domingo, 5 de septiembre de 2021

Atrapado en el tiempo

 

Acostumbrado a pedalear siempre por las mismas carreteras cerca de casa, hoy sé que voy a disfrutar en esta ruta, para mí inédita, de unos cien kilómetros, que me he cargado en el navegador del GPS.


Estoy de vacaciones por una zona para mí desconocida y, desde luego, me he traído la bicicleta para alargar la forma que arrastro desde primavera y verano. Ahora que empieza el otoño, disfrutando de estas tranquilas carreteras, estos bonitos paisajes y del placer del ritmo sosegado que la bicicleta te impone, permitiéndome ver los detalles de las casas, de los árboles y de los ríos, al mismo tiempo que oliendo la naturaleza, impulsado por la mayor respiración que proporciona el ejercicio.

Por lo que interpreto mirando el mapa, los primeros kilómetros van a ser de contacto, siguiendo el valle de un río en suave ascenso, para subir, a continuación, un alto que parece bordear un cañón, formado por el propio río y por donde no se pudo en su día meter la carretera debido a la enorme angostura del recorrido fluvial. Una vez pasado el alto, la carretera bajará de nuevo al río, esta vez más encajonada, pero siempre en sentido ligeramente ascendente y sin posibilidad de perderse. Llegando, finalmente, a una conocida localidad famosa por su crema de castañas. Compraré un recipiente pequeño y lo traeré en el bolsillo del maillot. Luego habrá que volver por el mismo recorrido, ya en forma más descendente. No hay pérdida, la misma única carretera que sube el cauce del río vuelve a descender hasta el punto de salida.

Hay quien piensa que las rutas han de ser circulares, para no pasar por el mismo sitio, porque repetir un lugar que ya has visto antes es aburrido. No estoy del todo de acuerdo. Cuando vuelves, el recorrido es otro diferente, el horizonte es distinto pues lo que antes has dejado atrás, ahora lo tienes de frente. Además, las curvas se toman por el lado contrario, lo que da también una perspectiva distinta. Esas bajadas que a la ida has hecho a toda velocidad, que te hacen ir más pendiente de lo que había en la carretera que del paisaje, a la vuelta las disfrutas mientras subes mirando alrededor tranquilamente, viendo unos parajes por los que apenas recuerdas haber pasado, escuchando el canto de los pájaros sin que el aire zumbe en las orejas durante la bajada y apague esos sonidos.

Como siempre, empiezo la ruta despacio, dejando que los músculos calienten, que el cuerpo reciba el aviso de que más adelante habrá que esforzarse para avanzar más rápido durante esa pendiente suave, paralela a este río.

Cuando estás pedaleando por un lugar tan bonito, sin tráfico, buena carretera y con energía y ganas para afrontarlo, entonces el pecho se te hincha, se te planta una sonrisa en la cara y en estos cuerpos tan escurridos que tenemos los ciclistas no cabe tanto gozo, por lo que se desborda, poniendo perdido de satisfacción el camino de paso.

Se está acercando la subida que bordea el cerrado cañón del río, así que comienzo a ir algo más rápido en el falso llano, para que no le pillen de sorpresa a mis piernas el esfuerzo de las primeras rampas.

Comienza la subida, de forma muy exigente, dejando el río a la izquierda, cada vez más lejos, se va perdiendo hacia su cañón. Me dirijo hacia un cerro que cubre el cañón, terminando en una hondonada que ya veo allá arriba, aún lejos.

Me gusta probarme en las subidas, así que voy dándolo casi todo, con una respiración forzada, pero disfrutando de cada pedalada. Siempre me he preguntado cómo es posible que un esfuerzo que te hace sufrir, que te obliga a poner muecas de dolor en la cara, sin embargo se busca y se disfruta, seguramente porque se sabe que tiene un final y una recompensa en forma de bajada.

La subida es realmente dura, tanto que el sudor me baja surcando las arrugas que se marcan en la frente, al hacer un esfuerzo mayor al habitual, resbalando hacia los ojos, bordeándolos para acabar cayendo por todos lados: en el manillar, en mis piernas, en el cuadro de la bici y en la propia carretera. Miro hacia atrás buscando ese reguero de sudor que voy dejando, pero a simple vista no se ve. Quizás no es tanto lo que estoy sudando, pero yo lo siento como un chorro continuo, que me hace abrir la boca en busca de aliento y de agua.

Ya se ve la cima, a solo doscientos metros, tras una última curva. Arriba hay un camino, a la izquierda, y avanza unos metros hacia un mirador con barandilla, donde seguramente hay una espectacular visión del cañón cerrado del río. Pero ahora no voy a parar. Esas cosas se dejan para la vuelta, siempre para la vuelta, aunque en ocasiones a la vuelta las olvidemos. Al llegar arriba mi respiración rompe el silencio de tan magno lugar, avanzo unos metros en el llano previo a la bajada, subiéndome la cremallera del maillot para no coger frío en la bajada y bebiendo algo, deseoso de reponer las ingentes cantidades de líquido perdidas.

Ahí está la recompensa, una bajada preciosa, “¿cuál no lo es?” me pregunto, que te lleva en poco tiempo de nuevo al borde del río. Es injusto, muy injusto, que las subidas duren tanto y las bajadas tan poco.

Ahora el paisaje ha cambiado, el río está más encajonado y el bosque es más frondoso. Emocionado por las endorfinas de la subida y la adrenalina de la bajada, voy rápido subiendo el curso del río, siempre a mi izquierda, en esta ligera subida que el GPS me marca con un 2% de desnivel.

Me acerco a una curva a la izquierda seguida inmediatamente por otra curva ciega que gira a la derecha. Saliendo de esta última me encuentro de frente una casa de color amarillo con puertas verdes y ventanas rojas. Si no sigues girando a la derecha en el final de la curva, te irías contra la puerta principal de la casa. A la vuelta le haré una foto, pues es muy vistosa.

Luego una larga recta de un par de kilómetros con el sonido lloroso del río siempre al lado izquierdo y el sol de frente, que me hace bajar la vista para cubrir mis ojos con la visera.

Llegando al final de la recta y antes de enfrentar, por fin, otra nueva curva a la izquierda, veo venir un ciclista de frente. Me alegro un montón siempre de ver a otro ciclista cuando llevo bastantes minutos sin ver a nadie, así que al pasar a su lado le saludo con la mano y le doy un sonoro buenos días. Él me contesta levantando la mano suavemente y sonriendo, sintiéndose cómplice del momento, de saber que por aquí no hay muchos ciclistas y es una fiesta ver a un compañero que se cruza con uno.

Como hace un rato, curva a la izquierda y luego cerrada a derecha y a continuación… ¡No me lo puedo creer! Una casa amarilla exactamente igual a la anterior, con los mismos colores de puertas y ventanas, también a la salida de la curva. Debe pertenecer a la misma persona, o debe ser la manera de pintar las casas por estas zonas, quizás los colores de la bandera regional o comarcal. Pasada la curva comienza otra recta igual a la anterior, de unos dos kilómetros, en la que el sol se me vuelve a clavar en la cara.

Voy dándole vueltas a estas casualidades, a estos paisajes paralelos, que es extraño que se den con tantas coincidencias en un lugar tan cercano. Lo tengo que mirar en internet, pues seguro que es algo conocido por la zona.

Mientras se acaba esta larga recta, antes de una nueva curva a izquierda, y para rematar las casualidades y los paralelismos, aparece otro ciclista, yo diría que en el mismo punto similar anterior. Esto sí que es una casualidad de traca, porque no he visto a nadie en todo el recorrido, ni un coche, ni una persona, y los dos ciclistas que veo aparecen en lugares que encima se asemejan una barbaridad. Le saludo con la misma efusividad que al anterior y él me levanta la mano y me sonríe. Es que lleva incluso la misma equipación oscura que el anterior, deben ser del mismo club, iban juntos, y uno ha ido más rápido que el otro.

Muevo la cabeza a un lado y a otro, partiéndome de risa, por el regalo que me ha dado este cúmulo de coincidencias y que tendré que contar como una anécdota a todo el mundo cuando vuelva.

Tomo la curva a la izquierda a la que sigue, de nuevo, otra curva cerrada a la derecha. A la salida de la curva, me da un vuelco el corazón, pues me encuentro otra casa exactamente igual a las anteriores. Esto ya no puede ser, incluso tiene las ventanas abiertas en la misma posición que las otras, la persiana de la ventana derecha totalmente bajada y la izquierda subida unos palmos.

Totalmente anonadado, miro hacia delante y, ahí está, otra nueva recta de dos kilómetros con el sol de frente. Me paro. Aquí está pasando algo raro. No es solo la casa y el recorrido entre las curvas, sino que el paisaje, los árboles y hasta los tramos sucios del arcén, son exactamente iguales.

Ahí parado, miro a mi alrededor y sé que no estoy soñando, que es muy real. Todo está muy callado, no se oyen pájaros y los árboles no se mueven con el viento. Es cierto que hoy es uno de esos días escaso de viento, pero en la copa de los árboles altos las hojas siempre se mueven algo y ahora están totalmente inmóviles. Lo único que se mueve es el río que baja en dirección contraria. No puede ser, ha sido todo una casualidad, voy a continuar y seguir avanzando hasta llegar al pueblo, entrar en un bar y tomarme una tostada con crema de castañas.

Avanzo por la recta, con la cabeza baja para evitar el sol en los ojos. No quiero mirar hacia delante, para no ver al ciclista otra vez, pero me digo firmemente que estoy tonto, que no sé qué cosas me estoy imaginando, porque todo tiene siempre una explicación. Levanto la vista y allá tomando la curva para afrontar la recta veo aterrado que aparece el ciclista de nuevo. El mismo ciclista, la misma forma de pedalear, el mismo gesto de levantar la mano y sonreírme comedidamente. Ni le he saludado, tan expectante por ver si hacía lo mismo de siempre.

Estoy a punto de tomar las curvas a izquierda y derecha otra vez. Miro el cuentakilómetros: 34,73 kilómetros en ese preciso momento. Curva a izquierda, curva a derecha y ahí está la casa amarilla con puertas verdes y ventanas rojas. A continuación, la misma recta de dos kilómetros con el sol de frente. Miro el cuentakilómetros, marca 32,80 kilómetros. He vuelto al mismo sitio. He vuelto atrás pedaleando hacia delante. Miro también la medición del pulsómetro, pese a ir despacio voy al 95% de mi frecuencia cardiaca máxima, pero no es un pulso generado por el esfuerzo, es generado por el miedo. ¿Qué está pasando?

Avanzo en la recta. Al ir llegando a la curva y encontrarme de nuevo al ciclista abro los brazos en señal de duda y le pregunto en alto “¿Qué está ocurriendo?” Pero él contesta con el mismo gesto de saludo y esa sonrisita que ya me empieza a molestar.

Curva a izquierda, curva a derecha, casa amarilla, 32 kilómetros aún en el ciclocomputador. He entrado en un bucle. ¿Y de esto cómo se sale? Decido ir muy rápido esta vez, a ver si así puedo salir de esta situación. Voy a 40 kilómetros por hora pese a ser ligeramente en subida. El corazón se me sale de la caja torácica. Miro al ciclista al cruzarme con él, esperando un gesto distinto, una señal que me indique que algo ha cambiado. Pero nada. Llego a la curva a la izquierda, a la curva a derecha… la casa, ahí sigue.

Tengo que sobreponerme. Tiene que haber una solución a todo esto. No tiene el más mínimo sentido. Según voy llegando al final de la recta me asalta una idea. Me acuerdo de la frase de Albert Einstein que siempre me ha gustado tanto: “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”. Hay que intentarlo. Veo venir al ciclista, le saludo, me saluda, e inmediatamente giro hacia la izquierda bruscamente, para incorporarme a su carril, sin mirar si viene algún vehículo. ¿Para qué voy a mirar? Si ya sé que no viene ninguno, esto lo he vivido antes.

Estoy pedaleando en sentido contrario, renuncio a llegar al pueblo. La prioridad es salir de aquí.

El ciclista está unos metros por delante de mí, le tengo que alcanzar. ¡Él me va a sacar de aquí! Esprinto con todas mis fuerzas para ponerme a rueda. Al llegar tras él debe oír mi respiración forzada, porque mira hacia atrás ligeramente, lo justo para percatarse de que estoy ahí. No parece importarle, sigue a su ritmo uniforme y potente, con poca cadencia, tirando de fuerza, a la vieja usanza.

Yo me acoplo a su rueda durante toda la recta, con la cabeza agachada, en posición aerodinámica. No quiero levantar la vista, por miedo a que estemos otra vez donde antes. Veo por el rabillo del ojo la casa, esta vez a mi derecha. Ahora vendrán las dos curvas y esperemos que no pase nada raro, que no me encuentre conmigo mismo al pasar las curvas, yendo en sentido contrario, o vaya usted a saber que otra situación paranormal.

Todo parece ir bien.

Pegado al ciclista, llegamos al inicio de la subida al cerro. Así se me salgan los pulmones de su sitio y me estallen las piernas, no le voy a dejar ir, le voy a seguir para que me saque definitivamente de aquí.

Según empezamos a subir veo un castaño a mi derecha. Me he quedado sin la crema de castañas. Da igual, nunca me han sentado bien las castañas.

Llegamos al alto, bajamos, yo detrás del ciclista, no se vayan a repetir una y otra vez la subida y la bajada.

Cuando veo al fondo la ciudad de la que he salido esta mañana me doy cuenta de que lo he conseguido, he salido del bucle.

Cuando tienes miedo porque algo te persigue, ese miedo solo puede desaparecer dándote la vuelta y enfrentándote a ello. Eso, que es ley de vida, ha dado también resultado esta vez.

Me pongo a la altura del ciclista y le doy las gracias por dejarme seguir su rueda. Desde luego no le explico que es un ángel y que le agradezco por sacarme de un recorrido repetido e infinito, porque me iba a mirar raro. Me sonríe. Le pregunto a dónde va.

- Ahí, en esa rotonda me doy la vuelta ¿te vuelves tú también?

- No – le contesto aterrado-, no me gusta pasar dos veces por el mismo lugar.

6 comentarios:

bicietéreo dijo...

Juan, Juan,...¿ y tu eres el que dices que sólo escribes de bicis en el blog?.
Ahí están -en tu escritura, en tus relatos- la calma, los silencios, la armonía, el dolor, el sufrimiento, la belleza, el compartir, la convivencia, la lucha, la fuerza de voluntad, que sé yo cuantas cosas más; todo menos roscas métricas, filetes de rosca, llaves Allen, longitud de bielas, materiales, física de la bicicleta, biomecánicas, etc.

¡Que miedo me ha dado en un punto de la lectura!, menos mal que nos has sacado del bucle espacio-tiempo.
Gracias por dejar escrito sensaciones, ideas, fobias y filias, deseos,...

juan merallo dijo...

Carlos, bueno, solo de bicis no, pero donde la bici siempre tiene protagonismo, cuando menos.

Gracias por tus palabras, viniendo de ti son especialmente valiosas.

CENTRO DE INTERPRETACIÓN SIERRA DE SANTA CRUZ dijo...

Jajaja... vaya mal que se puede pasar a veces cuando solo sales a relajarte y a disfrutar. Por eso es mejor siempre ir en compañía, si se puede, claro.
Muy buena historia y enseñanza.

juan merallo dijo...

¡Gracias!

Otto Luhrs dijo...

Juan, sentí que comencé leyendo a Juan Merallo y finalicé leyendo a Julio Cortázar, el de la Noche Boca Arriba. Anecdota para normal? cuento de realismo májico? de todo un poco?

juan merallo dijo...

Otto, a estas alturas de la película no puedo negar mis raices Cortazarianas, así que para mí es un piropo lo que has dicho.
El relato nace de una ruta en bici inédita que hacía. En un momento dado me pareció que ese lugar ya lo conocía, lo que era imposible porque jamás había estado allí, pero se debía parecer a otro lugar en el que había estado anteriormente. Con esa sensación, más el indudable poder de las endorfinas mientras montas en bicicleta, salió este relato cuyo boceto realicé nada más llegar de la ruta.
Eso fue hace tres o cuatro años. El otro día lo encontré (de estas cosas que no ves hace tiempo y te dices "¿Esto lo he escrito yo?", hasta que empiezas a recordar que sí, que lo escribiste tú, y ya me lancé a lo más difícil: vestirlo, afeitarlo y peinarlo para salir a la calle, o dicho de otra forma, darle forma, desarrollarlo y acabarlo. Esto último, para mi lo más difícil, es solo posible cuando te quitas una a una todas las capas de pereza de las que vamos siempre cubiertos.