martes, 2 de abril de 2019

El fin del automóvil

El petróleo se había agotado en el planeta. Se sabía que ese día podía llegar, que los automóviles pasarían a ser una basura tirada en la calle, que permanecerían parados, inútiles, sin poder moverse.

Sin embargo, la calzada de nuestra calle seguía dando miedo a los peatones. Habían sido muchos años sin cruzar por ella y ese tipo de cambios son difíciles de asumir en la mente humana.

Hacía ya mucho tiempo que los pasos de peatones habían desaparecido, pues quitaban fluidez al tráfico motorizado. Después prohibieron directamente el paso por la calzada a cualquier peatón, por lo que para cruzar las calles había que dar interminables rodeos hasta llegar a unos quebrados puentes peatonales o sombríos túneles. Con este panorama, cada vez eran más las personas que optaban por unirse a la corriente de ir en coche a todos lados, aunque esto acrecentara aún más el problema.

Hasta que se acabó el petróleo, las calles habían sido lugares peligrosos, donde los coches no sólo ocupaban la calzada a velocidades inapropiadas para la convivencia, también ocupaban por entero los lugares de aparcamiento (que eran espacios públicos cada vez mayores), e incluso, cuando los aparcamientos no eran suficientes, llegaban a subirse impunemente a las aceras, obligando a los peatones a dar enormes rodeos o directamente volverse a sus casas en espera de que la acera se despejara en algún momento para poder pasar.

Era una epidemia a la que nadie se atrevía a poner solución, pues los que tenían en su mano el remedio eran parte del problema: eran habituales usuarios de los vehículos motorizados que nos envenenaban el aire y habían convertido las calles en meros lugares de paso, dónde ya no se podía convivir, dónde no era posible socializar.

A los escasos peatones, esta situación nos había llevado a confinarnos en nuestras casas, donde la información sobre lo que pasaba en otros lugares se nos distribuía a través de una manipulada televisión.

Pero con el fin del petróleo y la parada de los coches, el silencio poco a poco se iba instaurando en las calles, a medida que los últimos depósitos de combustible se fueron acabando. Ya no necesitábamos hablarnos a gritos los unos a los otros para escucharnos. Hablábamos a susurros, felices de escuchar todas las palabras, de entender todas las frases con claridad. A algunos les costó mucho adaptarse, quizás porque habían perdido mucha capacidad auditiva, y seguían hablando alto. Les recordábamos que bajaran la voz, moviendo la palma de la mano hacia abajo, como si botáramos una pelota de baloncesto.

Los pájaros, que habían huido de las ciudades debido al exceso de contaminación y  ruido, volvían y comenzaban a poblar las señales de tráfico, las farolas, los semáforos y los árboles decorativos de plástico, colocados por el Ayuntamiento para sustituir a los auténticos, desaparecidos y asolados por la contaminación y las altísimas temperaturas urbanas que el cambio climático y el calor de los motores de combustión había traído. Algunos pájaros incluso trinaban en los alféizares de las ventanas, para regocijo de los residentes.

Los semáforos seguían activos, pasando del rojo al verde y de ahí al ámbar, y luego otra vez al rojo, en una sucesión infinita. Pero lo hacían porque nadie se había encargado de apagarlos en el mando de control. Lucían para nadie, sin cumplir su función original, pasando a ser un entretenimiento visual que acompañaba al recién estrenado silencio.

Los vecinos adornamos el techo de los automóviles parados con macetas de flores, para alegrar un poco las calles y que pasaran a ser una parte más amable del paisaje. Pero días más tarde tuvimos que retirar estas macetas, porque unos operarios inundaron nuestra calle de señales que decían: "Por favor, se ruega no aparcar bicicletas en esta calle durante los días 21 y 22 de septiembre, debido a los trabajos de retirada de automóviles que se llevarán a cabo por la patrulla de grúas ciclistas".

Cuando todos los automóviles fueron retirados, los peatones salimos a la calle, a ver ese enorme espacio vacío que se había generado, aunque todavía temíamos bajar de la acera a la calzada. Nos quedamos mirando a los peatones que estaban al otro lado de la calzada, en la acera de enfrente. Ellos cruzaron sus miradas con las nuestras. Ninguno sabíamos qué hacer con tanto espacio en las calles.

A mi esa situación me parecía excesiva. Al tener ya una edad avanzada, había conocido la época en que se podía cruzar la calzada sin temor alguno. Recordaba el suelo de la calzada igual de firme que el de la acera, así que avancé hasta la orilla de la acera como si de un precipicio al borde del mar se tratara. Hice ademán de lanzarme al tremendo vacío de la calzada. Los murmullos que iniciaron los vecinos me detuvieron. Les miré. Sus ojos reflejaban preocupación a la vez que curiosidad. Lo cierto es que el gesto de algunos en su cara me animaba a avanzar, pues parecían ávidos por seguir mi ejemplo si no le pasaba nada a este valiente pionero.

Dejé caer un pie hacia delante y abajo. Y luego el otro. Miré hacia atrás y me pareció que la calzada estaba aún más baja de lo que se apreciaba desde la acera. Desde la calzada las ventanas de mi casa quedaban allá arriba, mucho más altas, en una perspectiva que ya había olvidado. Comencé a andar despacio ante la atenta mirada de los vecinos. En un gesto centenario que mi memoria seguía recordando, miré a cada lado antes de cruzar la calle entera, diez interminables metros más allá, donde los peatones de enfrente me esperaban y me vitoreaban como si hubiera ganado una maratón. Los más audaces siguieron mi ejemplo y tomaron la calzada, mirándose unos a otros, incrédulos por estar ahí, sin miedo, sin prejuicios, agachándose a tocar el asfalto con la mano para asegurarse de que estaba ahí, de que lo estaban efectivamente pisando. Los peatones acababan de tomar la calle completamente. Personas desconocidas nos estábamos abrazando como si fuéramos hermanos.

De pronto, un sonido lejano, sordo y conocido fue acercándose: venían decenas de ciclistas circulando, tocando sus musicales timbres.

Los ciclistas iban despacio y sonreían, felices de no verse ahora expulsados de la calle por los automóviles. A los peatones nos saludaban, y les hacíamos un pasillo en la calzada para que pasaran. Alguien pareció incomodarse con el paso de los ciclistas. Le expliqué que no era como antes con los coches: las bicicletas eran lentas, no hacían ruido y no echaban humos. Con ellas sí se podía convivir.

Dichosos y felices, disfrutamos de la calle haciendo juegos, formando corrillos para conversar, compartiendo esta recién estrenada felicidad. Llegada la noche volvimos a nuestras casas con la sensación de haber abierto un regalo.

A partir de entonces, miro desde mi ventana a la calle con orgullo. Es fantástico ver a la gente pasear, sonreír y compartir el espacio público. Cada día me asomo y veo pasar a los silenciosos ciclistas y les saludo con la mano. A los más conocidos les encargo cosas de la tienda de comestibles.

martes, 19 de marzo de 2019

Elogio al ciclista habitual

 

¿Qué ves cuando ves un ciclista?

Hay gente que cuando ve un ciclista ve un estorbo, un inquietante toque de freno, una involución intolerable, palos en las ruedas al desarrollo, una inmersión en las catacumbas, un fracaso de la sociedad de consumo. Algunos incluso ven en ese pequeño ser a un asesino en potencia, con dientes largos y sucios dispuestos a morder sobre el cuello del paradigma económico a cualquier precio.


Algunos ven a alguien que, al parecer, jamás se acerca a los comercios, que se “alimentaría del aire”. Según estas personas, sólo quien circula en coche se acerca a comprar. Por eso, cuando se restringe la circulación o el aparcamiento de los vehículos motorizados en ciertas zonas o calles, algunos comerciantes se levantan dolidos, indignados por el seguro cierre de sus negocios. Aunque, al cabo de unos meses o años estos comerciantes no quieren volver a la situación anterior. Muy al contrario, están encantados viendo a la gente pasear la mirada tranquilamente por sus escaparates, entrar sin prisa a mirar para comprar. Algunos, incluso piden aparcabicis en sus puertas,  impensable en la etapa anterior, que se pedían aparcamientos gigantescos de coches.


Hay quien ve en el ciclista a un ser sin recursos, un cero a la izquierda, que usa la bicicleta porque no puede permitirse poseer un coche y usarlo a diario, como signo de estatus social.


Algunos sólo ven las cosas malas que algunos malos ciclistas hacen, aquellos que no se comportan educadamente. Pero ignoran que otros muchos ciclistas no son así y castigan a todos pagando con esa misma moneda.


Otros ven en el ciclista a alguien lento, un pecador en la era de las prisas y la velocidad.


A algunas personas se les enciende la sangre al adelantar a un ciclista. No tienen muy claro por qué, pero les ocurre. Quizás porque les ha hecho disminuir la velocidad (esa religión) durante unos segundos o minutos. Quién sabe si es debido a que el ciclista no paga impuestos directos por matriculación, por uso y destrucción del suelo, y ese largo etcétera que deben soportar los propietarios de vehículos motorizados. Acaso sea porque a base de hacer ejercicio los ciclistas mantienen una figura y forma física aceptables.


Hay quien no soporta que el ciclista lleve una vida tan económica, tanto en la compra de su vehículo como en su mantenimiento.


Pero hay quien no lo ve así


Sin embargo, hay quienes al ver un ciclista ven una persona comprometida con su entorno, un mensaje de amor por el planeta, ven menos contaminación, menos ruido, menos velocidad y por lo tanto menos peligro, más simpatía, un regreso a los orígenes de los que quizás no deberíamos haber renegado nunca, los de asumir que la velocidad excesivamente forzada no es humana e inevitablemente genera riesgo y muerte.


Algunos ven un vehículo sencillo, eficaz. Ven una excusa para hacer ejercicio mientras se desplazan. Ven una mayor equidad en el transporte. Ven un medio de transporte que usa poco espacio público (ese que debería ser de todos) para circular y aparcar, con sencillez y libertad.


Algunos también ven un eficaz remedio contra enfermedades demasiado habituales, ven el fin del prozac, la reducción de los gastos sanitarios que todos pagamos, la antesala a la felicidad.


Gracias


Gracias ciclista por llenar de una preciosa luz de esperanza las calles y carreteras.

Gracias por despertar la sonrisa de los niños y de los que no son tan niños.

Gracias por sonreír tú mismo, aunque eso es fácil yendo en bicicleta.

Gracias por cambiar la fisonomía de las calles, haciéndolas más alegres, silenciosas y humanas.

Gracias a ti, ciclista habitual. Muchas y sinceras gracias por hacer de este nuestro planeta un mundo mejor.


lunes, 4 de marzo de 2019

¿Merece la pena tener un coche en propiedad hoy en día?



Durante seis años tuve un coche en propiedad (desde 1985 hasta 1991). En ese último año, debido a que cada vez lo usaba menos y al aumento de mi conciencia medioambiental, decidí venderlo y, a partir de entonces, alquilar uno si alguna vez realmente lo necesitaba. Los números eran contundentes a mi favor al ahorrarme el mantenimiento, la mecánica, ITV, seguro, impuestos y todos esos costes que hacen que los coches sean unos de los principales gastos (muchas veces el principal) en una familia. La suma de varios alquileres de coches al año (para los trayectos que creía imprescindibles) me suponía, según mis propias cuentas, una cifra que entonces era cinco veces menor al montante del coche en propiedad (finalmente descubrí que era incluso menor que eso).

Según este exhaustivo análisis, el coste de un coche medio durante su vida útil, sería de 42.707 euros. En el análisis se plantea dicha vida útil en 12 años, que al parecer es la media de vida de un coche según las estadísticas. 


Este otro análisis de Ecologistas en Acción, para mí mucho más completo al incluir las externalidades del transporte, indica que el coste medio de un coche en propiedad es aún mayor, nada menos que 54.108 euros.


¿Qué recuerdo de la venta de mi coche?


Aquel día de marzo de 1991 había quedado con el comprador en una gasolinera de Pinto, una población del sur de la Comunidad de Madrid. Me llevé mi bicicleta de carretera dentro del coche y, una vez hecha la entrega del coche al comprador, me subí a la bici y me hice el recorrido de vuelta a mi casa montado en ella, pero por lugares más placenteros: Pinto-San Martín de la Vega-Madrid. En aquel entonces no existía el carril-bici actual de San Martín a Villaverde, así que fui por la carretera, que entonces tenía mucho menos tráfico que ahora.


La sensación de libertad al entregar el coche y volver a casa en bici fue espectacular. El aire me daba en la cara; escuchaba los sonidos a mi alrededor; me sentía avispado, despierto; mis piernas se movían arriba y abajo, activando mi corazón; iba contento de no contaminar el aire a mi paso. Incluso estaba desplazándome de un municipio a otro de Madrid sin necesidad de usar coche, aunque tomándome mi tiempo, eso sí. Y lo más curioso… no sabía aún por qué, pero iba sonriendo.


Al llegar a casa me pasó algo que no olvidaré. Abrí el portal y el vehículo que me había transportado hasta allí (la bicicleta) entraba conmigo, hasta mi casa, no se quedaba ahí fuera de mi vista, expuesta a la de todos, solitario durante varias horas o días; no ocupaba el espacio público que había usado yo de niño para jugar (eso ocurría en la calzada de las calles, aunque parezca increíble para una persona que no haya vivido aquéllo) y que ahora habían secuestrado los vehículos motorizados circulantes y aparcados. Estaba entrando en mi casa y todas mis pertenencias estaban allí dentro. Nada se quedaba fuera.


Esa noche, mientras cenábamos, se escuchó un ruido en la calle de cristales rotos. Mi reacción fue la de dirigirme rápidamente a la ventana, abrirla y mirar hacia fuera, a ver si me estaban robando el coche. Al mirar hacia abajo caí en la cuenta de que ¡ya no tenía coche! Así que no podía ser mío el que supuestamente estaban robando. Resultaron ser sólo unos chavales que se ¿divertían? rompiendo una botella en el suelo hasta dejarla en la mínima expresión. Eran este tipo de ruidos los que me habían tenido en vilo durante años sabiendo que el coche estaba ahí fuera, tres pisos por debajo de mi ventana. Eso ya no iba a suceder de nuevo.


Sin coche ¿me cambió la vida?

Una vez sin coche, empecé a darme cuenta de que incluso algunos de los futuros alquileres de coche que había considerado imprescindibles, no lo eran, pasando en aquel tiempo incluso años sin alquilar ninguno. ¡Había conseguido desengancharme del uso del coche, sin terapia y sin pastillas! Y desde luego el ahorro había pasado a ser mucho mayor a su división entre cinco, como había previsto en un principio. Además me había ahorrado muchos de los quebraderos de cabeza que el coche lleva asociados.


Mientras tuve coche lo usaba para trayectos que no eran imprescindibles, pero me salían los resabidos pensamientos que casi todos los propietarios de coches tienen: “ya que lo tengo, lo uso”,  “hay que moverlo, que si no la batería se descarga”, “el coche, de no usarlo, se estropea”…


Igual que aquel mi coche, millones de coches están durante horas (el 97% del tiempo según “Las cuentas ecológicas del transporte”) parados en la calle ocupando un espacio que debía ser de un uso estancial para la ciudadanía. Por lo tanto, lo interesante sería reducir el número de propietarios de coches.


Pero se nos lleva vendiendo durante años el coche particular como algo no sólo necesario, sino imprescindible. Algunas vías de comunicación están sólo pensadas para ir en coche, ni andando ni en bicicleta, por lo que esa sensación de necesidad de tener un coche se acrecienta.


Ante todo eso, solo nos queda decir NO, es decir, seguir negándonos a entrar en la dinámica de “lo que hay que hacer”, que es usar el coche para todo, incluso para lo que no es necesario. La máxima expresión de esta negación es no tener coche, la negación absoluta, postura contestada desgraciadamente incluso por parte de algunas personas del colectivo ciclista, que mira con simpatía a la bicicleta, pero no están dispuestos a prescindir de su coche en propiedad.


¿La OCDE recomendó reducir el número de propietarios de coches?


En 2003, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) publicó un informe muy interesante llamado “Líneas a seguir hacia un transporte medioambientalmente sostenible”.


En un ejercicio de honestidad afirmaban en el informe que las “medidas suaves” como la desincentivación del uso del coche, promoción del transporte público, espacios para ciclistas y peatones, etc., son incapaces de parar el incremento del dominio del coche y sus problemas derivados (calidad del aire, seguridad vial, congestión, usurpación de espacio público, etc.). Es por ello que la OCDE decía (repito, hace 16 años, en pleno crecimiento económico desmesurado) que era deseable una reducción del número de propietarios de automóviles, cosa que desde luego no sólo no escuchó ninguno de los entonces países miembros de la OCDE (entre los que se encontraba España), sino que el aumento de propietarios de vehículos motorizados no ha dejado de crecer desde entonces y el espacio para el tráfico de los coches le ha seguido a la zaga con más y más infraestructura específicamente dedicada, lo que ha supuesto un coste social y medioambiental enorme.


De este informe no hubo titulares, no salió en los debates públicos o privados. Hubo un hermetismo absoluto. Y sólo gracias a que la European Cyclists’ Federation lo publicó en uno de sus prestigiosos “Bycicle research report”, llegó a nuestras manos y hoy es posible aún leerlo, para vergüenza de los gobernantes de aquel momento que hicieron caso omiso a esas recomendaciones que tanta razón tenían.

La contundencia de aquel informe se puede resumir en una de sus frases: “La experiencia muestra que hay un enlace directo entre pertenencia de coche y su uso, por ello hay que acabar con la dependencia económica y la imagen de desarrollo social que el coche conlleva."

Sí, yo también quedé en su día muy sorprendido de que la OCDE admitiera esto. A veces pasa que se escapan verdades como éstas en organismos de este tipo. Aunque son debidamente acalladas cuando llega a oídos de los que mueven los hilos del sistema. Y eso es lo que acabó pasando.

Pero aún estamos a tiempo de hacer lo que la OCDE y el sentido común nos demandan.

CONCLUSIÓN

Ahora, por fortuna, incluso salen artículos como éste, en el que, (¡albricias!) se empieza a poner en entredicho la idoneidad del coche en propiedad.


Cuando vendí mi coche en 1991 y pensé que había alternativas (como el alquiler), no existían el car-sharing, ni el car-pooling, ni las bicicletas públicas, ni muchas otras de las alternativas actuales. Los alquileres de coches para viajes fuera de mi ciudad eran farragosos y caros en comparación a lo que existe ahora, con precios y ofertas muy populares.


Sin entrar en las situaciones particulares de cada mortal, con las actuales condiciones para moverse en ciudad en medios alternativos al vehículo privado a motor, y la sencillez para compartir coche o alquilarlo en trayectos más largos, no sería tan atrevido tomar una decisión como la que yo tomé hace 27 años. ¿A qué estás esperando?