martes, 2 de noviembre de 2021

El mito de la aceleración

 

Para ir más rápido, al principio el ser humano echó a correr en vez de andar. Más adelante utilizó animales que le transportaran, estrechando las distancias, ampliando el espacio recorrido en un determinado tiempo.

En esto que llegó la bicicleta en el siglo XIX, que en su momento fue una revolución, ya que se conseguían hacer distancias antes inimaginables, con un esfuerzo humano incluso menor al de correr. Y las bicicletas no se cansaban como los animales de sangre (caballos, mulos y burros), ni pedían de comer y de beber. La bicicleta era la máquina de la eficacia, que no tenía motor y nos permitía seguir activos. Y al ser movidas por el esfuerzo humano, parecía que habíamos llegado al límite de la velocidad posible. Hasta que llegó el motor de combustión.

Con el coche cambió todo. Ya no era necesario hacer un esfuerzo. Eso, que se vio como un enorme avance, en cierto modo fue un retroceso.

El ser humano lleva casi toda su vida intentando ir más rápido, en lo que se ha venido a llamar el Mito de la aceleración: conseguir llegar cada vez más lejos en menos tiempo. La intención parece muy loable en sí misma, hasta que esas velocidades empezaron a ser demasiado altas y hacían que las consecuencias fueran terribles en forma de accidentes y muertes. Pero se siguió avanzando pese al coste ambiental y en vidas humanas que esa aceleración originaba. Ahora algunas civilizaciones muy antiguas son consideradas como seres crueles, que llegaban a matar a otros seres humanos para entregarlos como ofrendas a sus dioses. Sin embargo, en la actualidad no nos escandalizamos de estar haciendo lo mismo, al llevar a la muerte cada año a miles de personas, como ofrendas al dios del progreso y de la velocidad. Caen muertos diariamente un chorreo de seres humanos en los santuarios de esta religión, en las carreteras, o como consecuencia de enfermedades del estrés que la aceleración en si misma conlleva. Sin hablar del ruido, de la enorme ocupación de espacio, de la obesidad por falta de actividad, de la contaminación atmosférica, etc. Además, esas víctimas mortales están democratizadas, ya no solo caen las personas pudientes, también lo hace ya la clase media y baja, que ha tenido acceso a su tasa de velocidad y muerte. A su tasa de carrera hacia ninguna parte.

La semiótica, una vez más, juega un papel importante en llevar a los altares a estos vehículos. En los noticieros se habla de “buena circulación” del tráfico, cuando estos vehículos pueden ir a la velocidad que quieren, no cuando van a una velocidad más segura. Es por eso que los coches atascados se consideran una mala circulación, cuando resulta que a esa velocidad y en esa circunstancia no hay muertos.

Luego está el automovilista, que habla siempre de los atascos como algo ajeno, como algo que provocan los demás, al juntarse en el espacio-tiempo con dicho automovilista, que va circulando por ahí porque “lo necesita y tiene derecho” (y hasta obligación apuntaría yo). De ese modo escuchas a la gente hablar de que “se formó un atasco”, como si el atasco tuviera entidad propia y capacidad de decisión de cuando formarse. Lo suyo sería decir “formamos un atasco”, pues el coche que el automovilista conducía era parte de ese atasco. Pero no, eso sería admitir que son parte del problema, y eso nunca, el problema lo crearon los demás por tener la ocurrencia de estar ahí también en ese mismo momento.

Sin hablar de que por las mañanas, en plena hora punta, cuando en los medios de comunicación se habla de la situación del tráfico en las ciudades se menciona que “el tráfico es el habitual a estas horas de la mañana”, que es algo que no está informando del grado de congestión y problemas que eso lleva, en vez de decir con determinación: “Como cada mañana los vehículos están muy atascados, la gente tardando lo que no está escrito, las emisiones contaminantes creciendo, el estrés aumentando al ver que la gente no llega a su hora a fichar en el trabajo, como muchas otras mañanas ha habido alguna colisión que ha supuesto un trauma para esas personas y sus familiares. Por favor, dejen el coche en su casa el próximo día, por el bien de todos”.

Parece que era falso ese mandamiento que decía que el coche nos iba a hacer ganar mucho tiempo, al acercarnos a todos lados en tiempos record y con seguridad. En realidad nos suele hace tardar más (al menos en ciudad) y nos expone a un riesgo alto de perder la vida o sufrir secuelas importantes.

Volviendo a la democratización de las muertes en carretera, no hay que olvidar que los primeros ciclistas del siglo XIX fueron también personas pudientes, de esfera alta. Lo mismo ocurrió luego con los vehículos a motor, pues los primeros usuarios fueron también gente que se podía permitir pagar un vehículo solo al alcance de bolsillos holgados. Más adelante nos vendieron la democratización de esa velocidad. Aquello fue una estafa, porque en realidad nos estaban colocando en el lado oscuro, en el lado de los que viven más y más rápido, pensando que eso es bueno, en vez de considerar que si nos dejaban entrar en ese ámbito era porque les interesaba que pasáramos a ser parte de la nueva religión. Toda religión adquiere más importancia mientras más feligreses la siguen.

Esa fue la “Era de la velocidad o de la aceleración”. Esa en la que en poco más de cien años (algo pequeño dentro de nuestro cómputo histórico) se pasó de ir andando o, en el mejor de los casos a caballo o en carreta (unos diez kilómetros a la hora), a recorrer 600 kilómetros en dos horas en tren de alta velocidad, o ir en un avión de Europa a cualquier otro continente en el día. Esa Era de la Velocidad es la precursora de la actual Era tecnológica, y así se la podría conocer en el futuro en los libros de historia.

La Era de la velocidad y la aceleración la podríamos situar entre 1880 (primeras bicicletas con transmisión) y 1990 con los trenes de alta velocidad a 300 kilómetros.

No obstante, a finales de esa era, cuando se estaba llegando a los mayores estándares de velocidad, ocurre algo que descoloca a los sacerdotes de la aceleración: la bicicleta, ese vehículo que fue parte, si no inicio, de aquella era de la velocidad, que estaba en plena retirada ante el empuje de los motores, de pronto comienza a verse de nuevo, no ya como deporte por antonomasia, sino como parte de un movimiento de resistencia, como una vuelta a la eficacia. Miles de personas comienzan a desempolvar y usar la bicicleta, no porque es un vehículo económico y no pueden permitirse acceder al estatus del motor (como ocurría aún en China, India y otros países en los años 70), sino porque deciden prescindir del motor y darle un sentido a sus piernas. El movimiento comienza sobre todo en el centro de Europa, y a continuación se va extendiendo al resto de Europa y del mundo. Millones de seres reivindican su derecho a pedalear en las calles, a recuperarlas. La bicicleta viene a desmitificar la velocidad. Aflora la lentitud como un estatus no solo válido, sino necesario.

Es extraño lo que ha ocurrido con la bicicleta. No ha ocurrido igual, por ejemplo, con los caballos. No se ve un movimiento de personas que quieran volver a usar su caballo en la ciudad para desplazarse, pero la facilidad y eficacia de la bicicleta es la que, por si misma, ha disparado su uso.

Debido a la presión ciudadana, sobre todo a los grupos de presión ciclistas, se están consiguiendo algunas cosas. Pero el avance no será real mientras se siga apoyando, a cara descubierta, a la velocidad, subvencionando el uso de los vehículos veloces y mejorando y ampliando las infraestructuras de la ciudad, y fuera de ella, continuamente pensando en estos vehículos motorizados. La verdadera revolución llegará cuando deje de apostarse por el motor. De ese modo, como ocurrió en centroeuropa con la llamada crisis del petróleo de los años 70, las bicicletas saldrán solas y la industria del motor se tendrá que reconvertir hacia el nuevo nicho de negocio.

Viñeta de Forges en los años noventa


Este escrito ha sido inspirado tras releer, después de 30 años de haberlo leído por primera vez, el impagable libro de Ivan Illich, "Energía y equidad".

domingo, 5 de septiembre de 2021

Atrapado en el tiempo

 

Acostumbrado a pedalear siempre por las mismas carreteras cerca de casa, hoy sé que voy a disfrutar en esta ruta, para mí inédita, de unos cien kilómetros, que me he cargado en el navegador del GPS.


Estoy de vacaciones por una zona para mí desconocida y, desde luego, me he traído la bicicleta para alargar la forma que arrastro desde primavera y verano. Ahora que empieza el otoño, disfrutando de estas tranquilas carreteras, estos bonitos paisajes y del placer del ritmo sosegado que la bicicleta te impone, permitiéndome ver los detalles de las casas, de los árboles y de los ríos, al mismo tiempo que oliendo la naturaleza, impulsado por la mayor respiración que proporciona el ejercicio.

Por lo que interpreto mirando el mapa, los primeros kilómetros van a ser de contacto, siguiendo el valle de un río en suave ascenso, para subir, a continuación, un alto que parece bordear un cañón, formado por el propio río y por donde no se pudo en su día meter la carretera debido a la enorme angostura del recorrido fluvial. Una vez pasado el alto, la carretera bajará de nuevo al río, esta vez más encajonada, pero siempre en sentido ligeramente ascendente y sin posibilidad de perderse. Llegando, finalmente, a una conocida localidad famosa por su crema de castañas. Compraré un recipiente pequeño y lo traeré en el bolsillo del maillot. Luego habrá que volver por el mismo recorrido, ya en forma más descendente. No hay pérdida, la misma única carretera que sube el cauce del río vuelve a descender hasta el punto de salida.

Hay quien piensa que las rutas han de ser circulares, para no pasar por el mismo sitio, porque repetir un lugar que ya has visto antes es aburrido. No estoy del todo de acuerdo. Cuando vuelves, el recorrido es otro diferente, el horizonte es distinto pues lo que antes has dejado atrás, ahora lo tienes de frente. Además, las curvas se toman por el lado contrario, lo que da también una perspectiva distinta. Esas bajadas que a la ida has hecho a toda velocidad, que te hacen ir más pendiente de lo que había en la carretera que del paisaje, a la vuelta las disfrutas mientras subes mirando alrededor tranquilamente, viendo unos parajes por los que apenas recuerdas haber pasado, escuchando el canto de los pájaros sin que el aire zumbe en las orejas durante la bajada y apague esos sonidos.

Como siempre, empiezo la ruta despacio, dejando que los músculos calienten, que el cuerpo reciba el aviso de que más adelante habrá que esforzarse para avanzar más rápido durante esa pendiente suave, paralela a este río.

Cuando estás pedaleando por un lugar tan bonito, sin tráfico, buena carretera y con energía y ganas para afrontarlo, entonces el pecho se te hincha, se te planta una sonrisa en la cara y en estos cuerpos tan escurridos que tenemos los ciclistas no cabe tanto gozo, por lo que se desborda, poniendo perdido de satisfacción el camino de paso.

Se está acercando la subida que bordea el cerrado cañón del río, así que comienzo a ir algo más rápido en el falso llano, para que no le pillen de sorpresa a mis piernas el esfuerzo de las primeras rampas.

Comienza la subida, de forma muy exigente, dejando el río a la izquierda, cada vez más lejos, se va perdiendo hacia su cañón. Me dirijo hacia un cerro que cubre el cañón, terminando en una hondonada que ya veo allá arriba, aún lejos.

Me gusta probarme en las subidas, así que voy dándolo casi todo, con una respiración forzada, pero disfrutando de cada pedalada. Siempre me he preguntado cómo es posible que un esfuerzo que te hace sufrir, que te obliga a poner muecas de dolor en la cara, sin embargo se busca y se disfruta, seguramente porque se sabe que tiene un final y una recompensa en forma de bajada.

La subida es realmente dura, tanto que el sudor me baja surcando las arrugas que se marcan en la frente, al hacer un esfuerzo mayor al habitual, resbalando hacia los ojos, bordeándolos para acabar cayendo por todos lados: en el manillar, en mis piernas, en el cuadro de la bici y en la propia carretera. Miro hacia atrás buscando ese reguero de sudor que voy dejando, pero a simple vista no se ve. Quizás no es tanto lo que estoy sudando, pero yo lo siento como un chorro continuo, que me hace abrir la boca en busca de aliento y de agua.

Ya se ve la cima, a solo doscientos metros, tras una última curva. Arriba hay un camino, a la izquierda, y avanza unos metros hacia un mirador con barandilla, donde seguramente hay una espectacular visión del cañón cerrado del río. Pero ahora no voy a parar. Esas cosas se dejan para la vuelta, siempre para la vuelta, aunque en ocasiones a la vuelta las olvidemos. Al llegar arriba mi respiración rompe el silencio de tan magno lugar, avanzo unos metros en el llano previo a la bajada, subiéndome la cremallera del maillot para no coger frío en la bajada y bebiendo algo, deseoso de reponer las ingentes cantidades de líquido perdidas.

Ahí está la recompensa, una bajada preciosa, “¿cuál no lo es?” me pregunto, que te lleva en poco tiempo de nuevo al borde del río. Es injusto, muy injusto, que las subidas duren tanto y las bajadas tan poco.

Ahora el paisaje ha cambiado, el río está más encajonado y el bosque es más frondoso. Emocionado por las endorfinas de la subida y la adrenalina de la bajada, voy rápido subiendo el curso del río, siempre a mi izquierda, en esta ligera subida que el GPS me marca con un 2% de desnivel.

Me acerco a una curva a la izquierda seguida inmediatamente por otra curva ciega que gira a la derecha. Saliendo de esta última me encuentro de frente una casa de color amarillo con puertas verdes y ventanas rojas. Si no sigues girando a la derecha en el final de la curva, te irías contra la puerta principal de la casa. A la vuelta le haré una foto, pues es muy vistosa.

Luego una larga recta de un par de kilómetros con el sonido lloroso del río siempre al lado izquierdo y el sol de frente, que me hace bajar la vista para cubrir mis ojos con la visera.

Llegando al final de la recta y antes de enfrentar, por fin, otra nueva curva a la izquierda, veo venir un ciclista de frente. Me alegro un montón siempre de ver a otro ciclista cuando llevo bastantes minutos sin ver a nadie, así que al pasar a su lado le saludo con la mano y le doy un sonoro buenos días. Él me contesta levantando la mano suavemente y sonriendo, sintiéndose cómplice del momento, de saber que por aquí no hay muchos ciclistas y es una fiesta ver a un compañero que se cruza con uno.

Como hace un rato, curva a la izquierda y luego cerrada a derecha y a continuación… ¡No me lo puedo creer! Una casa amarilla exactamente igual a la anterior, con los mismos colores de puertas y ventanas, también a la salida de la curva. Debe pertenecer a la misma persona, o debe ser la manera de pintar las casas por estas zonas, quizás los colores de la bandera regional o comarcal. Pasada la curva comienza otra recta igual a la anterior, de unos dos kilómetros, en la que el sol se me vuelve a clavar en la cara.

Voy dándole vueltas a estas casualidades, a estos paisajes paralelos, que es extraño que se den con tantas coincidencias en un lugar tan cercano. Lo tengo que mirar en internet, pues seguro que es algo conocido por la zona.

Mientras se acaba esta larga recta, antes de una nueva curva a izquierda, y para rematar las casualidades y los paralelismos, aparece otro ciclista, yo diría que en el mismo punto similar anterior. Esto sí que es una casualidad de traca, porque no he visto a nadie en todo el recorrido, ni un coche, ni una persona, y los dos ciclistas que veo aparecen en lugares que encima se asemejan una barbaridad. Le saludo con la misma efusividad que al anterior y él me levanta la mano y me sonríe. Es que lleva incluso la misma equipación oscura que el anterior, deben ser del mismo club, iban juntos, y uno ha ido más rápido que el otro.

Muevo la cabeza a un lado y a otro, partiéndome de risa, por el regalo que me ha dado este cúmulo de coincidencias y que tendré que contar como una anécdota a todo el mundo cuando vuelva.

Tomo la curva a la izquierda a la que sigue, de nuevo, otra curva cerrada a la derecha. A la salida de la curva, me da un vuelco el corazón, pues me encuentro otra casa exactamente igual a las anteriores. Esto ya no puede ser, incluso tiene las ventanas abiertas en la misma posición que las otras, la persiana de la ventana derecha totalmente bajada y la izquierda subida unos palmos.

Totalmente anonadado, miro hacia delante y, ahí está, otra nueva recta de dos kilómetros con el sol de frente. Me paro. Aquí está pasando algo raro. No es solo la casa y el recorrido entre las curvas, sino que el paisaje, los árboles y hasta los tramos sucios del arcén, son exactamente iguales.

Ahí parado, miro a mi alrededor y sé que no estoy soñando, que es muy real. Todo está muy callado, no se oyen pájaros y los árboles no se mueven con el viento. Es cierto que hoy es uno de esos días escaso de viento, pero en la copa de los árboles altos las hojas siempre se mueven algo y ahora están totalmente inmóviles. Lo único que se mueve es el río que baja en dirección contraria. No puede ser, ha sido todo una casualidad, voy a continuar y seguir avanzando hasta llegar al pueblo, entrar en un bar y tomarme una tostada con crema de castañas.

Avanzo por la recta, con la cabeza baja para evitar el sol en los ojos. No quiero mirar hacia delante, para no ver al ciclista otra vez, pero me digo firmemente que estoy tonto, que no sé qué cosas me estoy imaginando, porque todo tiene siempre una explicación. Levanto la vista y allá tomando la curva para afrontar la recta veo aterrado que aparece el ciclista de nuevo. El mismo ciclista, la misma forma de pedalear, el mismo gesto de levantar la mano y sonreírme comedidamente. Ni le he saludado, tan expectante por ver si hacía lo mismo de siempre.

Estoy a punto de tomar las curvas a izquierda y derecha otra vez. Miro el cuentakilómetros: 34,73 kilómetros en ese preciso momento. Curva a izquierda, curva a derecha y ahí está la casa amarilla con puertas verdes y ventanas rojas. A continuación, la misma recta de dos kilómetros con el sol de frente. Miro el cuentakilómetros, marca 32,80 kilómetros. He vuelto al mismo sitio. He vuelto atrás pedaleando hacia delante. Miro también la medición del pulsómetro, pese a ir despacio voy al 95% de mi frecuencia cardiaca máxima, pero no es un pulso generado por el esfuerzo, es generado por el miedo. ¿Qué está pasando?

Avanzo en la recta. Al ir llegando a la curva y encontrarme de nuevo al ciclista abro los brazos en señal de duda y le pregunto en alto “¿Qué está ocurriendo?” Pero él contesta con el mismo gesto de saludo y esa sonrisita que ya me empieza a molestar.

Curva a izquierda, curva a derecha, casa amarilla, 32 kilómetros aún en el ciclocomputador. He entrado en un bucle. ¿Y de esto cómo se sale? Decido ir muy rápido esta vez, a ver si así puedo salir de esta situación. Voy a 40 kilómetros por hora pese a ser ligeramente en subida. El corazón se me sale de la caja torácica. Miro al ciclista al cruzarme con él, esperando un gesto distinto, una señal que me indique que algo ha cambiado. Pero nada. Llego a la curva a la izquierda, a la curva a derecha… la casa, ahí sigue.

Tengo que sobreponerme. Tiene que haber una solución a todo esto. No tiene el más mínimo sentido. Según voy llegando al final de la recta me asalta una idea. Me acuerdo de la frase de Albert Einstein que siempre me ha gustado tanto: “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”. Hay que intentarlo. Veo venir al ciclista, le saludo, me saluda, e inmediatamente giro hacia la izquierda bruscamente, para incorporarme a su carril, sin mirar si viene algún vehículo. ¿Para qué voy a mirar? Si ya sé que no viene ninguno, esto lo he vivido antes.

Estoy pedaleando en sentido contrario, renuncio a llegar al pueblo. La prioridad es salir de aquí.

El ciclista está unos metros por delante de mí, le tengo que alcanzar. ¡Él me va a sacar de aquí! Esprinto con todas mis fuerzas para ponerme a rueda. Al llegar tras él debe oír mi respiración forzada, porque mira hacia atrás ligeramente, lo justo para percatarse de que estoy ahí. No parece importarle, sigue a su ritmo uniforme y potente, con poca cadencia, tirando de fuerza, a la vieja usanza.

Yo me acoplo a su rueda durante toda la recta, con la cabeza agachada, en posición aerodinámica. No quiero levantar la vista, por miedo a que estemos otra vez donde antes. Veo por el rabillo del ojo la casa, esta vez a mi derecha. Ahora vendrán las dos curvas y esperemos que no pase nada raro, que no me encuentre conmigo mismo al pasar las curvas, yendo en sentido contrario, o vaya usted a saber que otra situación paranormal.

Todo parece ir bien.

Pegado al ciclista, llegamos al inicio de la subida al cerro. Así se me salgan los pulmones de su sitio y me estallen las piernas, no le voy a dejar ir, le voy a seguir para que me saque definitivamente de aquí.

Según empezamos a subir veo un castaño a mi derecha. Me he quedado sin la crema de castañas. Da igual, nunca me han sentado bien las castañas.

Llegamos al alto, bajamos, yo detrás del ciclista, no se vayan a repetir una y otra vez la subida y la bajada.

Cuando veo al fondo la ciudad de la que he salido esta mañana me doy cuenta de que lo he conseguido, he salido del bucle.

Cuando tienes miedo porque algo te persigue, ese miedo solo puede desaparecer dándote la vuelta y enfrentándote a ello. Eso, que es ley de vida, ha dado también resultado esta vez.

Me pongo a la altura del ciclista y le doy las gracias por dejarme seguir su rueda. Desde luego no le explico que es un ángel y que le agradezco por sacarme de un recorrido repetido e infinito, porque me iba a mirar raro. Me sonríe. Le pregunto a dónde va.

- Ahí, en esa rotonda me doy la vuelta ¿te vuelves tú también?

- No – le contesto aterrado-, no me gusta pasar dos veces por el mismo lugar.

lunes, 28 de junio de 2021

Ordenanza anti-ciclistas en Madrid

 


Que Madrid nunca ha sido el adalid de la promoción del uso de la bicicleta es algo bien conocido. Mis recuerdos más antiguos van hacia aquel alcalde, Álvarez del Manzano, que decía que Madrid no era una ciudad para bicis, que era su manera personal y prejuiciosa de decir: “No me gustan las bicicletas”.

Ahora tenemos a su yerno, el concejal Borja Carabante, que a mí me pareció (las veces que coincidí con él en mi etapa de activista ciclista) un señor muy simpático y con capacidad de escuchar, pero que ahora que está ejerciendo de concejal nos viene con una propuesta de Ordenanza de Movilidad que pone palos en las ruedas a la movilidad ciclista. Es decir, más de lo mismo de la idiosincrasia anti-ciclista de la capital española. Confío en que recapacite y Madrid no haga el ridículo, una vez más, en España y en Europa por su política anti-ciclista.

Desde mi asociación, Pedalibre, ya han explicado bien en estas entradas por qué no estamos de acuerdo con ese proyecto de Ordenanza. Lo de la prohibición de aparcar la bici en el mobiliario urbano a mí me hace un daño irreparable. Tengo montones de casos en los que la bicicleta la voy a tener que aparcar a más de 500 metros de distancia, por no haber un aparcamiento de bicis cercano. Eso es muy disuasorio. Una de las grandes ventajas de la bicicleta es precisamente el poder ir puerta a puerta, y eso desaparecería con esta medida. Espero de corazón que se lo piensen bien antes de implantar esa medida tan arbitraria como injusta.

Pero en este artículo me voy a centrar en la prohibición de circular por túneles, con un caso práctico y real.

PRIMERA ALTERNATIVA: CALLE EMBAJADORES

Soy un ciclista que hace con cierta frecuencia el trayecto entre Villaverde y Puente de Vallecas, pasando por el tramo del Anillo Verde Ciclista del Parque Lineal del Manzanares. Desde este parque al Puente de Vallecas yo hace años iba por la calle Embajadores, metiéndome por una vía de servicio de la M-30 (que no la misma M-30), que tiene un generoso arcén y generalmente poco tráfico y que me llevaba hasta la calle Convenio y de ahí a Puente de Vallecas. Una ruta de 4,1 kilómetros, fácil, rápida y segura que estuve realizando durante varios años sin mayor problema, sin que nadie me llamara la atención ni me pitara ni nada.

Hace unos años, transitando en bici por dicha vía de servicio con un amigo, se coloca a nuestro lado un coche de la policía municipal madrileña, diciéndonos algo así como que somos unos insensatos, que no podemos circular por ahí, que nos acompañan (por nuestra seguridad, dicen, pero creando inseguridad en los coches que pudieran venir por detrás) hasta el semáforo que hay más adelante. Les explico que no hay señal alguna de prohibición a ciclistas. Me dicen vehementemente que no vuelva a ir por ahí o me multarán.

SEGUNDA ALTERNATIVA: PARQUE TIERNO GALVÁN

Yo, que soy obediente y temeroso de la ley, hago caso a la policía municipal y no vuelvo a ir por ese tramo. Busco una alternativa, metiéndome por el Parque Tierno Galván, para salir a Méndez Álvaro, Retama, Cerro Negro, Puente de Vallecas. Aparentemente se da algo más de vuelta, pero evito problemas con los municipales. Son solo 300 metros de distancia y 10 metros de subida más que la anterior. En un principio había descartado esta opción por no tener que hacer el tramo compartido con viandantes en el Parque, pero ahora es la opción más conveniente una vez expulsado de mi primera ruta.

TERCERA ALTERNATIVA: TUNEL Y CUESTA DEL PLANETARIO

Hace unos meses, allá por febrero, ponen unas señales en las entradas del Parque Tierno Galván de prohibido bicicletas. Así, sin anestesia.

Heme aquí buscando una nueva alternativa: voy por el túnel del Planetario (con las luces reglamentarias, por supuesto). Otros 300 metros más que la anterior opción (600 metros más que la primera). Bueno, no es mucho. Lo único es la desagradable cuesta de la Avenida del Planetario, con coches zumbándote al lado a toda velocidad, me río yo de los límites de velocidad.

CUARTA ALTERNATIVA: CALLE DELICIAS

Aparece hace unas semanas la propuesta de Ordenanza, que prohibiría, en el caso de ser aprobada, el paso por los túneles, por lo que tampoco podría pasar por la Avenida del Planetario.

Por lo tanto, tengo que buscar otra alternativa. Yéndome más hacia el oeste aún. Tendré que ir a Legazpi, coger la calle Delicias con su correspondiente cuesta y tráfico de importancia, ir hasta Ramírez de Prado, luego coger Méndez Álvaro y de ahí a Retama y Cerro Negro. Ya estamos hablando de 7,1 kilómetros, y muchos más semáforos, más contaminación y ruido. En fin, un trayecto que no se me antoja muy agradable.

CONCLUSIÓN

Mi trayecto inicial eran 4 kilómetros, prácticamente llanos. Ahora voy a tener que hacer un trayecto de 7 kilómetros en una calle en cuesta y tragándome malos humos (que yo no genero) de vehículos que lo tienen mucho más fácil que yo. En coche podría ir por la calle Embajadores y vía de servicio de la M-30 y plantarme en Puente de Vallecas en cinco minutos. En mi bicicleta, tendré que hacer un trayecto nada agradable, tardando mínimo media hora. ¿Es esto una eficaz promoción de la bicicleta? 

Lo mismo me pasará con el paso por el túnel de la calle Comercio, que yo, y muchas otras personas, usamos para ir y venir al trabajo. Y la lista se puede alargar enormemente. 

Quien aún piense que Madrid quiere a las bicicletas le voy a declarar un optimista redomado. Madrid (sus dirigentes) demuestran detestar a las bicicletas, pese a toda la palabrería a favor que lanzan. Prefieren a los coches y a las motos, es decir, el ruido y la contaminación.

Parece que no hemos avanzado tanto desde la época de Álvarez del Manzano. Aquel señor por lo menos era sincero y decía bien a las claras que no le gustaban las bicicletas.

 

Opción 1 por calle Embajadores (4 kms.)

Opción 2 por Parque Tierno Galván

Opción 3 por Avenida y tunel del Planetario

Opción 4 por Delicias. (7.1 kms.)


 

martes, 22 de diciembre de 2020

Tierra de nadie

 


Para esta misión me han nombrado jefe de nuestra patrulla de Cazadores Alpinos de Infantería porque el capitán me conoce, sabe que soy ciclista y no precisamente malo. Es por ello que, mirándome a los ojos y golpeándome tres veces con el índice en el esternón, me ha soltado:

– Monsieur Oubron, usted sabe lo que es liderar un pelotón, aunque sea un pelotón ciclista, así que, vaya con sus compañeros, crucen la Línea Maginot, por ese hueco de ahí, avancen a la izquierda y limpien detrás de ese cerro que se ve desde aquí. Es una tierra de nadie, aún lejos de la Línea Sigfrido alemana.

– ¿A qué se refiere usted con “limpiar”, capitán?

Con una sonrisa condescendiente me contesta:

– Use su fusil de escoba, y si ve a alguien de la Wehrmacht, como no debería estar allí, lo limpia de un tiro. Luego viene y me cuenta lo que ha visto.

No quería tragar saliva, pero no he podido evitarlo. Aún no he pegado un tiro en el frente desde que me incorporé a mi destino hace unos días. Cuando ocurrió la anterior guerra yo tenía apenas cinco años, así que no recuerdo nada de aquello. Y en el servicio militar la puntería tampoco fue lo mío.

El capitán, además de muy malas pulgas, definitivamente demuestra tener algo de cultura ciclista, pues me recuerda que hace seis meses, cuando aún no estábamos en guerra, hice -un magnífico papel en la Vuelta Ciclista a Alemania, dándole su merecido a los alemanes-. Eso dice él, porque debe saber que, en la clasificación por escuadras, el único equipo francés que participaba quedamos por delante de los equipos alemanes a los que les penalizó su distribución en cinco equipos distintos. A nivel individual quedé sexto en esta carrera por etapas, lo que para mí es un fantástico resultado. No obstante, a pesar de ser el primer clasificado francés, hubo tres alemanes, un suizo y un belga delante de mí en la clasificación final.

Intento aclararle al capitán este punto, y que normalmente soy un gregario, a ver si de esta manera me exime de responsabilidades, pero no me deja decirle ni una palabra más: el capitán se despide con una palmadita en la espalda y me deja allí con mis cinco compañeros, que me miran con los ojos muy abiertos. Se acaban de enterar que soy una supuesta celebridad ciclista y esperan que yo les dé alguna orden.

¿Dónde estamos?

La línea Maginot, donde nos encontramos, se construyó después de la Gran Guerra. Se trata de una defensa fortificada frente a la frontera alemana. Al otro lado se encuentra la Línea Sigfrido, la línea fortificada de los alemanes. Entre medias hay una tierra de nadie, que nos dicen los superiores que es suelo francés, el cual hay que atravesar para avanzar a un lado u otro. Allí se supone que no hay nadie, y de eso quieren que nos aseguremos.

División ciclista alemana en Polonia tras la invasión

 

Alemania invadió Polonia hace poco más de tres meses, el 1 de septiembre, y tanto mi país como Inglaterra le declararon inmediatamente la guerra. El 7 de septiembre Francia llevó a cabo la poco convincente ofensiva del Sarre (conocida por todos como “guerra de broma”), entrando unos kilómetros en territorio alemán, pero tardó poco la Wehrmacht en recuperar el terreno perdido. Tras eso, han pasado tres meses sin intentos alemanes por cruzar la Línea Maginot. Sin embargo, en ambos lados se espera que pase algo, así que estamos alerta.

 

Periódico francés anunciando la entrada en guerra con Alemania

Todo el mundo daba por supuesto que iba a empezar esta guerra en Europa, especialmente tras haber acabado la guerra civil española en abril. Hitler no quería empezar las hostilidades hasta que terminara la guerra en España.

Nadie nos ha explicado con exactitud dónde estamos. Solo sabemos que estamos cerca de Estrasburgo. Nos trajeron desde París hace unos días en camión, como a ganado. Un viaje lento, muy lento y largo. Seguro que hubiera llegado antes si me hubieran dejado venir en mi bicicleta, que se ha quedado sola y aburrida en casa. Como el capitán me conoce, si hago méritos con esta misión, quizás me deje traerme la bicicleta para entrenar de vez en cuando.

Cruzando la Línea Maginot

Como se nos ha ordenado, marchamos a inspeccionar tras aquel cerro entrando en tierra de nadie. El suelo está cubierto de una capa de nieve caída anoche sobre los barrizales. Está empezando a instalarse una niebla que dificulta ver a lo lejos y, sin embargo, la sensación térmica no es muy fría.

Esta tierra de nadie hace honor a su nombre, se percibe el vacío en este territorio en el que nadie debería estar, en el que todo el mundo se siente forastero. Me recuerda a esos entrenamientos en bicicleta por lugares inhabitados, en los que durante kilómetros no veías a nadie, ni casas, ni personas, solo infinitos campos y desolación.

Vamos en formación de a dos, los dos primeros (yo y Durand) con el fusil en la mano. El resto con el fusil al hombro. Durand tiene acento bretón, porque es de Laval, en la región del Loira, pero cerca de Bretaña. Es desgarbado, robusto y bonachón. Le he puesto junto a mí, porque parece estar siempre alerta.

Le pido a Moureau, que va tras de mí, que no hable, ni siquiera en voz baja, y que pase el recado al resto del pelotón. A Moreau le encanta contar las historias de su padre sobre la Gran Guerra. Siempre las empieza con la frase “el barro llegaba hasta las cejas”, con lo que capta rápidamente la atención del oyente. Procede de la región de Picardie, cerca de Bélgica y me da mucha confianza, dado que tiene fama de tener buena puntería con el fusil. Desde luego a él será difícil que le atinen los alemanes, porque es pequeño aunque de brazos fuertes.

En el camino pienso que aún no me puedo creer que esté aquí, lejos de mi familia, lejos de mi vida. Todos mis planes se han roto en pedazos con el devenir de los acontecimientos.

Desde que comencé a competir como amateur en 1933, no he hecho más que crecer como ciclista. Lo mío es el ciclo-cross, donde he ganado algunas de las mejores citas internacionales. Esos buenos resultados me hicieron pasar también a la carrera en ruta. Este año en el equipo Helyett-Hutchinson ha sido fantástico. Además de ese sexto puesto en la Vuelta a Alemania, celebrada tres meses antes de la invasión germana en Polonia, había conseguido la tercera posición en la primera etapa, de 252 kilómetros, a 40 segundos del primer clasificado. Precisamente esa etapa comenzaba en Berlín y terminaba en la localidad de Stettin, cerca de Polonia.

En la clasificación final de la Vuelta a Alemania quedé a menos de tres minutos del tercer clasificado, el alemán Fritz Scheller. Pero no solo he brillado en la Vuelta a Alemania en este año: primer clasificado en el Tour de Corrèze y en la primera etapa del Circuit de l'Ouest; segundo clasificado en la Bordeaux – Angoulême y en el Circuit de Chalais;  tercero en el Circuit des Vosges, cerca de donde estamos ahora.

Este año no participé en el Tour de Francia como si hice los dos años anteriores (puestos 20 y 41), porque me reservaron para la Vuelta a Alemania, seguramente porque sabía algo de alemán y así podría ayudar al que iba de líder en mi equipo, Level. Finalmente fui yo el líder del equipo francés, al colocarme provisionalmente como segundo clasificado tras la segunda etapa.

Había sido para mí un año redondo y todo había volado por los aires por culpa de Hitler y su ansia de poder. Tras la declaración de guerra las pruebas ciclistas previstas se suspendieron hasta nuevo aviso.

Ahora me veía vestido de militar. Pasaban los días y no estaba rodando con la bicicleta, por lo que perdía la estupenda forma física que había logrado. No obstante, imaginaba que igual les ocurría al resto de ciclistas, a excepción de los italianos, los españoles, los belgas y los holandeses, que no estaban en guerra y estarían practicando. 

Cuando comenzaran las carreras, en la primavera de 1940, si es que esta beligerancia actual lo permitía, los robustos y peligrosos belgas y holandeses iban a estar más en forma que nadie en el llano. Y a los españoles e italianos no habría quien les tosiera en las montañas. Me imaginaba a Bartali, Il Ginettaccio, ganándolo todo.

Un encuentro

Hemos bordeado el cerro para mirar al otro lado, siguiendo las instrucciones. De pronto escucho algo que parece moverse rápido en la nieve, unas pisadas más sonoras. Miro hacia un lado y entre los árboles escondidos por la niebla veo la figura de un soldado alemán que se oculta detrás de un montículo. Otro aparece también corriendo, yendo al mismo lugar. Nos mira y se percata de que le hemos visto. -¡Dispersaos!- les digo a mis compañeros. El alemán que ya está en el montículo comienza a disparar para proteger a su compañero.  Grito con todos mis pulmones -¡Fuego a discreción contra el enemigo!-

Comienza un intercambio de disparos en el que ellos llevan las de perder, pues somos más. Moreau grita -¡Diana! le he dado a uno.- El otro alemán sigue disparando y recibe toda nuestra respuesta con un buen montón de metralla. Alcanzado, vemos caer relajadamente su cuerpo, precedido por la cabeza que impacta contra la nieve.

Ordeno parar el fuego. Silencio absoluto del otro lado, nada se mueve. Nos levantamos con cuidado y nos aproximamos con el fusil preparado. El que ha hundido la cabeza en la nieve se mueve con pesadez, pero tiene las manos a la vista y libres, entregado. Le pido a Durand que se encargue de él. Parece tener el hombro destrozado por un disparo.

Dos metros más atrás, en un hueco de la nieve asoma la pierna del otro soldado, su fusil está fuera del hueco y hay sangre sobre la nieve. Apuntando me acerco a él, miro sus manos que están relajadas con las palmas vueltas. De repente oigo decir mi apellido -¡Oubron!- Que me parta un rayo si no lo ha dicho el alemán. Le miro a la cara, repite mi nombre otra vez. Grito: -¡Stöpel!, no me lo puedo creer, eres Stöpel.- Me vuelvo a mis compañeros y les digo -Que nadie dispare, está todo bajo control. Moreau, asegúrate que nadie viene del lado alemán.-

Kurt Stöpel

En el Tour de Francia de 1934 me acerqué a la llegada de la última etapa, en el estadio del Parque de los Príncipes, al oeste de París. Fuimos tres amigos en bicicleta desde Goussainville, mi ciudad. En esa etapa el alemán Kurt Stöpel, un ciclista muy completo pero que sobre todo era un buen rodador y velocista, quedó segundo en un sprint de cinco escapados que solo podían disputar el segundo puesto, pues la primera posición había sido veinte segundos antes para el belga Sylvère Maes. De los cinco escapados, Stöpel sonrió al cruzar la meta, pese a no haber ganado ni la etapa, ni el sprint. Parecía un hombre afable, lejos de la imagen dura y fría de los alemanes.

Fuimos al exterior del estadio, por el lugar donde sabíamos que salían los corredores. Le estaba diciendo a un compatriota, con el que había coincidido en alguna prueba local, que el equipo profesional Peugeot-Hutchinson me había ofrecido entrar en su plantilla al año siguiente. Yo solo tenía 21 años y muchas ganas de ver las carreras profesionales desde dentro.

Fue en ese momento cuando Stöpel pasó a nuestro lado andando, con la bicicleta de la mano. Le saludé. Se paró por si me conocía y al ver que no, solo me devolvió el saludo. Entonces le pregunté, antes de que se marchara, por qué razón había sonreído tras entrar a meta. Como sabía un poco de alemán, me hice entender. Me confesó, en un sorprendente buen francés, que en ese momento pensó que era irónico que pusiéramos tanto empeño en ganar un sprint cuando el ganador de la prueba ya había entrado en meta y no había premios para los siguientes. Me reí con él, pues estaba de acuerdo, yo también lo había pensado algunas veces. Nos veíamos obligados por los equipos a disputar todo, aunque no sirviera para mucho.

Le felicité por su tercer puesto en la etapa, por el Campeonato Alemán en ruta, logrado ese mismo año, y por el segundo puesto en la clasificación general del Tour de 1932, dos años antes. Sonrió al ver que alguien le recordaba, pese a no haber ganado aquel Tour. Me apuntó que normalmente solo se recuerda al ganador. Le respondí que eso no es así cuando estás muy interesado en el ciclismo, como era mi caso.

Nos despedimos. Mi compatriota, que había corrido con Stöpel en alguna ocasión, me aconsejó que si coincidía con el alemán en alguna prueba, no le mirara directamente a los ojos antes de la carrera, porque entonces ya te había ganado media carrera: eras incapaz de atacarle recordando aquella mirada que parecía leerte lo que pensabas, que parecía saber si estabas bien ese día, si ibas a atacar o si tenías tan doloridas las piernas que solo tenías pensado acabar como pudieras.

Inmediatamente me puse a buscar a mi compatriota Vietto y a los españoles Trueba y Ezquerra, por cuáles tres sentía auténtica devoción. Me fascinaba sus maneras de subir montañas en bicicleta. No los encontré, pero me quedó en el recuerdo la breve conversación con el alemán.

Stöpel nació en 1908, por lo que era cinco años mayor que yo. Dejó las competiciones de importancia en 1935, al año siguiente de nuestro primer encuentro, aunque siguió participando en pequeñas pruebas de su país hasta 1938. Yo comencé mi carrera como profesional precisamente en 1935, por tanto no coincidimos en ninguna carrera.

Vuelta a Alemania 1939

Cartel de la Vuelta a Alemania 1939

 

Este año nos volvimos a encontrar en Berlín, hace solo seis meses de ahora, en junio, en la Vuelta Ciclista a Alemania. Estaba yo cerca de la salida de la primera etapa, Berlin-Stettin, haciendo ejercicios de flexión para calentar los músculos, cuando se me acercó un hombre vestido de traje y me saludó en francés con acento alemán. Le miré con rostro de interrogación. Me dijo sonriendo:

 - Eres Robert Oubron, el francés con mirada avispada, al que le gustan las sonrisas encima de una bicicleta.

-¡Stöpel! Qué alegría verte. ¿Vives por aquí cerca?

- Claro, vivo en el mismo Berlin. La zona por la que vais a partir hoy era mi zona de entrenamiento. Y la primera carrera que gané fue precisamente una Berlin-Stettin-Berlin, en 1927, con 19 años.

- Pues entonces seguro que me puedes dar algún consejo.

- Alguno te puedo dar, pero que nadie se entere que estoy dándole consejos a un francés, según están las cosas ahora.

Le aseguré absoluta discreción. Entendía lo que me estaba diciendo. Kurt Stöpel era muy respetado, al haber obtenido aquel segundo puesto en el Tour de Francia de 1932 (llegando a vestir el maillot amarillo, primer alemán que lo hacía), el octavo puesto en el Giro de Italia de 1933 y la primera posición en el Campeonato Alemán en ruta de 1934, como parte de un palmarés extensísimo y glorioso.

Me contó con detalle lo que nos íbamos a encontrar y, sobre todo, un punto muy interesante para atacar, algo que solo podían conocer los de la zona. Aproveché bien ese consejo y solo supieron o pudieron reaccionar a ese ataque el holandés Schulte, que acabaría ganando la etapa, el líder de mi equipo Léon Level, al que había avisado y el belga Moerenhout, que entró delante de mí en uno de esos sprints que no servían para nada y de los que yo no era especialista como Stöpel. Level me dejó entrar antes que él, según me dijo, como agradecimiento por haber ideado la escapada y haberle dejado ir sujeto a mi rueda casi toda la ruta, pues él no era precisamente un rodador, sino más bien escalador. Entrar tercero en esa etapa tenía una recompensa económica muy sustanciosa, que me vino muy bien.

No pude darle las gracias a Stöpel por su buen consejo, pues no le vi al final de la vuelta, que acababa también en Berlín tres semanas más tarde. Hubiera sido imposible, aquello fue un caos de personas, policías y militares. Habían venido autoridades de renombre a entregar el premio al ganador, el alemán Georg Umbenhauer. A los extranjeros que no habíamos quedado entre los tres primeros nos habían pedido que nos fuéramos, por seguridad.

Llegada de la última etapa en Berlín

 

Además, el final de la etapa no fue en un estadio, como solía ocurrir, sino que terminaba en las calles, para que la multitud pudiera aclamar a los ciclistas, estando la meta frente a la Universidad Técnica de Berlín, desde donde se divisaba la Puerta de Brandenburgo.

Propaganda política

Durante las etapas de la Vuelta a Alemania me impactó mucho lo politizado que estaba todo. Había esvásticas por todos lados: en las salidas, llegadas, en los pueblos, en los pasos de montaña... Algunos ciclistas alemanes hacían el saludo militar antes de la salida, con el brazo levantado y la palma hacia abajo. Incluso algunos espectadores, al vernos pasar, hacían el mismo gesto. Lo cierto es que cuando me enteré de la posterior invasión de Polonia no me cogió por sorpresa en absoluto.

Este año la prueba cambió de nombre, de Internationale Deutschland-Rundfahrt (Vuelta Internacional a Alemania) al más rimbombante y nacionalista nombre de Großdeutschlandfahrt (Vuelta a la Gran Alemania). La llamaban así porque pasaba por los territorios recién anexionados (Austria y Checoeslovaquia), además de la propia Alemania.

Aquella Vuelta a Alemania, de hecho, tuvo una organización espectacular. El régimen nazi la denominó la carrera ciclista por etapas más grande del mundo. Y seguramente lo fue. La intención era mejorar al Tour de Francia de ese año en kilómetros, días de competición y dinero. Una demostración al mundo del poder alemán.

Fueron 20 etapas, dos más que el Tour de Francia. 5.049 kilómetros, 800 más que el Tour. Y el presupuesto era un tercio mayor al del Tour. Para no quedarse atrás, instauraron también tanto el jersey amarillo para el líder, como la clasificación de la montaña, inexistentes hasta entonces.

Otra innovación, ésta muy de agradecer, es que la organización se encargaba del alojamiento y de la comida, no  tenías que buscar cada día un lugar donde dormir ni dónde comer, como ocurría en otras vueltas por etapas. Acostumbrados a pasar penalidades en estas vueltas, con una alimentación muy deficiente que nos generaba debilidad, en la prueba alemana aprovechamos para comer de lo lindo, aunque siempre hubo favoritismo hacia los alemanes.  

También los mejores hoteles eran para los corredores alemanes, pero no seré yo quien se queje, porque al menos teníamos una cama blanda al acabar el día.  



 

Salíamos al amanecer, a las 4 ó 5 de la mañana, intentando huir del calor de las horas centrales. Pero el madrugón era inútil, las etapas eran tan largas que se nos echaba encima el calor y parte de la tarde.

Pero lo que más me llamó la atención es que al ser etapas muy largas, casi todas por encima de 200 kilómetros, teníamos una pausa obligada a la mitad del recorrido de cada día (algo insólito en el ciclismo), donde nos parábamos durante media hora para comer y beber. Mientras tanto, en cada localidad donde esto ocurría, nos ofrecían un espectáculo: escuchar tocar a una banda de música, ver bailes tradicionales o escuchar un coro de jóvenes locales.

Me sentí bien tratado en general en aquella vuelta, si bien no me gustó que la propaganda política funcionara a todo trapo y sentirme utilizado para ella.

Hubo tres días intermedios que no se pedaleaba. Los llamaban “Tage der Erholung und Kultur” (Días de recuperación y cultura). El primer día de descanso, a pesar de que nos apetecía dormir y quedarnos tumbados recuperando las muy doloridas piernas, nos llevaron en autobuses a visitar a unos de los principales patrocinadores de la Gran vuelta, la fábrica de bicicletas Phänomen, en Zittau. Estábamos todos un poco sorprendidos, aquello parecía una visita del colegio cuando éramos estudiantes. Phänomen tenía, de hecho, un equipo en esa vuelta y el líder de ese equipo fue quien a la postre ganó la clasificación final. Luego nos recibieron en la asociación turística de la región y nos regalaron una carpeta con fotografías y mapas de recorridos por el bonito entorno de la comarca.

El segundo día de descanso, en Viena, nos hicieron una recepción y recorrido por la ciudad, igual que el tercer día de descanso en Stuttgart, donde el régimen alemán nos llevó al Ayuntamiento a conocer a dos famosos boxeadores germanos, Adolf Heuser y Max Schmeling. Mi compatriota Georges Lachat, que al día siguiente del descanso en Stuttgart haría un buen cuarto puesto en la etapa, nos preguntaba a los demás franceses, con su acento del Departamento de Lot-et-Garonne y ejecutando una típica pose de boxeador, si habíamos venido a pedalear, a boxear o a hacer turismo, generando un buen número de risas entre los seis miembros del equipo francés.

Tampoco me gustó que un mes más tarde, en el Tour de Francia, no hubiera reciprocidad. Aunque nuestro equipo francés estuvo presente en la vuelta alemana, ni los ciclistas alemanes ni los italianos obtuvieron el permiso de sus respectivos países para asistir al Tour de Francia, que pese a eso tuvo una participación numérica algo mayor que la Vuelta a Alemania, 80 frente a 68.


 

El reencuentro

Miro a Kurt Stöpel tirado en el suelo, herido, vestido de soldado, tan distinto, con unas trinchas rodeándole el pecho y la espalda, en vez de una cámara de repuesto; con unas cartucheras en vez de unos bolsillos llenos de comida para el camino; con una gorra militar en vez de una gorra y gafas de ciclista. ¡Qué diferente! Solo le he podido reconocer por esos ojos, esa mirada penetrante que te dejaba helado y que ahora suplicaba, pidiendo misericordia.

Estoy aturdido porque hemos estado a punto de matar a un as del ciclismo, aunque ahora es solo un prisionero en mis manos.

Veo que ha recibido una bala en el costado izquierdo. Sangra, pero no parece fatal. La bala ha entrado y salido por el borde del costado. –No vas a poder montar en bicicleta en unas semanas, Stöpel- le bromeo. Me devuelve una mueca de sonrisa.

Me traen el botiquín y le hago una primera cura. Como buen ciclista, acostumbrado a sufrir, no se queja. Cuando le duele solo aprieta los dientes, como si estuviese subiendo un puerto, y me da las gracias como treinta veces durante la cura.

- ¿Qué probabilidades teníamos de encontrarnos aquí, Oubron? ¿Una entre un millón?- me dice.

- Si, parece increíble, Stöpel.

Nos tenemos que ir de aquí, por si vienen más alemanes. Al otro alemán lo están ayudando dos compañeros a incorporarse, pues está algo peor. A Stöpel le levantamos entre Marchand y yo. No parece tener afectado ningún órgano importante, quizás solo alguna costilla, por lo que puede andar y volverse con nosotros.

- Eres nuestro prisionero, te tengo que llevar al lado francés.

- Lo entiendo, estás cumpliendo con tu deber. ¿Por qué te hacen caso todos a ti? No te veo graduación ninguna.

- Soy soldado como tú, pero un capitán que me reconoció como ciclista me puso al mando de este pelotón, porque dice que sé cómo llevar un pelotón ciclista.

Stöpel sonríe ligeramente y me dice:  

 -Si al menos hubierais venido en bicicleta. No sé vosotros, pero en nuestro lado hay algunas divisiones ciclistas. Me indigné cuando no me destinaron a una de ellas.

Soldados alemanes en la Segunda Guerra Mundial

- No tengo conocimiento de que haya divisiones ciclistas en el ejército francés, por eso me alisté con la infantería, ya sabes que soy corredor de ciclo-cross y solía sacar ventaja en la parte a pie.

- ¿Qué hacemos en esta guerra, Oubron? Nosotros no deberíamos estar aquí, ni yo tengo nada contra ti, ni tú nada contra mí, y sin embargo aquí estamos pegándonos tiros.

- Obedecer órdenes, Stöpel, eso es lo que hacemos aquí, igual que hacíamos en nuestros equipos ciclistas. Y allí ya hablábamos de “atacar”, “reventar al enemigo”, “ir a degüello”…, aquello también era como una guerra, pero con la única munición de nuestras piernas.

- Te estuve buscando al término de la Vuelta a Alemania, para felicitarte por tu buen puesto, pero no dejaban moverse a nadie, fue imposible. Parece que te sirvieron para algo los consejos que te di en Berlín para la primera etapa, pues leí en la revista de bicicletas “Der Deutsche Radfahrer” que quedaste tercero. ¿Atacaste donde te dije?

- Yo también te busqué con la mirada al llegar, precisamente para darte las gracias por tus consejos. Ataqué donde me dijiste, a la salida de aquel pueblo, una bajada suave en la que apreté fuerte, tras la curva apareció aquella subida inesperada y con el impulso de la bajada más el de mis propias piernas salí disparado hacia arriba. Había avisado a mi compañero Léon Level, que en ese momento era el líder del equipo, así que estaba a mi rueda. Como Level había ganado la séptima etapa de la Vuelta a Alemania el año anterior, le habían seguido un belga y un neerlandés, que también se vinieron con nosotros. Hicimos grupo y avanzamos hasta conseguir llegar a meta, aunque siendo dos franceses, nos tocó hacer más trabajo, sobre todo a mí, y eso pasó factura al final.

- ¿Y sonreíste al entrar en meta de aquel sprint?

- Claro, desde que te vi sonreír en aquel sprint en París, yo siempre sonrío al disputar una llegada.

Los dos nos partimos de la risa, pero Stöpel tiene que parar inmediatamente, porque le duele y bastante el costado al reír. Cuando se repone me dice:

- Sí, pero en la siguiente etapa quedaste sexto, Oubron, poniéndote segundo en la general.

- Yo soy así, destaco en las primeras etapas de una gran vuelta, pero luego me desinflo. Aquella segunda etapa volvió a ganarla el neerlandés Schulte, que acabó retirándose unas etapas después. Curiosamente en aquella etapa entró séptimo, detrás de mí, el que a la postre sería el ganador de la prueba, el alemán Umbenhauer. Y mi compañero Level no respondió como se esperaba, por lo que se dedicó a la clasificación de la montaña, quedando en un meritorio tercer puesto final y decimoprimero en la clasificación general. Ya viste que solo pude conseguir la sexta posición en la clasificación final.

- Magnífica posición, Oubron. Te contaré algo de Georg Umbenhauer, el ganador alemán de la Gran Vuelta a Alemania. Le hicieron algo muy feo. El padre de Georg murió a la mitad de la prueba, pero el régimen prohibió a la prensa hablar sobre ello, para que el líder alemán no abandonara la prueba, presa del desánimo y el dolor. Se enteró cuando volvió a Nuremberg, su ciudad.

-Sin duda no lo sabía al llegar a Berlín, se le veía muy sonriente y feliz en la entrega de premios.

Umbenhauer en la ronda de honor después de su victoria

 

Rivales y amigos

Mientras nos aproximamos a la Línea Maginot, mi compañero Gilbert cruza la mirada conmigo, me hace un gesto de interrogación. Miro al resto de mis compañeros. Están todos sorprendidos de que esté hablando animadamente con un enemigo. Les tengo que explicar de qué conocía a este alemán de sonrisa cautivadora y ojos endiablados y por qué tenemos tanto en común. Les explico que hemos surcado las mismas carreteras encima de una bicicleta, pero ahora estamos pisando los mismos caminos enfangados, en una situación que no hubiéramos imaginado hace solo unos meses. Que aunque ahora sea un enemigo, me unen a él muchas cosas que solo pueden entender los ciclistas: el placer de salir en bicicleta a practicar, notando el aire en la cara, sintiendo que ese mecanismo poderoso que son los músculos de las piernas nos llevan a altas velocidades por los caminos y carreteras. Ambos hemos sentido la desilusión de la derrota, el placer de la victoria, el ánimo de los aficionados a lo largo del camino; hemos escuchado la respiración de nuestros compañeros de fuga durante una pendiente imposible, haciendo música con el acompasamiento del aire que exhalamos e inhalamos con dificultad; hemos superado umbrales de dolor que nadie imaginaría. Nos hemos reído con las bromas de los compañeros del equipo, pues no hay camaradería igual a la generada durante el pedaleo. También hemos sentido la soledad cuando las pruebas acababan, cuando vuelves a tu rutina de levantarte temprano para salir en bicicleta, antes de tu verdadero trabajo de panadero, herrero, albañil o lo que te haya tocado en suerte en esta vida. Como mensajero en bicicleta, que fue lo que hizo Stöpel de joven en Berlín, según me acaba de contar.

Ya en territorio francés, y antes de que se lleven a Stöpel a un centro de prisioneros, charlamos largo y tendido de nuestras carreras, de nuestros triunfos y también de nuestras miserias.

Nos reímos de aquellas etapas que tenían premios en especie, en vez de metálico. Stöpel recordaba cómo le regalaron una vez un saco de patatas y decía socarronamente que se las tendría que comer todas esa noche para cenar, porque no pensaba cargar con ellas en las siguientes etapas. Mi anécdota fue el regalo de dos pollitos vivos por quedar primero en una meta volante que pasaba en frente de una famosa granja en el Departamento de Cantal. Cómo me los metí en los bolsillos del maillot, circulando unos kilómetros con ellos antes de dárselos a un crío que había al lado del camino, los pollitos asomando sus cabecitas, pero quedándose quietos en el calor del bolsillo.

Stöpel me contaba como al acabar algunas pruebas, cuyas salidas distaban algunas veces más de cien kilómetros de su casa, tenía que ir y volver en bicicleta, con toda la paliza de la carrera en las piernas. Yo también recordaba algo así, ir a una prueba, tener que acercarte a la salida en bicicleta y llegar tan cansado que en la prueba solo podías intentar llegar con el grupo. En esto siempre tenían ventaja los ciclistas locales.

Me entero de que a Stöpel en 1932, tras quedar segundo en el Tour de Francia, en la entrega de premios el ganador, el francés Leducq, se le acercó y le dijo al oído “Ambos ganamos” y a continuación, en un gesto que le honraba, Leducq le dio su ramo de flores de ganador a Charlotte, la esposa de Stöpel. También que en 1935 tuvo una caída que le hizo retirarse del Tour de Francia y, poco a poco, de la competición.

 

Leducq y Stöpel en el Parque de los Príncipes, en la
entrega de trofeos al finalizar el Tour de Francia de 1932

Yo tengo planes de volver al ciclocross, que es mi verdadera pasión y donde mejor me desenvuelvo. Stöpel no piensa volver a la competición, aquella mala caída en 1935 le quitó la ilusión y la capacidad de darlo todo de nuevo sobre la bicicleta.

Somos tan parecidos, hemos pasado cosas tan similares, que parece mentira que estemos ahora en bandos diferentes. La locura que envuelve el continente nos ha reconvertido en combatientes mortales.

Antes de que se lo lleven, me sonríe y me da las gracias.

- Pero ¿cómo me das las gracias, si te he hecho prisionero?

- Gracias por dejarme compartir contigo durante un rato la vida de ciclista que tan dichoso me ha hecho. Espero que la próxima vez que nos veamos sea paseando en bicicleta.

-Stöpel, que todo te vaya bien. Le he dicho al capitán que eres ciclista, creo que eso ayudará.

Según se lo llevan, se gira mientras me sonríe, con esa misma sonrisa del sprint en la última etapa del Tour de 1934, la sonrisa del que piensa que es irónico estar disputando una guerra perdida.

FIN

 

 

Este relato está basado en hechos reales ocurridos en los años 30 del siglo XX

En las pocas, breves y, en algunos momentos, contradictorias crónicas que hay sobre el encuentro en el frente militar entre Robert Oubron y Kurt Stöpel, se habla de que ambos se conocían de haber competido en algunas pruebas ciclistas, cosa esta última que no parece ser cierta, aunque la prensa decidió adornarlo de ese modo, porque la carrera ciclista de Oubron comenzó cuando terminaba la de Stöpel y he podido comprobar que no coincidieron en sus participaciones de las distintas pruebas en el año 1935 (ver los enlaces abajo). 

Sin duda se conocieron de otro modo, por lo que me he permitido la licencia de narrar dos supuestos encuentros entre ambos. El resto de datos que se muestran (posiciones, participaciones, etc.) son verídicos y están debidamente documentados en los enlaces a continuación.

Oubron continuó participando en pruebas ciclistas hasta 1950, sobre todo en ciclo-cross, donde era un renombrado especialista. Luego fue entrenador. Murió en 1989, a los 75 años de edad.

Kurt Stöpel probablemente fue liberado poco después de este episodio, tras la invasión alemana de Francia en mayo-junio de 1940 y la posterior firma del armisticio. En la página web memorial de Stöpel (referenciada abajo) no se narra (o no entran en tantos detalles) el encuentro entre Oubron y Stöpel, pero menciona que estuvo destinado durante la guerra en Francia y los Balcanes. Murió en 1997, a los 89 años de edad.

Referencias bibliográficas:

- Historia de la Bicicleta - Bicicletas de colección - Ediciones Del Prado - Fascículo 28, página 335.

- O Estado-15 de diciembre 1939, página 4

http://hemeroteca.ciasc.sc.gov.br/oestadofpolis/1939/EST19387841.pdf

- Diario de Burgos-6 de enero 1940, página 2

https://bibliotecadigital.jcyl.es/i18n/publicaciones/listar_numeros.cmd?posicion=&busq_dia=6&busq_mes=1&busq_anyo=1940&busq_idPublicacion=&busq_infoArticulos=true

http://www.sitiodeciclismo.net/coureurfiche.php?coureurid=6793#uitslagen

https://www.hall-of-fame-sport.de/mitglieder/detail/Kurt-St%C3%B6pel/

http://www.kurt-stoepel.de/

http://www.sitiodeciclismo.net/coureurfiche.php?coureurid=12535

http://www.memoire-du-cyclisme.eu/palmares/oubron_robert.php

http://www.sitiodeciclismo.net/ritfiche.php?ritid=44705&wedstrijdvoorloopid=2544#ucira

https://www.cycling4fans.de/index.php?id=2974

https://cykelmagasinet.dk/gro%C3%9Fdeutschlandfahrt-verdens-stoerste-etapeloeb