ese lugar. Hasta que la física, siempre tan poco poética, se impone: mantener el equilibrio deja de ser un acto automático y pasa a convertirse en una negociación inestable con el suelo. Entonces comprendemos que el aire no solo es importante para respirar; también lo es para no besar el asfalto.

Es cuando nos vemos obligados a parar.

Y ahí comienza el fascinante ritual del cambio de cámara.

Primero, la bicicleta se coloca boca arriba, en esa postura que la hace parecer un insecto patas arriba, asustado. Después vienen los desmontables, esos pequeños instrumentos que siempre parecen uno menos de los necesarios. Se libera la cubierta con una mezcla de técnica y fe, y aparece la cámara herida, flácida, señalando con dignidad el lugar de la tragedia.

Pero no basta con cambiarla. No. El pinchazo exige investigación. El causante del desastre suele esconderse en la cubierta, mimetizado, intentando pasar desapercibido. Introducimos los dedos con cautela, sabiendo que podemos encontrar la prueba del delito o llevarnos un recuerdo punzante. Cuando por fin lo hallamos -ese minúsculo traidor- lo observamos con una mezcla de odio y respeto. Tan pequeño, y sin embargo capaz de detener un pelotón entero.

Luego llega el momento de volver a colocar todo como estaba. Que la cámara no quede pellizcada. Que la cubierta asiente. Que la rueda gire. Que el aire regrese, esta vez con cierta desconfianza, al lugar del que nunca debió salir. Se hincha con dedicación, con esperanza, con ese bombeo rítmico que recuerda que la vida, en el fondo, es insistencia.

Y si todo va bien, el ciclista se incorpora, lumbares ardiendo, se limpia las manos en el maillot (gesto deleznable, pero imprescindible, que le marca como culpable del retraso) y anuncia con falsa modestia que ya está.

Es entonces, y solo entonces, al decidir el grupo -sin apenas mirarse- que ya es hora de reanudar la marcha, cuando alguien dice: “Nos vamos”. Podría ser “Ya era hora” o “Es el momento de partir” o simplemente “Que día más bonito para pedalear”, pero no, la frase es invariablemente “Nos vamos”. Y ya nos gustaría irnos, pero casi siempre, como obedeciendo a una ley universal no escrita, se oye, desde algún punto de la terraza del bar donde hemos estado parados, un dramático:

—¡Yo también estoy pinchado!

No ha pinchado en ese momento, claro. Es otro de esos pinchazos discretos y pacientes que comenzaron su obra mientras caían las primeras migas del bocadillo. Uno de esos que no dan la cara de inmediato, sino que se dedican, con perseverancia, a liberar el aire poco a poco.

Y así, lo que era una parada razonable se convierte en una entrañable convivencia. Tan entrañable que uno termina conociendo por su nombre a los camareros, a los perros del lugar y sospechando que, si se quedara un poco más, podría empadronarse allí.

Lo ideal sería que el ciclista hubiera advertido el problema al llegar. Que -mientras los demás comemos, charlamos, pedimos otra ronda o hacemos esas fotografías de platos de comidas y bebidas que a nadie interesan- él estuviera resolviendo su tragedia neumática en silencio y con eficacia.

La solución es sencilla en teoría: al llegar a una parada, cada ciclista debería comprobar la presión de sus ruedas. Pero el ciclista medio no se caracteriza por su pragmatismo. Vive convencido de que los pinchazos son una circunstancia estadística que afecta siempre a otros. A los distraídos. A los imprudentes. A los nuevos. Nunca a él.

Por eso, cuando alguien grita “¡Nos vamos!”, siempre hay quien descubre, con genuino asombro, que su rueda ha decidido quedarse. Porque el aire, ese viejo fugitivo, no entiende de rutas ni de prisas. Se marcha cuando le apetece, recordándonos que la bicicleta, como la vida, avanza solo mientras algo invisible nos sostiene.

 

viernes, 16 de enero de 2026

Querida bicicleta

 



Con canciones inspiradas mayoritariamente en artículos de este blog, acaba de salir "Querida bicicleta".

Como activista de la bicicleta siempre sentí que faltaban canciones que expresaran lo que vivimos quienes pedaleamos: sensaciones, reivindicación, libertad. Cuando era joven y músico aún no montaba en bici, pero ahora, con la ayuda de herramientas de IA, por fin he podido unir esas dos partes de mi vida.

Tras cuatro meses de trabajo, he publicado "Querida bicicleta", un álbum muy personal. Las letras son casi íntegramente mías, con pequeñas aportaciones de IA, y la música también nace de esa mezcla entre tecnología y experiencia vital.

Aquí tenéis el enlace a Spotify.

https://open.spotify.com/intl-es/album/6FsVCkqwiGcS1nUxuqAAUS?si=q0UOH5KnT9mLc-VJVL_n6A

También lo podéis encontrar en muchas otras plataformas digitales, buscad como autor "Eldelabici" y album: "Querida bicicleta". 

Desde canciones que hablan sobre la reivindicación de las bicicletas en las ciudades, la necesidad de la intermodalidad bici+tren, el amor, el deporte... todo cabe en "Querida bicicleta"

Canciones del álbum y artículos que los inspiraron: 
1-Vuelvo a volar
https://eldelabici.blogspot.com/2022/03/no-hay-tiempo-para-rendirse.html

2-Insumisión al motor: 
No está inspirada en un artículo concreto, sino en varios y vivencias varias que todos los ciclistas urbanos hemos tenido. 

3-Volver a empezar
https://eldelabici.blogspot.com/2023/01/volver-empezar.html

4-Invisible en la ciudad
https://eldelabici.blogspot.com/2011/11/de-la-invisibilidad-al-ir-en-bicicleta.html

5-Velocio
https://eldelabici.blogspot.com/2010/12/el-inventor-del-cicloturismo.html

6-Gracias a la bici
https://eldelabici.blogspot.com/2013/09/gracias-la-bici-que-me-ha-dado-tanto.html

7-Bicis al tren
Este texto tampoco se basa en un artículo concreto, sino en muchas vivencias que los cicloturistas hemos tenido con este tema. 

8-Endorficletas
https://eldelabici.blogspot.com/2014/10/endorficleta.html

9-El récord de la hora de Moser
https://eldelabici.blogspot.com/2022/02/el-record-de-la-hora-de-moser-el.html

10-Huellas en la nieve
https://eldelabici.blogspot.com/2009/01/el-dulce-pedaleo-en-la-alfombra-blanca.html 

 

Ojalá lo disfrutéis.

Por favor, divulgadlo, gracias.


domingo, 28 de diciembre de 2025

El lenguaje del viento

 

Que Leticia era una niña “especial” lo supimos sin necesidad de que nadie nos lo explicara. Bastó observarla crecer.

Aprendía todo muy rápido. Antes de cumplir un año ya decía palabras; poco después las unía; y cuando apenas caminaba, hablaba con una claridad que descolocaba. A los dos años construía frases que parecían pensadas durante horas. Cuando por fin fue capaz de expresar con precisión todo lo que pasaba por su cabeza, algo cambió: empezó a hablar menos, a mirar menos. Como si, una vez abierto del todo su mundo interior, el exterior hubiera dejado de resultarle interesante.

Su lenguaje se volvió exacto, económico, sin adornos. Decía lo justo, como una científica describiendo un experimento. Y, sin embargo, era profundamente sensible, vulnerable a los gestos, a los tonos, a lo que no se decía.

Se interesó pronto por la música, la ciencia, la literatura. Pero todo se le quedaba pequeño. Pensar le fascinaba; el cuerpo, no. El juego físico, el deporte, el trato con otros niños parecían no tener cabida en su universo. Le molestaban las multitudes, el ruido, las luces intensas. Prefería el silencio y el orden.

En el colegio aprendía con facilidad, pero no disfrutaba. Los profesores nos preguntaban cuántos años tenía; los niños la llamaban “la rarita”. Iba demasiado deprisa para ellos. Al final, la sacamos de allí. Los profesores particulares parecían una solución más razonable que obligarla a adaptarse a un mundo que no entendía su idioma.

Por todo eso, cuando cumplió ocho años y el tío Adrián apareció en Navidad con una bicicleta envuelta con cintas de colores, todos pensamos lo mismo: se viene un desastre.

Adrián era nuestro polo opuesto. Vivía al día, sin planes ni ahorros. Se gastaba lo poco que tenía en viajes —muchos de ellos en bicicleta— y afirmaba, sin la menor duda, que era feliz. Nunca supimos muy bien qué quería decir con eso.

Leticia observó la bicicleta en silencio. No la tocó. La recorrió con la mirada como quien examina una máquina compleja. Me la imaginé entendiendo en segundos su funcionamiento: los frenos, la lógica de las ruedas, el sentido del manillar. Cuando pareció terminar de comprenderla, perdió el interés y miró hacia otro lado.

En el parque, mientras Adrián insistía en enseñarle a montar, nosotros anticipábamos la caída. Le explicamos que a Leticia no le gustaba el deporte. Adrián sonrió y dijo que aquello no era deporte, que era otra cosa: Sensaciones, movimiento, libertad. Nos miramos resignados: cuando Adrián se empeñaba, no había quien le parara.

Leticia escuchó las instrucciones de Adrián con atención y asintió. Pillaba todo a la primera, a veces no necesitabas decirle nada, parecía que te escuchara los pensamientos.

Las primeras pedaladas fueron torpes; la bicicleta iba hacia los lados y ella reaccionaba con movimientos bruscos del manillar. Dimos un paso al frente para sujetarla, pero no hizo falta. Ajustó el cuerpo, corrigió el manillar, mantuvo el equilibrio y, de pronto, increíblemente, avanzó sola. Cada vez más recta. Cada vez más rápida.

—Leti, despacio —grité.

—Está todo controlado, papá —respondió—. Es fácil… y divertido.

Nos miramos sin saber qué pensar.

Pasó media hora y seguía pedaleando. Pregunté si no estaría cansada. Adrián se encogió de hombros y afirmó: —El disfrute engaña al cansancio.

Cuando por fin regresó, su madre le preguntó si se lo había pasado bien.

—Muy bien. ¿Volvemos luego?

—¿Aún te quedan ganas?

—Claro. Es muy divertido.

—¿Por qué?

Entonces habló como nunca antes. Con euforia y sin ahorrar palabras.

«¡Ha sido lo más guay de toda mi vida! Al principio me temblaban un montón las piernas y pensaba que me iba a caer, pero luego… ¡zas!, mantuve el equilibrio con el cuerpo y el manillar y empecé a moverme sola. El viento me daba en la cara como si fuera súper rápida, aunque seguro que iba despacísimo. Cuando giré la primera vez casi me muero de la risa, porque sentía como si la bici tuviera vida propia y yo solo fuera agarrada intentando no chocarme con nada. Y cuando conseguí frenar sin caerme, entendí cómo funcionaba todo. Quien haya inventado la bicicleta se merece un premio por hacer algo tan divertido. ¡Quiero volver a hacerlo ya!»

No lo pudimos evitar: lloramos todos, menos Adrián. Leticia me miró, extrañada.

—¿Qué te pasa?

—Nada, hija —le dije—. Es el viento que has levantado al pasar con la bicicleta. Me ha entrado polvo en el ojo.

Miró al frente y después a Adrián, con esa forma suya de agradecer sin palabras.

Mientras se alejaba empujando la bicicleta, pensé que Leticia sí era capaz de escuchar al mundo. Solo necesitaba divertirse para entenderlo.