miércoles, 8 de julio de 2026

Por qué la gente cambia de vagón (apuntes sobre higiene ciclista)

El ciclista, ese ser que se enorgullece de su disciplina, su sacrificio y su amor por el esfuerzo, alberga, sin embargo, un secreto doméstico que me veo obligado sacar a la luz: después de salir en bici, huele su ropa sudada antes de ducharse y concluye, en más ocasiones de las que sería deseable y con una serenidad pasmosa, que no necesita lavar algunas de esas prendas, pronunciando a solas, en voz alta y con cierta solemnidad: "Se ve que no he sudado, debería esforzarme un poco más."

El error consiste en oler las prendas antes de ducharse. Como tu propio olor aún te rodea y forma parte de ti, parece que todo huele ordenadamente, dentro de la lógica.

Si esa misma prenda la hueles una vez que el agua y el jabón han hecho un trabajo ejemplar en tu cuerpo, tu cara será un poema al oler la prenda y la lanzarás al cesto de la ropa sucia, si no directamente al de la basura, convencido de que no hay detergente en el mundo capaz de redimirla.

La realidad es que la prenda no solo huele al más auténtico y democrático sudor, sino que a eso se suma el sudor añejo, el que se desarrolla con el tiempo, del que hablaré después. La combinación de sudor reciente y sudor añejo es algo que ninguna persona civilizada puede soportar. A excepción, curiosamente, del propio autor. Y a veces ni eso.

También están esas ocasiones en que uno coge la prenda y nota que huele a huevos podridos. Pero llevado por ese impulso ecológico de no malgastar agua, decide reutilizarla al son de la convincente aseveración: "Nada. Esto, al moverse en la bici, se va con el viento."

Ocurre que el viento se lleva las cosas, sí. Pero no a un lugar etéreo donde nadie respira, sino exactamente adonde respiran los demás. Y normalmente, por pura estadística, a la nariz del que va detrás, que ninguna culpa tiene.

Si obráramos conforme a los principios más básicos de convivencia, habría que considerar que en este despiadado mundo no estamos solos. Pero ese pensamiento no siempre nos acompaña. Damos por supuesto que los demás perciben las cosas exactamente igual que nosotros. Craso error que ha llevado al mundo a conflictos de la mayor gravedad.

Hay quien dice que la Guerra de Troya, y su famoso caballo, empezó por culpa de la bella Helena. Es una versión romántica y conveniente. Más probable resulta que diez años de asedio, con los mismos guerreros sudando la misma ropa bajo el mismo inmisericorde sol mediterráneo, y cada uno convencido de que su olor era razonablemente aceptable, acabaran por pudrir cualquier posibilidad de paz antes de que nadie tuviera ocasión de negociarla.

En algunas grupetas ciclistas suele haber uno que comete el susodicho desliz de oler la ropa antes de ducharse, no después. Igual que existe el que esprinta fenomenal, el que sube mejor los puertos o el que con más gracia da cuenta de la tortilla en esas paradas en los bares.

 

DEL CONGELADOR Y OTROS INGENIOS

Es por ello ese fuerte empeño de algunos ciclistas de evitar meter la ropa sudada en la lavadora. No dudarán en lavar una funda de almohada, unos calzoncillos o una sábana bajera que ha cumplido con creces su función, porque cuando la recoges, ya seca, de la cuerda y la estiras sobre el colchón, la cama parece de pronto un lugar mejor, más digno.

Pero la ropa técnica con la que se pedalea no merece, según algunos, ese mismo cariño. No sé a qué están esperando los sesudos especialistas en psicología social para hacer un estudio riguroso sobre el asunto. Hay problemas que se encierran entre las cuatro paredes de muchas casas ciclistas y que la ciencia, incomprensiblemente, sigue ignorando.

El problema se agrava en los viajes cicloturistas, esos en los que uno recala en hoteles, albergues o incluso en el campo, y donde la única opción para mantener la ropa en condiciones es lavársela uno mismo en el lavabo o, en un acto de comunión plena con la naturaleza, en el río. Pero algunos ciclistas no están dispuestos a pasar por semejante bajeza. "Uf, mucho trabajo, bastante he hecho ya hoy pedaleando como para gastar energías en eso. Hay que guardar fuerzas para mañana." Una lógica impecable, si uno acepta que las fuerzas se guardan para pedalear y no para convivir con los demás.

Hay ciclistas que, aún no estando dispuestos a meter la prenda en la lavadora, entienden que reutilizar la prenda al día siguiente sin más es una guarrada. Nacido de este impulso, el ingenio humano ha dado respuesta con dos técnicas que sus practicantes defienden con el fervor de quien ha descubierto algo revolucionario:

La primera es CONGELAR LA ROPA. Se deja secar la prenda sudada, se introduce en una bolsa, se deposita toda la noche en el congelador y se saca un rato antes de ponérsela, para que vaya alcanzando la temperatura ambiente y no provoque un sobresalto al contacto con la piel. Es cierto que el frío inhibe o elimina muchas bacterias, y el ciclista percibe, satisfecho, que al sacarla del congelador el olor ha desaparecido o se ha reducido bastante. Lo cual es verdad. Del mismo modo que es verdad que un cadáver bien conservado en la morgue huele infinitamente mejor que uno que no lo está, aunque eso no lo convierta en algo que uno quiera llevarse a casa.

La segunda es EL AIRE Y LA VENTILACIÓN. La más extendida. La prenda se cuelga en un balcón, una ventana o cerca de un ventilador durante doce o veinticuatro horas. La ventilación seca el sudor, reduce la multiplicación de bacterias y elimina los compuestos olorosos más volátiles. El ciclista la recoge al día siguiente, la huele con prudencia, asiente con satisfacción y se la pone. Ha funcionado, concluye. Y tiene razón, en la misma medida en que tiene razón quien barre la suciedad y la mete bajo la alfombra: el salón queda visualmente impecable, pero la suciedad sigue ahí, latente.

Porque estos métodos, seré directo, funcionan solo a medias. No eliminan del todo las bacterias, ni la suciedad, ni las sales del sudor, que permanecen atrapadas en las fibras, invisibles, expectantes, con esa tranquilidad serena de quien sabe que su momento llegará. Y llega en cuanto uno se pone la prenda y empieza a sudar: sube la temperatura, aparece humedad nueva, las bacterias supervivientes se reactivan, y los compuestos olorosos — ácidos grasos, aminas, compuestos de azufre — se liberan con una efusividad que no tiene nada que envidiarle a la primera vez. Es lo que he dado en llamar sudor añejo, y que en otras épocas menos científicas explicaría satisfactoriamente ciertas apariciones de aquel diablo de los cuernos y el rabo.

Para quien aún albergue dudas, un experimento sencillo: Toma una camiseta deportiva acusada como “sospechosa” — tratada con alguno de los métodos descritos — ya seca tras el esfuerzo. Acércala a la nariz cuando está a temperatura ambiente. Seguramente apenas huela. A continuación, frótala con las manos en la zona de la axila durante unos quince segundos, calentándola ligeramente. Vuélvela a oler. En ese momento entenderás, con una claridad que ningún libro de microbiología podría igualar, por qué los perros huyen de algunos ciclistas.

La ciencia es así: una aguafiestas metódica que se dedica a arruinar leyendas populares de forma exasperante. Pero en este caso, conviene escucharla. No tanto por el bien del ciclista, que ya ha demostrado una notable capacidad para convivir consigo mismo, sino por el bien de quienes le rodean, que no tuvieron voto en el asunto.

 

JONÁS EN EL TREN, O LA TEORÍA DE LA AMABILIDAD AJENA

Habíamos quedado varios ciclistas en la estación de Cercanías para desplazarnos a algún lugar apartado donde pedalear.

Ya me extrañó sobremanera cuando Jonás — le llamaré con este peculiar nombre ficticio, por no herir sensibilidades — venía por un pasillo y la gente, en una admirable demostración de deferencia hacia el gremio ciclista, se apartaba para cederle el paso con una celeridad llamativa, casi atlética.

Al saludarle intuí que algo raro pasaba. Me sobrevino una especie de vahído, acompañado de una arcada de esas que vienen desde el estómago, empeñado en devolverte lo que has comido. De ahí, dicho sea de paso, que a vomitar también se le llame devolver. Aunque en este caso lo que se devuelve es la fe en tus semejantes.

Pero es tanto el gentío en una estación que, en un primer momento, uno nunca puede estar del todo seguro de quién es el culpable del olor.

Nos subimos al tren con el habitual miedo a que no cupieran las bicicletas. Pero en esta ocasión, ese no sería un problema en absoluto. A la gente comenzó a entrarle un inesperado deseo de cambiar de asiento, e incluso de vagón. Una señora dijo en alto — a ver si Jonás se daba por aludido — que allí olía francamente mal, que parecía como si hubieran abonado el interior del tren con estiércol. Pero Jonás miraba a través del cristal con esa expresión de quien está resolviendo asuntos de gran trascendencia interior.

Al cabo de un rato, el vagón de al lado aparecía repleto de gente que miraba hacia el nuestro con cara de pocos amigos. El nuestro quedaba prácticamente vacío, a excepción de algún pasajero que debía de haber sufrido ese efecto secundario del Covid que impide oler lo que te rodea, y que en este caso constituía una bendición. Colocamos sin problemas las bicicletas en una fila de asientos libres. No hay mal que por bien no venga.

Yo, por ir abriendo el debate, exclamé que la gente parecía odiar las bicis y por eso huía de ellas. Jonás, que es por naturaleza una persona de temperamento optimista, dijo que no, que la gente era tan amable que se había ido a otro vagón para dejarnos espacio donde colocar las bicis. Todos le miramos intentando descifrar si estaba bromeando. Yo, que conozco a Jonás, supe que no: el suyo es el positivismo tóxico en estado puro, esa actitud que niega cualquier emoción negativa con la misma eficacia con que Jonás negaba la existencia de su olor.

 

EL SILENCIO CÓMPLICE

Uno, en su infinita confianza, esperaba que al empezar a pedalear el viento se llevase los efluvios. Pero no fue así. Más bien los extendía, compartiéndolos, poniéndolos al alcance de todos, con esa vocación solidaria que tan bien define a Jonás.

Como además de entusiasta es un ser generoso, se puso el primero para que fuéramos a su rueda y ahorrásemos esfuerzo. Pero en esa posición lo que hacíamos era recoger los olores justo antes de que se dispersaran, como ocurre con ciertos gases intestinales, que al principio se concentran y solo con el tiempo se diluyen en la misericordia del aire.

En el caso que nos ocupa el olor a sudor añejo no es lo más adecuado para animar en el esfuerzo al ciclista, por lo que los forzados de la ruta comienzan a descolgarse, que en el argot ciclista significa dejar una cierta distancia, al ir más despacio que quien te precede, con el sano propósito de esperar a que el olor se hubiera disipado al llegar al punto por el que Jonás había pasado.

Pero él, fiel a esa generosidad ya mencionada y que no conoce límites, interpretó ese alejamiento como una señal de que iba demasiado rápido, y aflojó para que le alcanzáramos y pudiéramos beneficiarnos del rebufo de su figura. Entonces le adelantamos, diciéndole que se quedara atrás, que ya había tirado bastante del grupo. Y eso que apenas llevábamos cinco de los ciento veinte kilómetros previstos.

¿Por qué no se le dice, abiertamente, que huele mal, para que aprenda y desarrolle sus habilidades sociales? Es algo que nunca he logrado comprender del todo. Sería lo razonable. Pero si no lo dices en el primer momento, ese en que todavía estás confundido y no sabes con certeza si el culpable es él o el señor de barba larga que está al lado — que siempre hay prejuicios hacia las barbas —, entonces ya no se lo dices más adelante. Jonás siempre puede preguntarte, con toda la razón del mundo, por qué no se lo dijiste desde el principio.

Y así, en ese silencio cómplice y cobarde, la prenda sigue sin lavarse. Al final de la jornada, ciento veinte kilómetros después, volvimos a casa en el tren, con las piernas destrozadas y el alma en paz. No sé si fue por el paisaje, por el esfuerzo, o por esa satisfacción profunda que deja el ejercicio bien hecho. Miento. Sé perfectamente por qué fue: Jonás se bajó en su parada, cogió su bicicleta, nos dijo adiós con la mano, y se fue hacia su casa. La suya. Una casa distinta a la mía, afortunadamente.

Y uno pedalea hacia la propia casa con una ligereza en las piernas que no se explica solo por el entrenamiento, sino por algo más poderoso: la certeza de que un rato más tarde, en su casa, Jonás huele su ropa, antes de ducharse, la encuentra perfectamente fresca, y decide, satisfecho, dejarla preparada para el día siguiente, anticipando una nueva catástrofe.