domingo, 29 de marzo de 2026

Puy de Dôme, la montaña de los españoles

 

El autor señalando la cima del Puy de Dôme

Hablar del Puy de Dôme es hablar de los volcanes de la Auvernia, en el Macizo Central Francés. Es hablar de una montaña mágica, un volcán extinto de 1.465 metros de altitud, 13,4 kilómetros de longitud, una pendiente media del 7,7% y rampas que llegan al 13%. Pero sobre todo es hablar de historia del ciclismo. De sufrimiento, de gloria y, para los españoles en particular, de un palco privilegiado donde nuestra generación dorada dejó una huella que el tiempo no ha podido aún borrar.

El Tour de Francia ha subido al Puy de Dôme en trece ocasiones. En cinco de ellas, la victoria fue española. Ninguna otra nación puede presumir de semejante dominio en esta cima. Y, sin embargo, pocos aficionados conocen todos los detalles de esas gestas. Aquí van… 

 

EL PRIMERO: FEDERICO MARTÍN BAHAMONTES (1959)

El «Águila de Toledo» fue el primer español en triunfar en el Puy de Dôme, y lo hizo en el año en que también ganó el Tour de Francia. Era una cronoescalada de 12,5 kilómetros, correspondiente a la 15.ª etapa. Un 10 de julio. Bahamontes se impuso con un tiempo de 36 minutos y 15 segundos, por delante de Charly Gaul y Henri Anglade. Jacques Anquetil —ganador del Tour dos años antes— perdió más de tres minutos, dinamitando sus opciones de victoria en la clasificación final. Un “zarpazo” del Águila que marcó el devenir de aquella edición. Si bien no se vistió de líder ese día, pero avisó de que ese año no iba a solo a llevarse el premio de la montaña.

Curioso que, como la zona es privada, y se esperaba un gentío enorme (llegaron a ser unos cien mil según la prensa), se cobró entrada, a precio de 200 francos en las primeras rampas, 400 a mitad de recorrido y 600 en la zona de meta. Los coches aparte. Un dineral.

Bahamontes dijo, años después, que tras su éxito en el Puy de Dôme, en el que desbancó a los grandes ciclistas franceses, el Tour de Francia no volvió a poner un final en alto mientras él estuvo en activo, porque era como entregarle la victoria final al toledano. Opinión de Bahamontes. 

 

LA VICTORIA OLVIDADA: JULIO JIMÉNEZ (1964)

El escalador abulense Julio Jiménez, conocido como «El Relojero», ganó en el Puy de Dôme en 1964 por delante del mismísimo Federico Martín Bahamontes. Fue una victoria brillante que, sin embargo, pasó prácticamente desapercibida. ¿El motivo? Ese día se estaba disputando algo mucho más grande que una etapa.

El duelo que partió Francia en dos: Anquetil contra Poulidor

Era el 12 de julio de 1964 y el país entero tenía los ojos clavados en dos hombres que representaban mundos opuestos. Jacques Anquetil era el aristócrata del ciclismo: pómulos altos, cabello rubio, piel pálida, acento del norte y una elegancia sobre la bicicleta que irritaba tanto como fascinaba. Raymond Poulidor era su antítesis perfecta: piel curtida por el sol, acento campesino del Lemosín y un estilo de pedalear que recordaba más a un labrador que a un campeón. En aquella época en que las personas se definían por sus elecciones, el dilema estaba servido: ¿Anquetil o Poulidor? ¿Los Beatles o los Rolling Stones?

Era la etapa 20, con salida en Brive-la-Gaillarde y 237 kilómetros de recorrido por el Macizo Central hasta la cima del volcán. Anquetil llegaba al pie de la última subida con solo 56 segundos de ventaja sobre Poulidor en la clasificación general, pero le quedaban dos días de carrera, uno de ellos con una contrarreloj, el terreno donde era imbatible. Para Poulidor, era ahora o nunca.

A seis kilómetros para la cumbre, solo cinco corredores seguían en cabeza: Anquetil, Poulidor, Bahamontes, Jiménez y el italiano Adorni. Jiménez atacó a un ritmo endiablado, Poulidor hace un amago de seguirle, pero no puede. A continuación, es Bahamontes quien sale detrás de Jiménez. Poulidor y Anquetil les dejan ir. No iba con ellos. Se quedaron solos, hombro con hombro, Poulidor desesperado por escapar antes de que se acabara la montaña, Anquetil desesperado por aguantar a rueda de Poulidor.

Anquetil usó la estrategia con una maestría que rozaba la crueldad. Ocupaba siempre el carril interior, más cerca de la montaña, obligando a Poulidor a cargar con el viento. Tres veces fingió que no podía seguir el ritmo. Tres veces Poulidor mordió el anzuelo, aceleró con todo lo que tenía y se agotó sin lograr desprenderse de él. Cuando intentó el cuarto ataque, el que sí despegó a Anquetil, ya no le quedaban piernas para marcar diferencias.

Poulidor vaciló demasiado tiempo antes de decidirse a atacar de verdad, y cuando por fin lo hizo, solo quedaban tres kilómetros para la cima. Demasiado tarde.

Vídeo de la lucha entre Anquetil y Poulidor 

La foto más icónica del ciclismo

 

La imagen que inmortalizó aquel duelo fue tomada por Roger Krieger, fotógrafo de L'Équipe, desde una moto que ascendía con dificultad por las rampas del 10%. En un momento dado, el tubo de escape de otra moto rozó la pierna de Poulidor, que se desvió involuntariamente y chocó con el codo de Anquetil. Krieger disparó justo en ese instante. La fotografía de los dos rivales peleando centímetro a centímetro, literalmente con los codos encima, se convirtió en el símbolo de una rivalidad y de una época. Hay una ironía añadida: el negativo original desapareció y todas las copias que hoy circulan son reproducciones.

El desenlace cruel

Anquetil cruzó la meta 42 segundos detrás de Poulidor, al borde del colapso. Se desplomó sobre el coche de su director deportivo Géminiani y solo acertó a preguntar cuánto le quedaba de ventaja en la general. “Catorce segundos”, le respondieron. Y Anquetil contestó: “Con trece me habría bastado.”

Poulidor ganó la etapa, pero no pudo remontar los 56 segundos que necesitaba. En la contrarreloj final, Anquetil fue implacable y ganó el Tour por 55 segundos. Poulidor, el eterno segundo, volvía a quedarse sin el maillot amarillo.

Y mientras todo esto ocurría, Julio Jiménez había ganado la etapa por delante de Bahamontes, imponiéndose a los mejores escaladores de su generación. Como él mismo reconoció años después: «Ese día se jugaba el Tour, y yo había ganado a los grandes... pero después, solo hubo ese duelo homérico entre Anquetil y Poulidor.» La historia, a veces, no recuerda a los vencedores.

 

EL DUEÑO DEL VOLCÁN: LUIS OCAÑA (1971 Y 1973)

Nadie tuvo una relación tan intensa con el Puy de Dôme como Luis Ocaña. El ciclista conquense ganó allí en dos ocasiones, pero cada victoria fue radicalmente distinta en su significado.

1971: El primer zarpazo al Caníbal

Era la 8.ª etapa del Tour, entre Nevers y el volcán. Ocaña voló en la subida, ganando la etapa y aventajando a Merckx en 15 segundos, quedándose en la general a 37 segundos de Merckx y a 1 segundo de Zoetemelk. El Caníbal quedaba avisado.

Tres días después llegó la legendaria etapa de Orcières-Merlette, donde Ocaña pulverizó a Merckx por casi nueve minutos. Una actuación tan devastadora que 68 corredores llegaron fuera del tiempo límite y la organización tuvo que ampliar de urgencia el porcentaje del control de tiempo para evitar que el Tour quedara desierto. Un solo hombre casi destruyó la carrera él solo.

Lo que vendría después —la caída en el Col de Menté bajo la lluvia torrencial, el abandono con el maillot amarillo en los hombros— es ya otra historia, y de las más trágicas del ciclismo. El Puy de Dôme había sido el primer acto de una épica que se truncó en la tormenta.

1973: La victoria con asterisco

La segunda victoria de Ocaña en el Puy de Dôme, en la 18.ª etapa del Tour de 1973, tiene una dimensión completamente diferente. Ocaña dominó aquella carrera de principio a fin: lideró durante 14 días, ganó seis etapas y llegó a París con más de 15 minutos de ventaja sobre el segundo clasificado. Un dominio aplastante.

Pero Eddy Merckx no estaba. Había preferido centrarse en el Giro y la Vuelta a España. Y eso atormentaba a Ocaña. Era campeón del Tour, sí, pero el asterisco era innegable: no había ganado a Merckx. Su victoria en el Puy de Dôme aquel día fue, en cierta medida, un mensaje lanzado al vacío. Una demostración de fuerza para una audiencia que no había acudido.

Hay un detalle que estremece: en la 13.ª etapa de ese mismo Tour, el recorrido volvió a cruzar el Col de Menté, exactamente por la misma vertiente donde Ocaña había caído en 1971 con el maillot amarillo puesto y los sueños rotos. Esta vez llegó a Luchon en solitario. Un exorcismo callado en forma de pedales.

El Puy de Dôme fue tanto su primer escenario de gloria frente al Caníbal como el lugar donde puso el broche final de su única victoria en el Tour. Una montaña que, de alguna manera, le perteneció.

 

LA GESTA QUE CAMBIÓ EL CICLISMO ESPAÑOL: ANGEL ARROYO (1983)

El último español en ganar en el Puy de Dôme fue Ángel Arroyo en 1983, en una cronoescalada que aún hoy provoca escalofríos al repasarla. Era la 15.ª etapa, 15,6 kilómetros entre Clermont-Ferrand y la cumbre del volcán. El resultado final fue:

1. Ángel Arroyo (ESP) — 40'43"

2. Pedro Delgado (ESP) — +13"

3. Patrocinio Jiménez (COL) — +29"

4. Lucien Van Impe (BEL) — +30"

5. Michel Laurent  (FRA)— +42"

6. Sean Kelly (IRL) — +1'09"

7. Peter Winnen (HOL) — +1'10"

8. Laurent Fignon (FRA) — +1'48"

Dos españoles en el podio, por delante de figuras como Van Impe, Kelly o Fignon. La ironía del resultado es mayúscula: Fignon, que llegó octavo ese día, acabó ganando aquel Tour por delante del propio Arroyo y de Winnen. Pero lo verdaderamente relevante fue el impacto que tuvo la imagen de aquellos escaladores españoles demoliendo a los grandes del ciclismo europeo.

La repercusión fue inmediata: Televisión Española decidió pagar por los derechos de emisión en directo de lo que restaba de carrera, ofreciendo el Tour en directo por primera vez en su historia. Una etapa que no solo ganó Arroyo: también marcó el inicio de una nueva forma de vivir el ciclismo en España.

 

PERICO BLINDÓ SU TOUR: PEDRO DELGADO (1988)

Aunque Pedro Delgado no ganó la etapa con final en el Puy de Dôme en 1988, esa jornada es inseparable de su historia en la montaña. El conquense ya vestía el maillot amarillo y lo defendió con autoridad, soltando en la subida a sus últimos perseguidores —el holandés Gert-Jan Theunisse y Steven Rooks— y entrando tercero, tras los escapados Johnny Weltz (ganador) y Rolf Gölz. La ventaja en la general quedó fijada en casi cinco minutos. El Tour estaba sentenciado.

Lo que nadie podía imaginar era que, ese mismo día, saltaría la noticia de que Perico había dado positivo en un control antidopaje realizado siete días antes, en una sustancia prohibida por el COI pero no por la UCI. La polémica sacudió el pelotón y los medios, pero Delgado continuó, llegó a París de amarillo y se convirtió en el tercer español campeón del Tour de Francia.

Tras esa etapa de 1988, el Tour no volvería al Puy de Dôme durante 35 años.

 

EL PUÑETAZO QUE CAMBIÓ LA HISTORIA: MERCKX (1975)

No todas las grandes historias del Puy de Dôme acaban con una victoria española, pero esta es demasiado importante para dejarla fuera. El 11 de julio de 1975, Eddy Merckx ascendía el volcán con el maillot amarillo, persiguiendo su sexto Tour de Francia. De conseguirlo, se convertiría en el ciclista más laureado de la historia, superando el récord que compartía con el propio Anquetil.

A 150 metros de la meta, un espectador llamado Nello Breton le propinó un puñetazo en el hígado. Merckx completó la etapa, pero el golpe le dejó sin respiración durante varios segundos. En los días siguientes no pudo dormir bien ni alimentarse con normalidad, a pesar de los analgésicos.

Las consecuencias fueron devastadoras. En la etapa de Pra-Loup, cuando todo apuntaba a que Merckx certificaría su dominio, sufrió una pájara monumental a cuatro kilómetros de meta. Thévenet, que parecía hundido, lo pasó y le arrebató el maillot amarillo. Al día siguiente, Merckx se cayó y se fracturó el pómulo y la mandíbula. Los médicos le aconsejaron abandonar. Se negó. Él mismo reconoció años después que no fue exactamente heroísmo: el dinero del segundo puesto importaba para el equipo.

Breton fue detenido y condenado a una pena de prisión en suspenso. Merckx nunca volvería a ganar el Tour. El puñetazo en el Puy de Dôme fue, simbólicamente, el principio del fin de una era.

 

LA MONTAÑA PROHIBIDA: MI HISTORIA DE 1991

En 1991 hice en la Auvernia mi primera ruta cicloturista, acompañado de Jane Blomley, una inglesa de 172 centímetros, rasgos armoniosos y una sonrisa arrebatadora, que acababa de dejar de fumar y que, como yo, nunca había hecho cicloturismo. Nos lanzamos dos semanas a pedalear por una zona que no es precisamente llana, aunque sí tremendamente bonita. Y una de las motivaciones que me había llevado hasta allí era esta montaña mágica.

Con Jane Blomley en la subida del Puy Mary,
preparando la subida al Puy de Dôme

Llevaba dos semanas imaginando la subida. Uno piensa en el Puy de Dôme y se lo imagina tal como lo ha visto en las imágenes de prensa: cunetas abarrotadas de gente que lleva horas esperando, el locutor desgañitándose al paso de los corredores, pancartas, cámaras, el rugido de la multitud. Luego piensa que en su caso será todo silencio y desolación, que con suerte alguien le adelantará desde un coche y le dirá «Allez» sin mucha convicción, de esa manera que más parece un «¿pero adónde vas, alma de cántaro?». Y que al llegar arriba no habrá pancartas de meta ni periodistas persiguiéndole para conseguir una declaración. Solo el viento, que siempre azota los altos.

Lo había dejado para el último día de ruta, antes de volver a España en tren. Así me daría tiempo a coger forma durante las dos semanas previas cargado con alforjas, para poder acometer la subida con ciertas garantías. La mañana del día elegido dejé a Jane en el hotel en Clermont-Ferrand, me quité las alforjas, me puse en marcha y me sentí, vagamente, como si toda la ciudad supiera adónde iba.

En Clermont-Ferrand, preparado para ir al Puy de Dôme

Hacía fresco. Era mediados de septiembre y en estas latitudes el otoño ya asomaba. Fui guiándome por un mapa Michelin que llevaba en el transportín hasta la D68, donde la carretera gira a la izquierda y sale una variante a la derecha. Ahí estaba el inicio de la subida.

Según me acercaba vi una barrera que cortaba la carretera. «Para coches», pensé.

Cuál sería mi sorpresa al llegar y encontrar una señal inequívoca: redonda, borde rojo, una bicicleta en el centro. Prohibido el paso a bicicletas. Me quedé allí parado, esperando que apareciera algún otro ciclista que me dijera que era una broma. Solo llegó un repartidor con su furgoneta. Levantó la barrera, pasó y volvió a bajarla. Le pregunté si podía pasar en bicicleta. Me dijo que no, señalando la señal, y se encogió de hombros con esa amabilidad francesa tan particular antes de irse.

Me enteré más tarde, en Clermont-Ferrand, del porqué. La cima es propiedad privada, con un parque temático en la cumbre. Además, la zona está declarada Patrimonio Mundial por la Unesco. Y había habido problemas años atrás: ciclistas que subían, se hacían fotos arriba, y luego bajaban a toda velocidad por una carretera estrecha, curveada y con coches en sentido contrario. Los accidentes llegaron. La solución, como casi siempre: prohibir las bicicletas. Punto final.

Cabizbajo, hice una ruta alternativa que rodeaba la montaña por fuera. Con esa especie de resignación amarga que te deja una cita que no pudo ser.

Años más tarde les conté esta anécdota tanto a Pedro Delgado como a Ángel Arroyo. Pedro ya sabía lo de la prohibición —su faceta de comentarista le mantiene al tanto de todo—. Pero Ángel, cuando se lo conté hace poco, en septiembre de 2025, se sorprendió visiblemente. «¡Vaya faena, después de irte hasta allí!», me dijo. Que el hombre que ganó en esa cima en 1983, el que la hizo suya delante de los mejores del mundo, no supiera que estaba prohibida subir en bicicleta, me pareció, no sé, tremendamente humano.

 

UNA CIMA QUE SE MERECE MÁS DE LO QUE DA

A día de hoy el Puy de Dôme sigue vedado para el ciclista de a pie. La única alternativa legal es la subida organizada anualmente por la FFCT (Federación Francesa de Ciclismo), con plazas muy limitadas que se agotan meses antes. Los participantes salen desde Orcines, la misma vertiente que utilizó el Tour en 2023 cuando, tras 35 años de ausencia, el volcán volvió a recibir al pelotón.

Cada año hay ciclistas que se desplazan desde media Europa —incluida España, claro— hasta el pie de esa carretera gris que trepa por el flanco del volcán, y cada año se encuentran con la misma barrera y la misma señal. Y cada año se van dando la misma vuelta, mirando hacia arriba, desconsolados.

Quizás eso, en el fondo, es lo que convierte al Puy de Dôme en una montaña mítica de verdad: que no se entrega a cualquiera, ni en cualquier momento, ni de cualquier manera. Que hay que merecérsela. Que guarda algo de aquella niebla y aquel silencio que envolvieron a Bahamontes en el 59, a Jiménez en el 64, a Ocaña en el 71 y 73, y a Arroyo en el 83.

Yo la dejé pendiente entonces. 36 años más tarde, todavía tengo esa espinita.

martes, 10 de marzo de 2026

La invisibilidad del ciclista


La Dirección General de Tráfico ha detectado un aumento de la siniestralidad ciclista, especialmente en las ciudades. Por ello inicia una campaña para que los ciclistas lleven luces y reflectantes. Argumentan que el motivo de la campaña es reducir el número de accidentes en los que se ven implicadas las bicicletas.

Tengo que decir que me parece bien que se avise a los ciclistas de que tienen que utilizar en horario nocturno luces y algún elemento reflectante (preferiblemente en la bicicleta). Un ciclista sin luces por la noche es muy poco visible.

Pero me surgen una serie de preguntas:

¿Es que en los accidentes de ciclistas se ha detectado que la mayor parte ocurre por no llevar luces y por eso se inicia esta campaña poniendo en los ciclistas toda la responsabilidad de lo que les ocurre? No se dice nada al respecto en la campaña, seguramente porque no se puede decir, porque la ausencia de luces y reflectantes no es la principal causa de los accidentes en los que se ven involucrados ciclistas.

¿No es cierto que la mayor parte de estos accidentes ocurren de día, con buena visibilidad y hay un vehículo a motor implicado que generalmente incumple alguna norma (exceso de velocidad, no respetar la prioridad de paso, adelantamiento indebido...) y que en una buena campaña para reducir el número de accidentes de ciclistas deberían estar implicados estos conductores motorizados? Parece que si, pero una vez más no hay la suficiente valentía para decirle a esos conductores que las bicicletas son vehículos a los que hay que respetar.

Me parecería igual de importante para mejorar la seguridad de los ciclistas que se hiciera una campaña para comprobar que los vehículos a motor dejan la distancia lateral reglamentaria al adelantar a un ciclista, cosa que no se cumple y que nos pone, cuando vamos en bicicleta, en un muy serio peligro, no sólo de noche, sino también de día.

Mejorar la seguridad de los ciclistas está también en mano de los conductores de vehículos a motor, no sólo de los ciclistas.

Información indebida

Por otro lado, pienso que no se está informando bien a los medios de comunicación y así se oye y ve en algunas radios y televisiones que los ciclistas deben llevar chalecos reflectantes. También se está diciendo que estas obligaciones son nuevas, cuando están desde la Ley de 2003 y el Reglamento General de Circulación de 2004. Ahora lo que se ha aprobado es una ley que regula el procedimiento sancionador, pero la norma es la misma de hace siete años.

¿Entonces cuáles son exactamente esas normas por las que nos pueden multar?

Luces

Son obligatorias para las bicicletas (una delantera blanca y una trasera roja) de noche y también de día si se dan circunstancias de baja visibilidad (niebla, túneles).

Reflectantes

Es obligatorio un catadrióptico rojo trasero en la bicicleta. Aunque esto no lo sabe prácticamente nadie. Por lo tanto, es posible que esto ni lo pidan, cuando resulta ser más eficaz que, por ejemplo, un chaleco puesto en el cuerpo del ciclista.

Por otro lado, el ciclista tiene que llevar una prenda reflectante cuando sea necesario el alumbrado y se circule por vía interurbana. Es decir, no es obligatorio el uso de prenda reflectante para el ciclista dentro de las ciudades y pueblos.

¿Qué nos apostamos a que nos van a llamar la atención o poner multas por no llevar reflectante en zona urbana, pese a no ser punible?

¿Qué nos apostamos a que nos van a poner multas por no llevar un chaleco reflectante (que es lo que algunos medios de comunicación están diciendo que es obligatorio), aunque llevemos una “prenda reflectante”, que puede ser una tobillera reflectante o una banda reflectante o un chubasquero reflectante?

En cuanto a los reflectantes, recomiendo mirar el artículo que publiqué al respecto un par de años atrás.

De la invisibilidad

Es cierto que el ciclista es invisible, pero no sólo porque lleve o deje de llevar luces o reflectantes. Somos invisibles también de día, porque mientras las administraciones responsables se sigan empeñando en no hacer partícipes a los conductores de vehículos a motor en la seguridad de los ciclistas, para ellos seguiremos siendo el estorbo que les impide correr a grandes velocidades. Seguirán pensando que la culpa de todo lo que nos pasa es nuestra aunque las estadísticas digan lo contrario. Seguirán pensando que no tenemos derecho a circular sobre la calzada. Seguirán (sólo algunos, pero son demasiados) pisándonos, pitándonos e insultándonos.

Y mientras tanto, nosotros, seguiremos en lo que nos han enseñado, en nuestro papel de culpables de lo que nos ocurre, más preocupados de la seguridad pasiva que de la seguridad activa, que está llevando a que los accidentes de bicicleta no sólo no estén bajando, sino que incluso estén empeorando levemente, mientras los de automovilistas han descendido alrededor del 50% . ¿Por qué nosotros no?

Cambio en la Ley de Seguridad Vial

Este último fin de semana se ha celebrado el “VIII Congreso Ibérico La bicicleta y la ciudad”. Una de las conclusiones de este Congreso es que la normativa estatal ciclista está obsoleta desde su raíz, desde la ley, y que debe ser urgente e integralmente reformada para ponerse al día con la realidad ciclista que está ocurriendo en nuestras calles y carreteras. Eso sí que mejoraría sustancialmente la seguridad de los ciclistas. Ya nos toca.

ACTUALIZACIÓN 2026: En la publicación de mi álbum de música "Querida bicicleta", he incluido una canción que está basada en esta entrada de mi blog. La podéis escuchar en: 
https://open.spotify.com/intl-es/track/1k0SQd2WQXjT8g5dFICm7h?si=5d99864aa90840ff

El dulce pedaleo sobre la alfombra blanca



Estos días atrás cayó una tremenda nevada por la zona en la que vivo, cuya nieve aún persiste en gran medida debido al frío reinante. Es muy difícil explicar las bonitas sensaciones que se tiene al pedalear sobre la nieve. Quizás tenga algo que ver con lo entrañable de las sensaciones nuevas, doblemente significado cuando el lugar por el que pasas es un lugar habitual, pero que con la nieve parece un lugar completamente nuevo, rompiendo la monotonía. Quizás también tenga algo que ver ese sonido que hacen las cubiertas sobre la nieve, tan único y sobrecogedor.

No me quiero extender, simplemente dejaros un relato que escribí hace casi cuatro años en el que sentí cosas muy parecidas a las del pasado viernes yendo a la estación de tren en bicicleta sobre la nieve recién caída. Las fotos de esta entrada fueron hechas este último viernes. donde dejé esta vez la bici en el aparcabicis que tenemos desde hace unos tres años y otra foto unas horas más tarde en Madrid de un ciclista circulando entre la nieve frente al Palacio Real de Madrid. El relato fue escrito el día 23 de febrero de 2005.

EL DULCE PEDALEO SOBRE LA ALFOMBRA BLANCA

Como cada día, salí esta mañana enroscado en mi bufanda y calzándome los guantes dispuesto a coger mi bicicleta para ir a la estación de tren de Azuqueca. Es un viaje de ocho minutos (2,5 kms.), de noche, pero despejadísimo de tráfico, por calles tranquilas y llanas, exceptuando una sola bajada. Suelo salir con tiempo suficiente, para tomármelo sin prisas, pedaleando suavemente cuando los músculos están aún desesperezándose.

Cuando abrí la puerta, justo en ese momento, un copo de nieve que se soltó del tejado cayó frente a mí, y tras él, la visión de la parte delantera de mi jardín, totalmente inundada por la nieve. No había visto tanta nieve junta desde aquella excursión de Pedalibre por el Puerto de la Quesera, cerca de Majaelrayo.

Me entró una mezcla de alegría por tanta belleza y desasosiego por el miedo a llegar tarde a coger el tren (salen cada quince minutos, y si pierdo el de las 6,55, llego tarde al trabajo). Lo primero que pensé fue en ponerme la capa de lluvia, pues estaba nevando todavía, suave, pero nevando. Pero me dije que no, que la capa me quita algo de visibilidad y yo quería verlo todo, todo tan diferente, como si fuera un camino nuevo, intuyendo por donde debo ir al haber desaparecido la visión de la carretera, el arcén y los caminos, siendo todo uno. Cogí mi bicicleta, que estaba debajo del techado, y la llevé a la calle. Allí se me llenó el pecho de una tremenda ilusión. La calle estaba totalmente cubierta de algo más de cinco centímetros de nieve, y la única huella que había era la de mi vecino que también va en bici y que sale quince minutos antes que yo, pero incluso esa se estaba borrando, debido a la nieve que caía encima.

Estaba deseando lanzarme a pisar la nieve con las ruedas de mi bicicleta, así que la lancé hacia adelante y comencé a pedalear.

Oía el ahogado sonido del contacto de la rueda con la nieve, como los pequeños crujidos de un cristal al aplastarlo en el suelo con el zapato y, al mismo tiempo, un trasfondo que se asemeja a un susurro. Comencé a hacer eses por el camino.

Miré para atrás: la huella de la bicicleta había dejado una bonita estela que zigzagueaba de un lado a otro de la calle. Me imaginaba las personas que pasaran al cabo de un rato por ahí y vieran esas huellas... se iban a preguntar muchas cosas ;-)

Por la vereda de Vallehermoso me puse a gritar de alegría, seguro de que no me oiría nadie.

Más adelante, una muchacha iba andando en la misma dirección que yo, oyó el sonido de mi bicicleta y se apartó. Me miró un poco sorprendida. Mientras me sonreía, me saludó con la mano, sintiendo que algo nos unía, que éramos dos afortunados compartiendo el mismo momento mágico. Yo le dediqué la más grande de mis sonrisas.

La nieve seguía cayendo, y el cristal de las gafas se me iba llenando de nieve que me impedía ver, por lo que tenía que hacer con un dedo el gesto de un limpiaparabrisas.

En la cuesta abajo de la calle de la Noguera tocaba ir muy despacio, porque la nieve y los frenazos no son muy buenos amigos.

Al llegar a la estación decidí que no iba a aparcar la bicicleta en el mismo sitio de siempre, fuera, en una farola, sino dentro, en la barandilla de unas escaleras en el mismo andén, a cubierto. Según estaba nevando, tenía la sensación de que, si la dejaba fuera, por la tarde quizás no la encontraría, cubierta por la nieve como podría estar.

Pasé el vestíbulo, hacia el andén. La gente estaba allí esperando al tren, huyendo del frío y de la nieve. Todo el mundo se me quedaba mirando muy sorprendidos, algunos algo divertidos, casi todos sonreían. Yo me imaginaba que era por la supuesta locura de ir en bici con esta nieve. La gente se apartaba y me hacían un pasillo. Al llegar a la puerta, y antes de abrirla para salir fuera, me vi reflejado: Era todo un número, parecía el hombre de las nieves (¿acaso no lo era, estrictamente dicho?). La ropa, los guantes, el pelo, la bufanda, parte de las gafas, todo blanco. Hasta el manillar de la bici, en las partes que no había fijado mis manos, estaban cubiertas por una ligera capa de nieve. Miré hacia atrás, hacia la gente. Todos me miraban y sonreían.

Seguro que alguno se apunta a coger la bici en la próxima nevada, aunque sólo sea para recibir tantas sonrisas juntas.

ACTUALIZACIÓN 2026: En la publicación de mi álbum de música "Querida bicicleta", he incluido una canción que está basada en esta entrada de mi blog. La podéis escuchar en:
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Las bicis al tren



Ha dado comienzo la campaña de ConBici ¡Bicis al Tren! Esta campaña pretende concienciar a la sociedad sobre la tremenda importancia de la combinación de dos medios de transporte tan sostenibles como la bicicleta y el ferrocarril, que con una adecuada política de accesibilidad podría ser en este país una auténtica alternativa al uso abusivo del automóvil particular contaminante.
En la acción realizada en Chamartín el día 26 de octubre de 2008 se ha puesto de manifiesto que los ciclistas le dan a esta combinación multimodal una importancia crucial para desplazamientos medios y largos.
Los ciclistas son unos aliados del ferrocarril, no unos enemigos de este importante medio de transporte, pero es importante que las compañías ferroviarias se den cuenta de que el uso de la bicicleta está creciendo de manera importante en nuestro entorno y hay que adecuarse a los tiempos.

ACTUALIZACIÓN 2026: En la publicación de mi álbum de música "Querida bicicleta", he incluido una canción que está basada en esta entrada de mi blog. La podéis escuchar en: 
https://open.spotify.com/intl-es/track/4QPHrghYz94TlmSbec0t02?si=b96de51f12b54ebe

viernes, 27 de febrero de 2026

El inventor del cicloturismo

Al señor Paul de Vivie, francés nacido cerca de Saint Etienne a mediados del siglo XIX, le cabe el honor de ser el inventor del cambio trasero en la bicicleta, fundar la revista "Le cycliste", inventar el término “cicloturismo” (cicloturisme, en francés), fundar el primer club cicloturista francés, ser uno de los padres de las pruebas no competitivas de larga distancia y tantas otras cosas más. 

Su apodo era Vélocio, que evocaba la “velocidad” y la “bicicleta” (velocité y vélo, respectivamente, en francés)
Era un auténtico apasionado de la bicicleta, hasta el punto de que cerró su empresa de seda y montó otra de bicis, primero trayéndolas de Inglaterra y luego fabricando las suyas propias. 

Un día que se encontraba subiendo el col de la République, cerca de Saint Etienne, uno de sus lectores que iba en su propia bici y fumando en pipa, le adelantó. Eso le hizo recapacitar mucho sobre la inoperancia de los desarrollos en los distintos terrenos y le llevó a inventar el cambio trasero, todo un hito en aquel entonces. Es decir, que el cambio trasero se inventó por un pique, ni más ni menos. Condición humana.
Su invento, cuya primera producción en serie fue realizada en 1906, no tuvo mucha aceptación en un principio. Los organizadores del Tour de Francia, por ejemplo, decían que era para abueletes, inválidos y mujeres. Velocio, sin embargo, disfrutaba, ahora sí, sus subidas al Col de la Republique con su bici de cambios, en las que pasaba a los otros ciclistas que se encontraba. 

Fue uno de los primeros Randonneurs (ciclistas de larga distancia) del país galo, haciendo rutas de hasta 40 horas, en bicicletas bastante antiguas y en unos tiempos bastante decentes para el material y las carreteras que había entonces. Reivindicó también que en bicicleta, y pese a ir a un ritmo alegre, se disfrutaba más y se recordaba mejor el paisaje que yendo en tren o en coche. 

A raíz de esas correrías que se hizo en bicicleta por toda Francia, se montaron luego una seria de recorridos, como la todavía existente Flecha Velocio, prueba francesa no competitiva de 360 kilómetros a hacer en menos de 24 horas por equipos de entre 3 y 5 ciclistas por un recorrido que parte desde distintas partes del país y les lleva al mismo destino, donde se reúnen todos.
 

Vélocio murió atropellado por un tranvía a los 77 años de edad. Seguramente hubiera sido una persona mucho más longeva de no ser por esa desgracia, dado que era lo que hoy en día se ha venido a llamar "un ecologista convencido": gran amante de la naturaleza, de la vida sana, vegetariano y anticonsumista (reclamaba que se evitaran los gastos energéticos innecesarios), todo con lo cual me identifico. 


A día de hoy se sigue tomando como una referencia "Los siete mandamientos del ciclista", que dejó como legado. Algunos de los mandamientos son frases muy celebres que incluso los no ciclistas conocen. Excepto en contadas excepciones, las he venido siguiendo a rajatabla en mis incursiones ciclodeportivas, incluso antes de conocerlas. Son las siguientes:
 
1. Hacer pocas paradas y cortas, para no perder el ritmo. 

2. Comer antes de tener hambre y beber antes de tener sed. Frecuentemente, pero en pequeñas cantidades. 

3. No llegar hasta la fatiga anormal, que te hace perder el apetito y el sueño. 

4. Abrigarse antes de tener frío, destaparse antes de tener calor. No temer al sol, al aire ni al agua. 

5. Cuando menos durante la ruta, eliminar de la dieta tanto la carne, como el vino y el tabaco. 

6. No forzar, no sobrepasar la capacidad de uno mismo, especialmente durante las primeras horas, cuando uno se siente con fuerzas. 

7. No pedalear nunca por amor propio. 


La de años que han pasado, y sigue teniendo vigencia. 

Para acabar, unas frases de algunos de sus artículos en la revista Le Cycliste, absolutamente memorables:
 

“La bicicleta no es sólo una herramienta de transporte, sino también un medio de emancipación, un arma de liberación. Libera el espíritu y el cuerpo de las inquietudes morales, de las enfermedades físicas de la existencia moderna, de la ostentación, de la convención, de la hipocresía – dónde la apariencia lo es todo, donde parecemos, pero no somos nada–.”
 

“Después de un largo día en mi bicicleta, me siento fresco, limpio, purificado. Siento que he establecido contacto con mi entorno y que estoy en paz. En días así estoy impregnado de un profundo agradecimiento por mi bicicleta. Incluso si no me divirtiera pedaleando, aún así lo haría por conseguir la paz en mi mente. ¡Qué maravilloso tónico es estar expuesto a luz brillante del sol, a la lluvia, al asfixiante polvo, a las gotas de niebla, al aire rígido, a los vientos que te castigan!"
 

"Nunca olvidaré el día en que subí al Puy Mary. Éramos dos en un precioso día de Mayo. Empezamos con sol y con el torso desnudo. A mitad de la subida, las nubes nos envolvieron y la temperatura cayó. Poco a poco se hizo más frío y más húmedo, pero no lo notamos. De hecho para nosotros fue un placer. No nos molestamos en ponernos la chaqueta y llegamos al pequeño hotel en la cima con ríos de lluvia y sudor corriendo por nuestros cuerpos. Me estremecí de arriba a abajo.”

ACTUALIZACIÓN 2026: En la publicación de mi álbum de música "Querida bicicleta", he incluido una canción que está basada en esta entrada de mi blog. La podéis escuchar en: 
https://open.spotify.com/intl-es/track/0aWQYU3hAUHCki6Qb7QdEt?si=f44bdde3bef24d5b

sábado, 14 de febrero de 2026

Ensayo sobre el pinchazo (síndrome de la rueda cansada)

 

Hay fenómenos en la vida del ciclista que escapan a toda lógica. Uno de ellos es el pinchazo.

En ocasiones ocurre que el aire de nuestras ruedas se escapa, sin pedir permiso ni despedirse, yéndose no se sabe a dónde. No hace maleta, no deja nota. Simplemente se va. Esto generalmente sucede cuando algún objeto (una espina con vocación de héroe trágico, un cristal con resentimiento o una piedrecita diminuta pero ambiciosa) atraviesa la cubierta con intensidad dramática y alcanza la cámara, ese ser humilde que vive exclusivamente del aire. La cámara, que no sería nada sin el aire, que lo necesita para existir, para tener forma, para ser rueda y no una triste goma arrugada.

Tampoco olvidemos que el aire no sería nadie sin la cámara. Se retroalimentan en un pacto silencioso y perfectamente redondo: el aire da forma, la cámara da sentido. Porque el aire, así suelto y disperso por el mundo, podrá ser muy útil para inflar globos, mover molinos, ayudar en su devenir al pulmón del atleta, pero en el universo de la bicicleta necesita un hogar de caucho que lo contenga y lo dirija. Sin cámara a la que llenar, el aire no es rueda, no es avance, no es equilibrio: es simplemente aire, vagando sin propósito alguno alrededor de la bicicleta.

Cuando el aire empieza a abandonar la cámara, ésta pierde su esencia. Se deprime. Se desinfla en el más literal de los sentidos. Y con ella, se desinfla también el ánimo del ciclista.

Al principio uno no quiere creerlo. Nota algo extraño, una leve sensación de blandura existencial en la rueda trasera, como si la rueda estuviera cansada. Pero uno, que tiende a ser optimista, se convence de que son imaginaciones suyas, que ha dormido poco por los nervios de la salida o que el asfalto es irregular en ese lugar. Hasta que la física, siempre tan poco poética, se impone: mantener el equilibrio deja de ser un acto automático y pasa a convertirse en una negociación inestable con el suelo. Entonces comprendemos que el aire no solo es importante para respirar; también lo es para no besar el asfalto.

Es cuando nos vemos obligados a parar.

Y ahí comienza el fascinante ritual del cambio de cámara.

Primero, la bicicleta se coloca boca arriba, en esa postura que la hace parecer un insecto patas arriba, asustado. Después vienen los desmontables, esos pequeños instrumentos que siempre parecen uno menos de los necesarios. Se libera la cubierta con una mezcla de técnica y fe, y aparece la cámara herida, flácida, señalando con dignidad el lugar de la tragedia.

Pero no basta con cambiarla. No. El pinchazo exige investigación. El causante del desastre suele esconderse en la cubierta, mimetizado, intentando pasar desapercibido. Introducimos los dedos con cautela, sabiendo que podemos encontrar la prueba del delito o llevarnos un recuerdo punzante. Cuando por fin lo hallamos -ese minúsculo traidor- lo observamos con una mezcla de odio y respeto. Tan pequeño, y sin embargo capaz de detener un pelotón entero.

Luego llega el momento de volver a colocar todo como estaba. Que la cámara no quede pellizcada. Que la cubierta asiente. Que la rueda gire. Que el aire regrese, esta vez con cierta desconfianza, al lugar del que nunca debió salir. Se hincha con dedicación, con esperanza, con ese bombeo rítmico que recuerda que la vida, en el fondo, es insistencia.

Y si todo va bien, el ciclista se incorpora, lumbares ardiendo, se limpia las manos en el maillot (gesto deleznable, pero imprescindible, que le marca como culpable del retraso) y anuncia con falsa modestia que ya está.

Es entonces, y solo entonces, al decidir el grupo -sin apenas mirarse- que ya es hora de reanudar la marcha, cuando alguien dice: “Nos vamos”. Podría ser “Ya era hora” o “Es el momento de partir” o simplemente “Que día más bonito para pedalear”, pero no, la frase es invariablemente “Nos vamos”. Y ya nos gustaría irnos, pero casi siempre, como obedeciendo a una ley universal no escrita, se oye, desde algún punto de la terraza del bar donde hemos estado parados, un dramático:

—¡Yo también estoy pinchado!

No ha pinchado en ese momento, claro. Es otro de esos pinchazos discretos y pacientes que comenzaron su obra mientras caían las primeras migas del bocadillo. Uno de esos que no dan la cara de inmediato, sino que se dedican, con perseverancia, a liberar el aire poco a poco.

Y así, lo que era una parada razonable se convierte en una entrañable convivencia. Tan entrañable que uno termina conociendo por su nombre a los camareros, a los perros del lugar y sospechando que, si se quedara un poco más, podría empadronarse allí.

Lo ideal sería que el ciclista hubiera advertido el problema al llegar. Que -mientras los demás comemos, charlamos, pedimos otra ronda o hacemos esas fotografías de platos de comidas y bebidas que a nadie interesan- él estuviera resolviendo su tragedia neumática en silencio y con eficacia.

La solución es sencilla en teoría: al llegar a una parada, cada ciclista debería comprobar la presión de sus ruedas. Pero el ciclista medio no se caracteriza por su pragmatismo. Vive convencido de que los pinchazos son una circunstancia estadística que afecta siempre a otros. A los distraídos. A los imprudentes. A los nuevos. Nunca a él.

Por eso, cuando alguien grita “¡Nos vamos!”, siempre hay quien descubre, con genuino asombro, que su rueda ha decidido quedarse. Porque el aire, ese viejo fugitivo, no entiende de rutas ni de prisas. Se marcha cuando le apetece, recordándonos que la bicicleta, como la vida, avanza solo mientras algo invisible nos sostiene.