![]() |
| El autor señalando la cima del Puy de Dôme |
Hablar del Puy de Dôme es hablar de los volcanes de la Auvernia, en el Macizo Central Francés. Es hablar de una montaña mágica, un volcán extinto de 1.465 metros de altitud, 13,4 kilómetros de longitud, una pendiente media del 7,7% y rampas que llegan al 13%. Pero sobre todo es hablar de historia del ciclismo. De sufrimiento, de gloria y, para los españoles en particular, de un palco privilegiado donde nuestra generación dorada dejó una huella que el tiempo no ha podido aún borrar.
El Tour de Francia ha subido al Puy de Dôme en trece ocasiones. En cinco de ellas, la victoria fue española. Ninguna otra nación puede presumir de semejante dominio en esta cima. Y, sin embargo, pocos aficionados conocen todos los detalles de esas gestas. Aquí van…
EL PRIMERO: FEDERICO MARTÍN BAHAMONTES (1959)
El «Águila de Toledo» fue el primer español en triunfar en el Puy de Dôme, y lo hizo en el año en que también ganó el Tour de Francia. Era una cronoescalada de 12,5 kilómetros, correspondiente a la 15.ª etapa. Un 10 de julio. Bahamontes se impuso con un tiempo de 36 minutos y 15 segundos, por delante de Charly Gaul y Henri Anglade. Jacques Anquetil —ganador del Tour dos años antes— perdió más de tres minutos, dinamitando sus opciones de victoria en la clasificación final. Un “zarpazo” del Águila que marcó el devenir de aquella edición. Si bien no se vistió de líder ese día, pero avisó de que ese año no iba a solo a llevarse el premio de la montaña.
Curioso que, como la zona es privada, y se esperaba un gentío enorme (llegaron a ser unos cien mil según la prensa), se cobró entrada, a precio de 200 francos en las primeras rampas, 400 a mitad de recorrido y 600 en la zona de meta. Los coches aparte. Un dineral.
Bahamontes dijo, años después, que tras su éxito en el Puy de Dôme, en el que desbancó a los grandes ciclistas franceses, el Tour de Francia no volvió a poner un final en alto mientras él estuvo en activo, porque era como entregarle la victoria final al toledano. Opinión de Bahamontes.
LA VICTORIA OLVIDADA: JULIO JIMÉNEZ (1964)
El escalador abulense Julio Jiménez, conocido como «El Relojero», ganó en el Puy de Dôme en 1964 por delante del mismísimo Federico Martín Bahamontes. Fue una victoria brillante que, sin embargo, pasó prácticamente desapercibida. ¿El motivo? Ese día se estaba disputando algo mucho más grande que una etapa.
El duelo que partió Francia en dos: Anquetil contra Poulidor
Era el 12 de julio de 1964 y el país entero tenía los ojos clavados en dos hombres que representaban mundos opuestos. Jacques Anquetil era el aristócrata del ciclismo: pómulos altos, cabello rubio, piel pálida, acento del norte y una elegancia sobre la bicicleta que irritaba tanto como fascinaba. Raymond Poulidor era su antítesis perfecta: piel curtida por el sol, acento campesino del Lemosín y un estilo de pedalear que recordaba más a un labrador que a un campeón. En aquella época en que las personas se definían por sus elecciones, el dilema estaba servido: ¿Anquetil o Poulidor? ¿Los Beatles o los Rolling Stones?
Era la etapa 20, con salida en Brive-la-Gaillarde y 237 kilómetros de recorrido por el Macizo Central hasta la cima del volcán. Anquetil llegaba al pie de la última subida con solo 56 segundos de ventaja sobre Poulidor en la clasificación general, pero le quedaban dos días de carrera, uno de ellos con una contrarreloj, el terreno donde era imbatible. Para Poulidor, era ahora o nunca.
A seis kilómetros para la cumbre, solo cinco corredores seguían en cabeza: Anquetil, Poulidor, Bahamontes, Jiménez y el italiano Adorni. Jiménez atacó a un ritmo endiablado, Poulidor hace un amago de seguirle, pero no puede. A continuación, es Bahamontes quien sale detrás de Jiménez. Poulidor y Anquetil les dejan ir. No iba con ellos. Se quedaron solos, hombro con hombro, Poulidor desesperado por escapar antes de que se acabara la montaña, Anquetil desesperado por aguantar a rueda de Poulidor.
Anquetil usó la estrategia con una maestría que rozaba la crueldad. Ocupaba siempre el carril interior, más cerca de la montaña, obligando a Poulidor a cargar con el viento. Tres veces fingió que no podía seguir el ritmo. Tres veces Poulidor mordió el anzuelo, aceleró con todo lo que tenía y se agotó sin lograr desprenderse de él. Cuando intentó el cuarto ataque, el que sí despegó a Anquetil, ya no le quedaban piernas para marcar diferencias.
Poulidor vaciló demasiado tiempo antes de decidirse a atacar de verdad, y cuando por fin lo hizo, solo quedaban tres kilómetros para la cima. Demasiado tarde.
Vídeo de la lucha entre Anquetil y Poulidor
La foto más icónica del ciclismo
La imagen que inmortalizó aquel duelo fue tomada por Roger Krieger, fotógrafo de L'Équipe, desde una moto que ascendía con dificultad por las rampas del 10%. En un momento dado, el tubo de escape de otra moto rozó la pierna de Poulidor, que se desvió involuntariamente y chocó con el codo de Anquetil. Krieger disparó justo en ese instante. La fotografía de los dos rivales peleando centímetro a centímetro, literalmente con los codos encima, se convirtió en el símbolo de una rivalidad y de una época. Hay una ironía añadida: el negativo original desapareció y todas las copias que hoy circulan son reproducciones.
El desenlace cruel
Anquetil cruzó la meta 42 segundos detrás de Poulidor, al borde del colapso. Se desplomó sobre el coche de su director deportivo Géminiani y solo acertó a preguntar cuánto le quedaba de ventaja en la general. “Catorce segundos”, le respondieron. Y Anquetil contestó: “Con trece me habría bastado.”
Poulidor ganó la etapa, pero no pudo remontar los 56 segundos que necesitaba. En la contrarreloj final, Anquetil fue implacable y ganó el Tour por 55 segundos. Poulidor, el eterno segundo, volvía a quedarse sin el maillot amarillo.
Y mientras todo esto ocurría, Julio Jiménez había ganado la etapa por delante de Bahamontes, imponiéndose a los mejores escaladores de su generación. Como él mismo reconoció años después: «Ese día se jugaba el Tour, y yo había ganado a los grandes... pero después, solo hubo ese duelo homérico entre Anquetil y Poulidor.» La historia, a veces, no recuerda a los vencedores.
EL DUEÑO DEL VOLCÁN: LUIS OCAÑA (1971 Y 1973)
Nadie tuvo una relación tan intensa con el Puy de Dôme como Luis Ocaña. El ciclista conquense ganó allí en dos ocasiones, pero cada victoria fue radicalmente distinta en su significado.
1971: El primer zarpazo al Caníbal
Era la 8.ª etapa del Tour, entre Nevers y el volcán. Ocaña voló en la subida, ganando la etapa y aventajando a Merckx en 15 segundos, quedándose en la general a 37 segundos de Merckx y a 1 segundo de Zoetemelk. El Caníbal quedaba avisado.
Tres días después llegó la legendaria etapa de Orcières-Merlette, donde Ocaña pulverizó a Merckx por casi nueve minutos. Una actuación tan devastadora que 68 corredores llegaron fuera del tiempo límite y la organización tuvo que ampliar de urgencia el porcentaje del control de tiempo para evitar que el Tour quedara desierto. Un solo hombre casi destruyó la carrera él solo.
Lo que vendría después —la caída en el Col de Menté bajo la lluvia torrencial, el abandono con el maillot amarillo en los hombros— es ya otra historia, y de las más trágicas del ciclismo. El Puy de Dôme había sido el primer acto de una épica que se truncó en la tormenta.
1973: La victoria con asterisco
La segunda victoria de Ocaña en el Puy de Dôme, en la 18.ª etapa del Tour de 1973, tiene una dimensión completamente diferente. Ocaña dominó aquella carrera de principio a fin: lideró durante 14 días, ganó seis etapas y llegó a París con más de 15 minutos de ventaja sobre el segundo clasificado. Un dominio aplastante.
Pero Eddy Merckx no estaba. Había preferido centrarse en el Giro y la Vuelta a España. Y eso atormentaba a Ocaña. Era campeón del Tour, sí, pero el asterisco era innegable: no había ganado a Merckx. Su victoria en el Puy de Dôme aquel día fue, en cierta medida, un mensaje lanzado al vacío. Una demostración de fuerza para una audiencia que no había acudido.
Hay un detalle que estremece: en la 13.ª etapa de ese mismo Tour, el recorrido volvió a cruzar el Col de Menté, exactamente por la misma vertiente donde Ocaña había caído en 1971 con el maillot amarillo puesto y los sueños rotos. Esta vez llegó a Luchon en solitario. Un exorcismo callado en forma de pedales.
El Puy de Dôme fue tanto su primer escenario de gloria frente al Caníbal como el lugar donde puso el broche final de su única victoria en el Tour. Una montaña que, de alguna manera, le perteneció.
LA GESTA QUE CAMBIÓ EL CICLISMO ESPAÑOL: ANGEL ARROYO (1983)
El último español en ganar en el Puy de Dôme fue Ángel Arroyo en 1983, en una cronoescalada que aún hoy provoca escalofríos al repasarla. Era la 15.ª etapa, 15,6 kilómetros entre Clermont-Ferrand y la cumbre del volcán. El resultado final fue:
1. Ángel Arroyo (ESP) — 40'43"
2. Pedro Delgado (ESP) — +13"
3. Patrocinio Jiménez (COL) — +29"
4. Lucien Van Impe (BEL) — +30"
5. Michel Laurent (FRA)— +42"
6. Sean Kelly (IRL) — +1'09"
7. Peter Winnen (HOL) — +1'10"
8. Laurent Fignon (FRA) — +1'48"
Dos españoles en el podio, por delante de figuras como Van Impe, Kelly o Fignon. La ironía del resultado es mayúscula: Fignon, que llegó octavo ese día, acabó ganando aquel Tour por delante del propio Arroyo y de Winnen. Pero lo verdaderamente relevante fue el impacto que tuvo la imagen de aquellos escaladores españoles demoliendo a los grandes del ciclismo europeo.
La repercusión fue inmediata: Televisión Española decidió pagar por los derechos de emisión en directo de lo que restaba de carrera, ofreciendo el Tour en directo por primera vez en su historia. Una etapa que no solo ganó Arroyo: también marcó el inicio de una nueva forma de vivir el ciclismo en España.
PERICO BLINDÓ SU TOUR: PEDRO DELGADO (1988)
Aunque Pedro Delgado no ganó la etapa con final en el Puy de Dôme en 1988, esa jornada es inseparable de su historia en la montaña. El conquense ya vestía el maillot amarillo y lo defendió con autoridad, soltando en la subida a sus últimos perseguidores —el holandés Gert-Jan Theunisse y Steven Rooks— y entrando tercero, tras los escapados Johnny Weltz (ganador) y Rolf Gölz. La ventaja en la general quedó fijada en casi cinco minutos. El Tour estaba sentenciado.
Lo que nadie podía imaginar era que, ese mismo día, saltaría la noticia de que Perico había dado positivo en un control antidopaje realizado siete días antes, en una sustancia prohibida por el COI pero no por la UCI. La polémica sacudió el pelotón y los medios, pero Delgado continuó, llegó a París de amarillo y se convirtió en el tercer español campeón del Tour de Francia.
Tras esa etapa de 1988, el Tour no volvería al Puy de Dôme durante 35 años.
EL PUÑETAZO QUE CAMBIÓ LA HISTORIA: MERCKX (1975)
No todas las grandes historias del Puy de Dôme acaban con una victoria española, pero esta es demasiado importante para dejarla fuera. El 11 de julio de 1975, Eddy Merckx ascendía el volcán con el maillot amarillo, persiguiendo su sexto Tour de Francia. De conseguirlo, se convertiría en el ciclista más laureado de la historia, superando el récord que compartía con el propio Anquetil.
A 150 metros de la meta, un espectador llamado Nello Breton le propinó un puñetazo en el hígado. Merckx completó la etapa, pero el golpe le dejó sin respiración durante varios segundos. En los días siguientes no pudo dormir bien ni alimentarse con normalidad, a pesar de los analgésicos.
Las consecuencias fueron devastadoras. En la etapa de Pra-Loup, cuando todo apuntaba a que Merckx certificaría su dominio, sufrió una pájara monumental a cuatro kilómetros de meta. Thévenet, que parecía hundido, lo pasó y le arrebató el maillot amarillo. Al día siguiente, Merckx se cayó y se fracturó el pómulo y la mandíbula. Los médicos le aconsejaron abandonar. Se negó. Él mismo reconoció años después que no fue exactamente heroísmo: el dinero del segundo puesto importaba para el equipo.
Breton fue detenido y condenado a una pena de prisión en suspenso. Merckx nunca volvería a ganar el Tour. El puñetazo en el Puy de Dôme fue, simbólicamente, el principio del fin de una era.
LA MONTAÑA PROHIBIDA: MI HISTORIA DE 1991
En 1991 hice en la Auvernia mi primera ruta cicloturista, acompañado de Jane Blomley, una inglesa de 172 centímetros, rasgos armoniosos y una sonrisa arrebatadora, que acababa de dejar de fumar y que, como yo, nunca había hecho cicloturismo. Nos lanzamos dos semanas a pedalear por una zona que no es precisamente llana, aunque sí tremendamente bonita. Y una de las motivaciones que me había llevado hasta allí era esta montaña mágica.
![]() |
| Con Jane Blomley en la subida del Puy Mary, preparando la subida al Puy de Dôme |
Llevaba dos semanas imaginando la subida. Uno piensa en el Puy de Dôme y se lo imagina tal como lo ha visto en las imágenes de prensa: cunetas abarrotadas de gente que lleva horas esperando, el locutor desgañitándose al paso de los corredores, pancartas, cámaras, el rugido de la multitud. Luego piensa que en su caso será todo silencio y desolación, que con suerte alguien le adelantará desde un coche y le dirá «Allez» sin mucha convicción, de esa manera que más parece un «¿pero adónde vas, alma de cántaro?». Y que al llegar arriba no habrá pancartas de meta ni periodistas persiguiéndole para conseguir una declaración. Solo el viento, que siempre azota los altos.
Lo había dejado para el último día de ruta, antes de volver a España en tren. Así me daría tiempo a coger forma durante las dos semanas previas cargado con alforjas, para poder acometer la subida con ciertas garantías. La mañana del día elegido dejé a Jane en el hotel en Clermont-Ferrand, me quité las alforjas, me puse en marcha y me sentí, vagamente, como si toda la ciudad supiera adónde iba.
![]() |
| En Clermont-Ferrand, preparado para ir al Puy de Dôme |
Hacía fresco. Era mediados de septiembre y en estas latitudes el otoño ya asomaba. Fui guiándome por un mapa Michelin que llevaba en el transportín hasta la D68, donde la carretera gira a la izquierda y sale una variante a la derecha. Ahí estaba el inicio de la subida.
Según me acercaba vi una barrera que cortaba la carretera. «Para coches», pensé.
Cuál sería mi sorpresa al llegar y encontrar una señal inequívoca: redonda, borde rojo, una bicicleta en el centro. Prohibido el paso a bicicletas. Me quedé allí parado, esperando que apareciera algún otro ciclista que me dijera que era una broma. Solo llegó un repartidor con su furgoneta. Levantó la barrera, pasó y volvió a bajarla. Le pregunté si podía pasar en bicicleta. Me dijo que no, señalando la señal, y se encogió de hombros con esa amabilidad francesa tan particular antes de irse.
Me enteré más tarde, en Clermont-Ferrand, del porqué. La cima es propiedad privada, con un parque temático en la cumbre. Además, la zona está declarada Patrimonio Mundial por la Unesco. Y había habido problemas años atrás: ciclistas que subían, se hacían fotos arriba, y luego bajaban a toda velocidad por una carretera estrecha, curveada y con coches en sentido contrario. Los accidentes llegaron. La solución, como casi siempre: prohibir las bicicletas. Punto final.
Cabizbajo, hice una ruta alternativa que rodeaba la montaña por fuera. Con esa especie de resignación amarga que te deja una cita que no pudo ser.
Años más tarde les conté esta anécdota tanto a Pedro Delgado como a Ángel Arroyo. Pedro ya sabía lo de la prohibición —su faceta de comentarista le mantiene al tanto de todo—. Pero Ángel, cuando se lo conté hace poco, en septiembre de 2025, se sorprendió visiblemente. «¡Vaya faena, después de irte hasta allí!», me dijo. Que el hombre que ganó en esa cima en 1983, el que la hizo suya delante de los mejores del mundo, no supiera que estaba prohibida subir en bicicleta, me pareció, no sé, tremendamente humano.
UNA CIMA QUE SE MERECE MÁS DE LO QUE DA
A día de hoy el Puy de Dôme sigue vedado para el ciclista de a pie. La única alternativa legal es la subida organizada anualmente por la FFCT (Federación Francesa de Ciclismo), con plazas muy limitadas que se agotan meses antes. Los participantes salen desde Orcines, la misma vertiente que utilizó el Tour en 2023 cuando, tras 35 años de ausencia, el volcán volvió a recibir al pelotón.
Cada año hay ciclistas que se desplazan desde media Europa —incluida España, claro— hasta el pie de esa carretera gris que trepa por el flanco del volcán, y cada año se encuentran con la misma barrera y la misma señal. Y cada año se van dando la misma vuelta, mirando hacia arriba, desconsolados.
Quizás eso, en el fondo, es lo que convierte al Puy de Dôme en una montaña mítica de verdad: que no se entrega a cualquiera, ni en cualquier momento, ni de cualquier manera. Que hay que merecérsela. Que guarda algo de aquella niebla y aquel silencio que envolvieron a Bahamontes en el 59, a Jiménez en el 64, a Ocaña en el 71 y 73, y a Arroyo en el 83.
Yo la dejé pendiente entonces. 36 años más tarde, todavía tengo esa espinita.








