martes, 5 de marzo de 2024

París-Brest-París 2007, el año de la lluvia y el viento

 


En estos días me estoy encontrando referencias múltiples sobre lo dura que fue la París Brest París (PBP) de 2007. Personas que han sido entrevistadas últimamente lo han destacado especialmente. Y luego, al leer el resumen de la historia de la prueba en la página de los ciclistas de larga distancia estadounidenses https://rusa.org/pages/PBP-short-history me encuentro con este párrafo que traduzco:

“La PBP de 2007 se destacó por tener un clima atroz durante la mayor parte de la ruta y muchos de los supervivientes regresaron a St. Quentin-en-Yvelines en un estado físico alarmante. La tasa de abandonos en 2007 se disparó a aproximadamente el 30%, pero considerando las pésimas condiciones climáticas que soportaron los ciclistas, parece bastante baja en retrospectiva. En un deporte que celebra la determinación y la audacia, la PBP de 2007 es legendaria. No es sorprendente que cualquier finalista de ese evento épico reciba una admiración adicional por parte de otros randonneurs.”

Un representante danés en la zona de depósito de bicicletas


Resulta que esa fue mi primera PBP, de hecho, mi primera super brevet. ¡Vaya forma de iniciarse en la larga distancia! Hace 17 años de esa ruta ya, por lo que los recuerdos se van diluyendo. Por suerte, publiqué una crónica de la prueba en la extinta página amigosdelciclismo.com. Al cerrarse la página, se había perdido la crónica, por lo que he recuperado el texto de mi ordenador, para que pueda volver a salir a la luz, porque por lo visto esa PBP es como las monedas de poca tirada, que con el tiempo están cogiendo más valor. Aquí va:

Imagen de las flechas de ida y vuelta para señalizar el recorrido. Tenían colores diferentes para no llevar a la confusión.


Antes de la PBP

Había sido un intenso año de preparación para la Paris-Brest-Paris (PBP), la ciclomaratón más popular del mundo que se celebra cada cuatro años como si fuera una fiesta cuatrienal. Además de las pruebas preparatorias y clasificatorias para poder participar en la PBP (200, 300, 400 y 600 kilómetros), había hecho algunas otras rutas, para intentar que la preparación fuera lo menos aburrida y lo más adecuada posible.

Incluso me hice parte del desplazamiento a la salida de Paris en bicicleta, concretamente desde mi casa hasta más allá de los Pirineos, rememorando a aquellos randonneurs españoles de principio del siglo XX, que salían en bicicleta varios días antes para participar en las pruebas galas, pues no tenían quien los llevara.

Muy importante ver bien de noche en la PBP.


Todo preparación era poca para una ciclomaratón que merece los mayores calificativos por su dureza: Más de 1200 kilómetros que deben hacerse en menos de 90 horas en el que tu te gestionas las horas de pedaleo, descanso o sueño, teniendo que pasar una serie de controles horarios durante el recorrido, incluidos algunos secretos para que no haya lugar a la trampa; terreno ondulante, muy rompepiernas; abandonado a tu suerte excepto cada aproximadamente 100 kilómetros que tenías la posibilidad de apoyo y asistencia (precisamente en los controles), pero nada entre medias: tú te arreglas tus averías, llevas tu comida, lo que necesitas, regresas por tus medios si ves que no puedes continuar… De ese modo, el aspecto de los “randonneurs” o “rodadores” es una extraña mezcla entre los antiguos randonneurs del siglo pasado, con sus luces en la bici y en la cabeza, cuales mineros, sus bolsas delanteras y traseras, sus alforjas, sus guardabarros (y hasta algunos sus patas de cabra), sus caras desencajadas por la fatiga y el sueño, su falta absoluta de vergüenza para echarse a dormir en los sitios más insospechados (cuneta, hierba, pajar, esquina de un bar, bajo la mesa de un restaurante, en todos lados aparecían randonneurs durmiendo a pierna suelta para recuperar un poco las fuerzas), su suciedad acumulada durante horas y a veces días, todo ello mezclado con las nuevas máquinas, más sofisticadas, con la indumentaria más moderna, con el goretex y en fin, la nueva tecnología que ayude a hacer menos sufrido el esfuerzo.

Placa del cuadro en la Paris-Brest-Paris junto a un útil reflectante


La salida

Al llegar a la puerta del Polideportivo de los Derechos del Hombre, en Goyancourt, de donde salía la PBP, nos encontramos un gentío ya esperando, pese a que faltaban unas tres horas para la salida. Hay ambiente de nervios por la prueba y por las previsiones meteorológicas, que no son nada halagüeñas, pero sobre todo de expectación por empezar a pedalear, por empezar a devorar kilómetros.

El gentío agolpado en la salida

Un cielo cobrizo amenazaba lluvia a los miles de ciclistas venidos de todos los rincones del planeta. En el lado europeo predominaban los franceses, pues jugaban en casa, además de los alemanes, británicos, italianos, españoles y daneses, por este orden. De otros continentes, lo que más se ve son estadounidenses, australianos, canadienses y japoneses. Parece increíble la cantidad de gente de países tan variopintos que mueve esta ruta organizada por el Audax Club Parisien. Los más inquietos parecen los japoneses, que no paran de hacer fotos, observar cada detalle y escudriñar el cielo.

Inquietud en la salida. Al fondo los nubarrones que anunciaban lo que nos iba a caer


La edad media tampoco es muy baja que digamos. A mis 44 años, casi me puedo considerar un pipiolo ante las canas que se advierten bajo los cascos, pues la media está en los 50 años.

Tras la larga espera en la que los ciclistas nos entreteníamos haciendo la ola, pasamos el control de las luces, de la bicicleta y de la casulla o peto reflectante. Mi bici pasa el control, aunque el controlador se queda mirando tanto los peculiares radios de mi rueda, como el más peculiar guardabarros casero que lleva mi bici, uno improvisado, fabricado por Josu, hecho a partir de una botella de plástico cortada por la mitad y acoplada al transportín trasero. Ingeniería de la reutilización. Aunque estamos metidos en esta élite de rodadores, aún se nota que somos de Pedalibre: cutres pero eficaces.

Guardabarros improvisado reutilizando una botella de plástico, obra de Josu Diaz

Mi bici de carbono multidireccional no causó sensación alguna. Allí las bicis que causaban sensación eran las más antiguas, las que parecían sacadas por arte de magia de una de esas viejas fotos color sepia en las que un señor con bigote daliniano, gorra de esparto y piernas de acero la sujeta orgulloso del manillar sobre un fondo onírico. También causaban sensación las de piñón fijo, que increíblemente las había pese a lo escarpado del terreno. Tampoco pasaban desapercibidas las reclinadas, los tandems, los artilugios en forma de huevo aerodinámico y otras lindezas que habían salido un rato antes que los de las bicis “normales”.

Bici clásica en la PBP


St. Quentin en Ivelynes- Mortagne au Perche (km. 140)

A las 22,30 del lunes día 20 de agosto nos dan la salida a los de mi grupo. El presidente de la república francesa en diferido, nada menos, unas cuantas arengas sobre seguridad y comportamiento cívico, una cuenta atrás y finalmente un chupinazo indican que puedes empezar a dar pedales.

Con el chupinazo comenzó también la lluvia, como si la explosión hubiera abierto un agujero entre las nubes. No era un buen augurio, pero al menos sirvió para que la gente no saliera muy escopetada por miedo a resbalar y se pudiera rodar de salida a un ritmo más humano que el que me habían advertido que normalmente se imponía. Ya era totalmente de noche, así que se veía una amplia estela de luces rojas de frente que sólo había que seguir.

El grupo de la ya típica convivencia madrileño-salmantina habíamos salido juntos. Ambos pertenecemos a grupos de ConBici (Josu y yo a Pedalibre; José, Paco y Ramón a Amigos de la Bici de Salamanca), pero esto de la PBP, aunque algo, tiene poco que ver con la filosofía de ConBici, del cicloturismo sin prisas y de la bici como medio de transporte. Esto es otra cosa.

Después de un momento incluso dejó de llover y todo se veía de color de rosa. Montones de personas animando al paso de los ciclistas, sensaciones vívidas de estar metido en algo muy especial, en algo que sólo se hace cada cuatro años y de lo que vienes oyendo hablar desde hace tiempo, y ahora tú eres parte de todo ello. En las hondonadas, cuando has bajado y vas a comenzar a subir, se veían por delante centenas de metros de silenciosas luces rojas brillando en la oscuridad y, si mirabas hacia detrás, otras tantas luces blancas. Nunca había visto nada igual, me impresionó muchísimo.

La estela fosforescente del pelotón en la noche


Como ya me habían avisado, Francia no es tan llana como dicen, es un continuo sube y baja de lo más incómodo. Donde yo vivo, si subes, subes durante un buen rato, y si bajas, bajas durante otro buen rato, pero aquí las subidas y bajadas son cortas, de desniveles diferentes y no te dejan coger un ritmo, cambiándotelo continuamente, algo a lo que algunos no estamos acostumbrados y a nuestro cuerpo le pilló un tanto desprevenido.

En cada cruce había una flecha que te indicaba la dirección y en algunos cruces más conflictivos había personal indicando, en ocasiones improvisados vecinos del pueblo por el que se pasaba, aunque fueran las tantas de la noche. A veces no había nadie, no tenían obligación de ello. Generalmente te fiabas de los que iban delante, pero no dejabas de mirar las flechas, por si acaso los de adelante se hubieran confundido y nos llevaban al resto a la perdición.

Un rato antes de llegar a Mortagne au Perche comenzó a llover con insistencia y no lo dejó hasta unas tres horas más tarde, ya amaneciendo. En Mortagne los nuevos andábamos desorientados, no había que sellar a la ida (si a la vuelta), pero estaba el pabellón tan lleno de gente que entramos por si era un control secreto. En realidad, la gente se estaba refugiando de la lluvia, en espera de que lo pudiera dejar, pero no paró. El viento era del oeste, o sea de borrasca, o sea en contra, a trozos bastante fuerte y desagradable. Eso nos dejaba totalmente calados y fríos.

El ratio de mujeres era bastante alto para lo que se suele ver en las pruebas ciclistas

Mortagne au Perche-Villaines la Juhel (km. 222)

Como siempre ocurre al llover, la sensación de humedad te hacía olvidar que tenías que beber y había que recordárselo al cuerpo y a la mente de vez en vez. La oscuridad era absoluta durante la lluvia nocturna, pues la luna y las estrellas estaban tapadas por las nubes. El agua me caía en las gafas (de las nubes y de lo que salpicaban las bicicletas) y me dificultaba aún más la visión, no veía casi nada pese a las potentes luces blancas frontales que llevábamos. Para mí la única solución era seguir las luces rojas que iban enfrente y confiar en no pillar un bache de importancia, porque podía irme al suelo. Tuve suerte, pues baches los había, y muchos, en la carretera de salida de Mortagne.

Casi estábamos deseando subir, pues bajando el cuerpo se quedaba frío y no daba tiempo a ver por donde se circulaba. El casco me estaba haciendo más perjuicio que beneficio, porque su ínfima visera no servía para quitar la lluvia, mojándoseme más las gafas e incrementando la posibilidad de caída. Al llegar al próximo control, en Villaines, me puse la gorra con visera, que me permitió ver mucho mejor, me hizo sentir más seguro y avanzar con más decisión.

Tampoco podías seguir a otros ciclistas para que te quitaran el viento, pues te echaban unas cantidades insoportables de agua en la cara y el cuerpo. No todos llevaban guardabarros y esos estábamos muy codiciados.

Hubo un momento en el que la lluvia era tan fuerte y la riada que venía por la carretera abajo tan enorme, que pensé que la prueba se iba a suspender. Las noticias en los días anteriores sobre inundaciones en Europa me hacían pensar que estábamos ante un episodio de ese tipo y que en el siguiente control nos iban a decir que nos fuéramos para casa. Pero no fue así.

En Fresnay sur Sarthe (195 kms) paramos Paco, Ramón y yo a tomar un café (Josu y José siguieron camino), estaba amaneciendo y éramos los primeros clientes de un sonriente camarero que sabía que esos días iba a hacer caja. En el servicio me desnudé y escurrí la ropa que llevaba puesta: salía agua como si la acabara de sacar de una lavadora con el centrifugado estropeado. Me quité, solo momentáneamente, unos cuantos kilos al escurrir toda esa pesada agua.

Villaines la Juhel-Fougeres (km. 310)

Juan, calado hasta la médula, a falta de “sólo” 1002 kms. para la llegada


En Villaines la juhel (222 kms) pasamos un control y vimos por primera vez en ruta a los compañeros del apoyo. Estos sólo nos podían apoyar en los controles, en el resto del recorrido tenían prohibido el acceso y si les pillaban nos supondría a nosotros una penalización de tiempo importante.

Edu había abandonado, no se encontró bien y lo dejó. Había salido antes que nosotros, para realizar la ruta de 80 horas. Nos acompañó hasta el siguiente control en bici, ya liberado de tener que llegar a una determinada hora.

El apoyo nos había preparado un desayuno. Me lo tomé con auténtica voracidad. Me cambié algo de ropa seca, aunque no me serviría de mucho, porque siguió lloviendo intermitentemente.

Me cuentan que está haciendo la ruta el lehendakari Ibarretxe, junto a dos escoltas. Yo no le llego a ver en toda la ruta, pero otros compañeros sí, y dicen que va a un ritmo muy bueno, muy regular. Según dicen, Ibarretxe no es especialmente abierto, pero sin embargo habla con amabilidad a todo el que le dirige la palabra. Más tarde bromeamos acerca de lo mal pagado que debe estar el trabajo de los escoltas, porque no hay dinero que pague lo que aquí se está pasando con esta climatología tan adversa.

Fougeres-Tinteniac (km. 364)

Control en Fougeres. En los controles, una persona te pasa la tarjeta magnética por un lector y la información queda reflejada de inmediato en internet, de este modo tus amigos y familiares pueden seguir tu devenir al momento. También te sellan en el cuaderno de ruta, especificando la hora de paso.

Reponiendo fuerzas en Fougeres, bajo una parada de autobús


Es la hora de comer, y el apoyo ha montado el tenderete bajo una parada urbana de autobús, para evitar la lluvia. Allí comemos, cogemos avituallamiento líquido y sólido para llevar y nos disponemos a hacer los 140 kilómetros que restan hasta Loudeac (km. 450), para dormir allí, con un control intermedio en Tinteniac. El plan inicial era haber llegado hasta Carhaix (km. 525) a dormir, pero la lluvia y sobre todo el viento de cara nos están frenando y eso significará que a partir de Loudeac iremos con la hora muy justa, pues si no pasas un control a la hora prefijada, no te homologan la ruta.

Los más veteranos de la prueba te cuentan que no han visto una PBP con una climatología tan nefasta como esta, así que nos ha tocado estrenarnos en unas condiciones nada amables. Esto me lo cuentan incluso personas de otros países con los que hablo y que han participado en otras ediciones. Ellos hablan mucho de los años de calor, a lo que son muy sensibles, pero era otro tipo de padecimiento, no había esta mezcla de viento y lluvia que te frenaba.

Tinteniac-Loudeac (km. 450)

En este tramo intento pegarme a algún grupo que vaya a un ritmo majete. No me veo muy mal pese a los kilómetros que llevo, estoy comiendo bien, bebiendo mejor y estirando los músculos siempre que puedo. Voy durante un rato con un grupo de daneses a los que paso también algún relevo, para que no se diga. El caso es que en las subidas un poco más exigentes ralentizan mucho el ritmo, demasiado para mí, que decido tirar hacia adelante. Esto es algo muy común, es difícil pillar un grupo que sea el que realmente te conviene. Unos porque van demasiado ligeros, otros porque van a tirones, otros porque van muy lentos, otros porque se duermen en las subidas. Y los continuos cambios de orografía tampoco permiten que los grupos permanezcan unidos y se pueda hacer causa común durante mucho tiempo.

Uno de los pocos momentos que no llovió, aunque al fondo ya se veía el cielo gris oscuro-negro

Más adelante encuentro a Josu, que iba por delante. No le veo muy fino, sobre todo no le veo con la euforia que suele llevar cuando va en bici y eso me escama. Le paso relevos, pero aunque no fuerzo, se me queda. Algo le pasa, este no es el Josu que yo conozco. Intento ir con él, para que no se sienta solo, pero veo que no va cómodo tampoco así, que necesita llevar su propio ritmo.

A 10 kilómetros de Loudeac vemos los primeros ciclistas que ya están de vuelta, o sea que llevan, los muy brutos, unos 785 kms. mientras yo llevo 440. Son gente que se van a hacer la PBP de un tirón, sin dormir ni una sola vez, como los pioneros. Pero claro, hay que tener piernas y energía para eso.

Tras sellar, vamos al camping de Loudeac, donde vemos a Antonio que ha abandonado, cansado de ir solo en su lucha por hacerlo en 80 horas, de luchar contra los elementos y encima yendo muy justo para llegar a los controles. Los dos compañeros que se apuntaron para hacer la prueba en 80 horas han tenido que abandonar. Parece que este no era el año para intentar esa gesta.

Mientras cenamos nos cuentan que nuestros amigos salmantinos del tándem tampoco van finos, que tienen problemas físicos. Josu dice que no le ve sentido a seguir en ruta. El desánimo cunde. Está lloviendo, la ropa está húmeda, uno se queda frío al quedarse parado, las tiendas de campaña están húmedas también por dentro, porque el camping es un lodazal inundado por dos dedos de agua y la lluvia se mete por todos lados. Ramón el salmantino tiene el gesto torcido, parece estar sufriendo lo indecible, aunque en su vocabulario aún no aparece la palabra abandono.

Yo no tengo intención alguna de abandonar por el momento. Las piernas aún las tengo bien, pues no he abusado de desarrollo en ningún momento, el cuerpo me responde, tengo hambre a la hora de comer (señal inmejorable de que la pájara anda aún lejos), y he usado mucho tiempo durante el año para estar aquí como para abandonar a las primeras de cambio. Hay que seguir intentándolo. A Josu le convencemos para que siga también, o al menos para que no tome decisión alguna aún, hasta el día siguiente, para que vea como está después de dormir.

Loudeac-Carhaix (km. 525)

Después de 26 horas de pedaleo y más de 40 horas sin dormir, sólo tenemos ocasión de conciliar el sueño durante cuatro horas, pues tenemos que sellar en el control de Carhaix antes de las 10,25 del miércoles y nos separan 75 kilómetros. Sin embargo, parece mentira lo que esas cuatro horas de sueño reponen, pues nos sentimos fuertes como toros y salimos muy enteros, en un tramo mañanero que llueve con menos fuerza y que permite disfrutar del pedaleo, pese a un buen número de cuestas de importancia. Eso si, los huesos un poco entumecidos por la humedad del suelo de la tienda y del saco de dormir. Todo está húmedo. El asfalto también.

Un buen maletín delantero te puede evitar pérdidas de tiempo en más de una ocasión


Cuando salimos a las 6 de la mañana, pensamos que vamos a ir casi solos, pero estamos confundidos, hay ciclistas por todos lados: por delante, por detrás, ciclistas que nos pasan, ciclistas a los que pasamos, muchos ciclistas que vuelven ya. Josu se vuelve a reencontrar y se nos escapa por delante.

En Corlay (km. 490) tenemos un control secreto que la organización tiene preparado. En ese momento está chispeando, así que se agradece entrar durante un momento en un sitio seco, pero también es cierto que vamos pensando en llegar a tiempo a Carhaix, así que no sienta bien esta pérdida de tiempo. De todos modos, tiene uno la sensación de que a medida que pasaban los kilómetros, la lluvia cada vez importaba menos. Indudablemente seguía siendo molesta, no te dejaba ver bien, te hacía tomar más precauciones y por ello a ir más despacio, no te permitía seguir a rueda de otros ciclistas, pero quiero decir que cada vez importaba menos porque a base de notarla caer durante tanto tiempo, uno se acostumbraba a llevarla puesta, a ir mojado y a tener que pedalear como método de quitarse el frío.

Mucho peor era el viento que, aunque no soplaba siempre con la misma intensidad, hacía más duro el avanzar. De ese modo, un llano te suponía un esfuerzo similar al de una ligera subida, y en las bajadas sin mucha pendiente, había que pedalear con cierta intensidad para alcanzar la sensación de que estabas bajando. Todo eso, lógicamente, iba minando las cada vez más escasas reservas de energía.

A unos 40 kilómetros de Carhaix nos pasan José y Paco como una exhalación a Ramón y a mí, diciéndonos que apretemos, que vamos en tiempos para entrar fuera de control. No es esa la sensación que tengo yo, así que vuelvo a mirar la hora y los kilómetros que nos faltan y veo que no, que vamos bien, con una cama de media hora, así que se lo digo a Ramón que se queda también tranquilo el hombre. No estoy dispuesto a pegarme ningún exceso apretando el ritmo más de lo necesario, tengo un respeto, por no decir miedo, enorme a esta prueba y guardo la secreta sensación de que toda fuerza malgastada me puede pasar factura más adelante. Por lo tanto, continúo con mi ritmo cansino pero constante en pos del control de Carhaix. Para una prueba de la calidad y del esfuerzo de la PBP es imprescindible ir cómodo en todo momento con el ritmo que llevas, a veces incluso a costa de no ir durante un tramo con tus propios compañeros. Cada detalle que te permita ahorrar fuerzas o avanzar a gusto con el uso imprescindible de las tuyas, tiene que ser usado y aprovechado en pos de conseguir acabar la prueba en el tiempo previsto.

Carhaix-Brest (Km. 615)

Llegamos con la prevista media hora antes del cierre de control a Carhaix y partimos hacia Brest, tramo que hago sin compañeros, pues unos van por delante y otros por detrás. Entablo conversación en inglés con un ciclista francés de Toulouse, que también ha perdido a sus compañeros, dice que por haberse quedado dormido más de la cuenta, y se nos pasa sin darnos cuenta la mitad del recorrido a Brest con la charla. Hablamos de sensaciones, de experiencias, de como resulta ir en bici por un país y el otro, de la práctica ausencia de arcenes en las carreteras francesas, de las pruebas que hay en España y de las que hay en Francia, también saco yo el tema del ciclismo urbano, de la reglamentación ciclista, la comparamos, la estudiamos. El caso es que el tiempo se nos pasa volando.

Dos representantes nipones

Esto de hablar de vez en cuando con el resto de los ciclistas lo considero algo primordial. En primer lugar, porque es enriquecedor conocer las opiniones y costumbres de ciclistas de otros países y culturas. En segundo lugar, porque uno de los peores riesgos que le veo a esta prueba es el aburrimiento, que te puede llevar a la apatía, de ahí a la negatividad y de ésta al abandono. Pero claro, para ello es necesario conocer idiomas. Con el inglés te puedes entender con la mayoría de los no franceses y con algunos franceses. El francés es, lógicamente, interesante para hablarlo con los ciclistas del país y con los voluntarios y otros personajes del mundillo de esta prueba.

No llueve apenas en este tramo e incluso sale el sol tímidamente de vez en cuando, eso anima mucho y te hace darte cuenta de lo fantástico que debe ser hacer esta prueba con una climatología más favorable. Si a eso se le une que se circulaba rodeado de bosques, no era raro que echara de menos mi cámara de fotos en esos tramos, para haber podido reflejar todo lo que estaba viendo, pero la tuve que dejar con los del apoyo, por miedo a que se mojara.

La llegada a Brest es preciosa, con las vistas del puente de la ría que desemboca al mar, y la bahía. Eso sí, con un aire que sigue pegando en contra o lateral, generalmente muy fuerte. La cuesta arriba de llegada al control de Brest es de las buenas, con un desnivel fuerte, pero me la subo cómodo, sin forzar.

Juan a su llegada a Brest. Semblante serio, cansado, pero satisfecho.


Al llegar al control de Brest no puedo evitar hacer comparaciones. El tramo Paris-Brest que he hecho es una distancia similar a la que hay desde Madrid a Barcelona, y lo he hecho en un periodo de tiempo relativamente corto. Esto me hace sentir la magia de la bicicleta, el tremendo poder que tiene como medio de transporte también para distancias largas.

Devoramos la comida, repitiendo plato para coger la mayor cantidad de energía posible. Josu nos cuenta su insólita conversación con el lehendakari durante este último tramo y nos reímos un rato. El ambiente de la comida es extraordinario y la moral está alta. El sol está calentando, secando nuestro cuerpo y nuestra ropa, al menos por el momento.

Reponiendo fuerzas en Brest. Juan muestra su inseparable credencial, compuesta de tarjeta magnética, cuaderno de sellaje manual de control y ruta de localidades de paso.


Brest-Carhaix (km.700)

Salimos esperando encontrar a favor el viento que hemos llevado en contra durante toda la ida. Así es en ocasiones, y se nota, pero a veces rola a norteño, o sea frío y lateral, que también nos dificulta avanzar.

Psicológicamente es gratificante empezar a “volver”, ya parece que todo es restar en vez de sumar como hasta ahora. Además, pasas por lugares que reconoces de cuando has ido hacia Brest y que el terreno te resulte familiar también ayuda.

Se ven cosas muy peculiares en ruta. Algunas muy duras, como gente parada en las cunetas, apoyados en sus bicis, medio mareados o medio dormidos; gente que al llegar a los controles no sabe ni para donde ir, como zombies, andando con dificultad y con la cara desencajada. Durante la ruta les conté a mis compañeros lo que me había impresionado ver así a la gente, y uno de ellos me dijo: “bueno, deberías verte tu mismo” (glups). También ciclistas dormidos en sitios inverosímiles: encima de la hierba mojada, sobre un bordillo, una postura casi de equilibrista sentado en su bici y con la cabeza apoyada en una farola… Pero sí, quizás debería hablar de mi mismo. No recuerdo haberme visto tan al límite como otras personas que observé, pero si recuerdo algunas escenas, como cuando tuve que recibir la ayuda de los controladores en una ocasión para sacar el carné de ruta y la tarjeta de mi bolsa de credenciales, porque me costaba mover los dedos por la humedad y el frío. También recuerdo los últimos días escenas patéticas al bajarme de la bici, pues parecía tan acoplado a ella, que al bajarme parecía que me iba a caer al suelo. Y luego está lo del último día y mis gafas, pero eso vendrá después...

Dos tandem reposando en una parada para el café

Llegando a Carhaix empieza a llover de nuevo, para no dejarlo en toda la noche. Allí nos enteramos que Gene y Juanal, los compañeros salmantinos que estaban haciendo la ruta en tándem, han abandonado. La lista de abandonos es ya grande en las filas salmantino-madrileñas, pero los de 90 horas seguimos, por el momento, todos en liza.

Carhaix-Loudeac (km. 775)

Desde el control de Carhaix les contamos por teléfono a los del apoyo que no sabemos donde está Josu, que creemos que está por detrás, pero que no estamos seguros. Ramón dormita sobre una mesa, yo intento poner en orden mis ideas y estirar un poco las piernas, que me empiezan a doler por primera vez en la ruta. José inquieto, pues ya se estaba quedando frío. El apoyo nos cuenta que no esperemos a Josu, que sigamos. No sabemos como interpretarlo, si es que Josu ya está por delante o si ha abandonado. Luego sabremos que llegaría unas dos horas después que nosotros a Loudeac, destrozado, con múltiples problemas físicos, donde abandonaría.

Al salir de Carhaix sigue lloviendo. El tramo Carhaix-Loudeac es de los peores que recuerdo de la ruta. No dejó de llover durante toda la noche, el desnivel era un continuo sube y baja que había que ir adivinando según las piernas te dictaban, porque al ser de noche la vista no te permitía ir definiendo las marchas a utilizar en razón del perfil visual.

Algunos tramos del paisaje eran bonitos, aunque no hubo mucha ocasión de disfrutarlo

Ramón y yo nos quedamos solos y decidimos unirnos a un grupo muy numeroso de luces blancas y rojas (no se veían caras ni bicicletas a esas horas y con esa lluvia, sólo luces) comandados por un grupo joven de ciclistas vascos con los que hicimos buenas migas. El ritmo era fácil de seguir y nos iba bien, porque faltaban aún muchos kilómetros para acabar el día, estaba lloviendo y eso lo hacía más duro, podíamos perdernos y era mejor ir con un grupo numeroso y, sobre todo, la PBP no acababa ese día, no podíamos permitirnos llegar desfondados por la noche si queríamos salir con ganas de seguir al día siguiente. Por lo tanto, nos amoldamos al ritmo del grupo cabecero, pero a una marcha asumible. Aún así se nos acabó haciendo duro por la lluvia, por el terreno y por el cansancio acumulado.

Llegamos al camping de Loudeac a eso de la 1,30 de la madrugada y nos duchamos. Me resultaba extraño ducharme con lo húmedo que estaba de toda la lluvia que nos había caído, de hecho, tenía los pies blancos y arrugados, pero lo cierto es que el agua caliente le sentaba bien al cuerpo. Dimos cuenta de una pequeña cena y a la misma tienda de campaña húmeda del día anterior, que parece que hubieran pasado varios días y en realidad habían pasado sólo 24 horas. Pese a la humedad, dormí profundamente, aunque sólo dos horas y media, pues de nuevo había que salir temprano para llegar a sellar a las 12 a Tinteniac.

Loudeac-Tinteniac (km. 860)

El jueves era primordial para acabar la París-Brest. Si llegábamos por la noche a una hora prudente a Mortagne au Perche, el viernes podía ser un paseo triunfal de entrada a París. La idea era llegar a Mortagne a eso de la 1 de la madrugada como máximo… pero aún tenían que pasar muchas cosas. Eran “sólo” 310 kilómetros a realizar en el día. El sueño había sido reparador, pero las piernas ya dolían de verdad y el tiempo seguía sin acompañar.

El tramo hasta Tinteniac se hizo bastante bien, dado que estábamos con la frescura del descanso, acompañados buena parte del tiempo de un grupo numeroso, que iba a un ritmo bastante constante.

Los siempre llamativos tándem

Poco rato después pasamos un nuevo control secreto en el que sólo paramos lo imprescindible, llegando a Tinteniac poco antes de las 12 de la mañana. La mañana está muy plomiza, con aire lateral del norte y chispeando de vez en cuando.

En Tinteniac se rumorea que pueden ampliar el margen de llegada a París a una o dos horas, debido al terrible estado del tiempo durante toda la ruta. Le pregunto a un controlador y me suelta tajante que a él no le han dicho nada, así que prefiero ignorar este y otros rumores y seguir con el plan previsto.

Tinteniac-Fougeres (km. 917)

Son sólo 56 kilómetros hasta el próximo control, así que los afrontamos con ganas, yendo a una velocidad aceptable.

Durante unos cuantos kilómetros lidero un numeroso grupo, mientras rodamos a un ritmo ligero para estas alturas. Me acompaña en paralelo un gallego residente en Mallorca, con el que ya he coincidido varias veces en la ruta. El hombre anda un poco mosca con sus compañeros de hazaña por no sé que razón, así que agradece un rato de charla para olvidarse de los malos rollos. Tuvo una avería que solucionó comprando una rueda nueva, por lo que anda retrasado con respecto a como querría ir. Ya en un par de ocasiones me dijo que no veía claro que pudiera llegar a los controles y en ambos casos le tranquilicé explicándole que, según mis cuentas, y salvo percances, estábamos en los tiempos. Hablando descubrimos que había leído mi crónica sobre mi ruta cicloturista a Cuba en amigosdelciclismo.com y tenemos una charla agradable que termina cuando se me sale la cadena en un repecho y él continúa pedaleando.

A medida que avanzaba la prueba se incrementaban los gestos de solidaridad. El ambiente que tiene la prueba es algo que te mantiene vivo. Toda esa gente animando, toda esa gente colaborando, las múltiples mesas al borde del camino con gente ofreciéndote café, chocolate caliente, lo que tienen más a mano. Todo eso te emociona, te hace sentirte más fuerte y obligado a responderles con tu pedaleo y, cuando menos, con tu sonrisa.

En los lugares más insospechados había gente animando y aplaudiendo

Lo cierto es que al principio de la ruta respondía ante los halagos y aplausos con un saludo con la mano, un “merci” y una sonrisa. Más adelante, cuando el cansancio empezó a hacer mella, la mano se quedaba en el manillar y sólo decía un tibio “merci” y una sonrisa siempre sincera. El tercer día ya me ahorraba también el “merci”, pero siempre, siempre tuve al menos una sonrisa, que espero no pareciera muy forzada, para esa gente que te animaba y ayudaba de forma tan desinteresada.

Fougeres-Villaines la Juhel ( km. 1003)

Llegamos a Fougueres a eso de las 3 de la tarde del jueves. Comida de nuevo bajo la misma parada de autobús, que nos protege de la lluvia que sigue cayendo. Yo como con ganas y abundancia y estoy deseando salir para no llegar muy tarde.

Me cuentan que por la tarde tenemos que hacer 170 kms. y me asusto. Cuando yo salgo a hacer desde mi casa 170 kms. me parece una distancia respetable para hacer en un día y necesito un buen número de horas para acometerlo. Ahora tengo que hacerlo en una tarde, con una paliza de más de 900 kilómetros en el cuerpo, mojado, la salida es cuesta arriba y además habiendo hecho ya ese mismo día unos 140 kms. Es uno de los momentos mentales más frágiles de mi PBP. Tengo que echar mano de toda mi parafernalia de pensamientos positivos. Pensar sólo en el próximo control, el de Villaines, no en el total. Pensar sólo en pedalear, comer, beber, pensar que sólo quedaba un día, en mirar el paisaje, fijarme en las bicicletas de los otros ciclistas, en su indumentaria, charlar con algunos de ellos, etc.

Cuando llevas la cabeza torcida yendo en bici, es que algo va mal


La mente es muy importante en esos momentos. Son tantas horas encima de la bici que te da para pensar muchas cosas y si dejas que el mono loco de la mente se vaya por donde quiera, en seguida lo vas a empezar a ver todo muy negativo, así que había que estar continuamente contradiciendo las malas sensaciones. Ante el “que frío hace” el “pedaleando voy calentito”. Ante el “cuanto llueve” el “ha llovido tanto que seguro que ya lo deja y además, pese a la lluvia, aquí estoy”. Ante el “vaya cuesta arriba se nos viene encima” el “luego vendrá una cuesta abajo” Así todo el rato, una lucha contra el tiempo, contra los elementos y, además, una lucha continua contra tu propia mente.

En cuanto al físico, todo se limitaba a pedalear con plato pequeño y cadencia alta en las subidas más fuertes, plato mediano en el llano y dejarse caer en las bajadas, aprovechando para hacer algún estiramiento, tanto en las piernas como los lumbares, los brazos y la espalda. El plato grande (llevaba triple plato), no recuerdo haberlo puesto en los dos últimos días de la prueba.

Así se me pasaron muy bien los kilómetros y fui cogiendo ritmo. Más adelante alcanzo a Paco, que va despacio, me cuenta que no va muy fino, que no le entra muy bien la comida, que le duele el talón y no sé cuantas cosas más. El hombre está quejoso, no se siente bien. Vamos juntos hasta Villaines, donde nos alcanza Ramón.

Paco empapado en agua, recién llegado a Fougeres, a la vuelta. Usar gafas era un mal asunto, porque el agua las mojaba y no permitía una visión segura.


Villaines la Juhel-Mortagne au Perche (km. 1085)

Llegamos al control de Villaines con lluvia y salimos con lluvia. Nos tememos lo peor: otra noche lluviosa como la anterior, pero ahora nos quedan más kilómetros y es más tarde. Paco nos conmina a que vayamos juntos, que la noche es dura y que estando juntos puede ser más llevadero.

Este tramo se me hizo eterno y para mí lo más duro de la PBP. Seguramente acusamos las paradas y los momentos que uno mismo podría haber seguido pedaleando. Yo paraba más que el resto a orinar y el resto hacían largas paradas para tomar café que yo no hubiera hecho. Recuerdo una parada en el mismo bar en que nos detuvimos a la ida, en la que Paco tomaba un café y Ramón se echó a dormir en una escalera, que yo no hacía nada y me estaba quedando frío. Es discutible si es más eficaz ir en equipo o a tu propio ritmo en una prueba como esta, creo que depende mucho de los momentos y, en definitiva, pienso que, si al final lo acabamos todos, seguramente hay que darlo por bueno.

En esta parada del bar que acabo de comentar, recuerdo una escena de la que ahora me río al imaginármelo, pero que en el fondo es patética. Saqué un sándwich de los que nos preparaban los del apoyo, que estaba empapado en agua. Por mucho que fuera envuelto en un plástico, al llover tanto el agua acababa colándose por cualquier resquicio. No hay nada más asqueroso que un sándwich completamente empapado de agua, pero era mi último sándwich y yo tenía que comer. Por lo tanto, no se me ocurrió nada más que cogerlo con las dos manos y escurrirlo como si fuera un trapo mojado, chorreando buena parte del agua. Quedó como un rollo de primavera, aún húmedo, eso sí. Y así me lo comí, sin mirarlo, sólo pensando que era alimento. No me supo tan malo. A buena hambre, no hay pan duro.

En Mamers, a 25 kms. para llegar a Mortagne, Paco nos pide que paremos a tomar otro café que ofrecen unos voluntarios en el borde de la carretera. Yo no tomo café, porque increíblemente no tengo problemas de sueño, pero aprovecho para comer una barrita energética, sentado en un bordillo, al otro lado de la calle. Al rato me llama Ramón, pues Paco está sentado en una silla, mareado, no puede levantarse. Le decimos que si llamamos a la furgoneta para que vengan a recogerle. Dice que no, que sigue en un momento, como así es. Vamos despacio y un tanto asustados.

La bolsa-alforja era la almohada preferida de los que reposaban a los bordes del camino


La noche nos ha respetado a ratos en cuanto a lluvia se refiere, pero al ir llegando a Mortagne comienza a llover de nuevo con ganas, justo en lo peor, en un tobogán de subidas y bajadas.

Llegamos a las 3 y 20 (2 h. 20’ después de lo previsto). Ramón y Paco deciden irse a dormir, sin pasar a cenar. Yo prefiero cenar algo, por poco que sea, pensando en el día siguiente. Sólo dormiremos una hora y media, pero siempre es reparador dormir algo, por poco que sea. Dormí en el total de todos los días de la PBP un total de 8 horas solamente, pero las circunstancias así me obligaron.

Mortagne au Perche-Dreux (km. 1185)

Cuando suena el despertador del reloj me aseguran que dije lastimosamente: “¡Misericordia!”. Yo no lo recuerdo, solo recuerdo estar totalmente grogui. Me muevo a impulsos, como un autómata, es la primera vez que me pasa esto al despertarme en estos días. No dormir suficiente es insano. Desayuno todo lo que puedo, pues sigo con miedo a ese desfallecimiento del que tanto se habla y que aún no me ha venido. Me monto en la bicicleta de manera mecánica y me pongo a pedalear como si nunca hubiera dejado de hacerlo. No sé por donde voy, si voy al este, al oeste o en dirección contraria a la que debería ir, sólo sigo las luces rojas de otras muchas personas que también salen a las 6 de la mañana para llegar a tiempo a sellar a Dreux a las 10,40. ¿Pero es que nos ponemos todos de acuerdo para salir a la misma hora o es que hay tanta gente pedaleando que las carreteras siempre están ocupadas por estos locos en bicicleta?

Es todavía noche cerrada. Veo borroso por el ojo izquierdo, no me he podido lavar la cara y me da la sensación de que tengo todavía una legaña pegada al ojo. Me la intento quitar, pero no hay manera, sigo viendo mal. De pronto me doy cuenta de cual es el problema: se me ha caído de la gafa el cristal izquierdo en la tienda de campaña durante la noche. Voy con la vista bizca. Me tengo que quitar la gafa, es peor mirar bizco que miope. Nadie me puede ayudar, es demasiado tarde, tengo que afrontarlo como pueda.

En los controles se veían estas estampas que recordaban a los campos de batalla desolados

Quien no sea miope quizás no lo entienda, pero un miope sin gafas, además cansado y además con sueño tiene todas las papeletas para tener, cuando menos, un susto sobre la bici. Si a esto le unimos que el número de alcantarillas sin nivelar con la calzada y de baches es enorme, se puede entender que tuve que ir frenando en las cuestas abajo, porque no veía los agujeros hasta el último momento. Para mi desgracia, cuando empezó a salir un poco la claridad, saqué mis gafas de sol graduadas del bolsillo y se me cayeron al suelo, pasando por encima de ellas el ciclista que venía a mi rueda y destrozándolas por completo. No me lo podía creer. Me sentía desconsolado ¿Sería capaz de hacer tantos kilómetros viendo tan mal? Una vez más los pensamientos positivos: Si veo a mis compañeros estos me pueden ayudar; puedo seguir a un grupo que me guíe para no perderme, no vaya a ser que me pase alguna de las flechas de indicación. Pese a todo, me “como” unos cuantos baches y alcantarillas en mi recorrido, aunque afortunadamente no pasa nada, sólo un pequeño llantazo en la rueda delantera. La diosa fortuna estuvo a mi lado.

Dreux-St. Quentin en Yvelines (km. 1227)

Llegué a Dreux a tiempo de sellar, aunque casi me pierdo al entrar en la ciudad, precisamente porque no veía bien. Paré lo imprescindible en el control y salí con José y Paco, para no perderme, pero iban más fuertes que yo en las cuestas arriba y se me fueron, quedándome solo y sin lazarillo de nuevo. Este tramo me lo tomé ya mucho más tranquilo, iba en tiempo y tenía mucha inseguridad al no ver bien.

No sé si por dormir poco, por verlo todo borroso o por las dos cosas, pero este día sí que me entraba sueño y, aunque parezca increíble que a uno se le cierren los ojos montando en bici, de vez en cuando se me cerraban y tenía que hacer auténticos esfuerzos para mantenerlos abiertos. Un canadiense estaba tirado en la hierba a sólo 40 kilómetros de la meta echando una cabezadita, se ve que ya no podía más. La postura en la que se había puesto a dormir y como había dejado la bicicleta, podría dar a pensar que se había caído, pero no es la primera vez que pienso eso y, sin embargo, es simplemente gente que está durmiendo un poquito, que se deja caer tal cual, según paran.

Ciclista descansando al lado de la carretera, sobre la hierba mojada

Los últimos 30 kilómetros fueron una sucesión de repechos bastante puñeteros, pero el ritmo que llevaba me permitió tomarlos con filosofía. Incluso a 15 kms. para la llegada paré cinco minutos a comerme un sándwich, esta vez seco. Menos mal.

A unos 20 kilómetros de la llegada, en un fuerte repecho rodeado de bosque, un señor tocaba una campana al paso de cada ciclista, como se hace en los estadios de atletismo en la última vuelta. A mí, que he sido atleta en mis años mozos, me rememoró una agradable sensación de sentir que esto se estaba acabando, que estaba llegando. Le di las gracias cuando tocó la campana a mi paso y me regaló una muy amable sonrisa. Luego un ciclista francés que iba tras de mí, me contó que el hombre de la campana se pone ahí todos los años, que es un clásico de la PBP.

En los últimos 10 kilómetros los ciclistas me empiezan a pasar escopetados, se ve que tienen prisa por llegar, por robar unos minutos, o porque vayan muy justos de tiempo. Yo no tengo prisa en absoluto. El objetivo ya está cumplido, voy a llegar de sobra, así que voy tranquilo, para evitar caídas, para no machacarme más y para hacer más largo este momento de disfrute. Al fin y al cabo, ésta no es una prueba competitiva. Como no podía ser menos, y pese a que apenas había llovido en toda esa mañana, en los últimos kilómetros el cielo suelta un chubasco de vez en cuando para que lleguemos bien mojaditos. Pero ya me da igual.

Mezcla de alegría y fatiga de los ciclistas a su llegada a París, mientras son vitoreados por el público

A 10 kilómetros de la llegada un inglés está desesperado porque la cadena de su bicicleta le pega unos chasquidos tremendos cada vez que pedalea. El hombre está muy inquieto, porque esa distancia que le queda le podría suponer no llegar a tiempo si no repara la avería y sólo repite una y otra vez en inglés: “esto no me había ocurrido antes”. Al final sé que lo repara, porque me coge en los últimos 500 metros y, como el resto de los ciclistas, me pasan raudos y veloces.

Lo que le ha pasado a este ciclista me hace pensar en la suerte que he tenido a nivel de averías y de pinchazos: ni uno solo. En muchas ocasiones vi a ciclistas que estaban reparando un pinchazo de noche y lloviendo, enchufando como podían con las luces para ver algo y daba gracias a Santa Rueda por no tener ese tipo de percances.

La llegada y conclusión

La entrada a la rotonda de llegada es imposible de calificar. Al primero que encontré fue a Edu, antes justo de la rotonda, que me hacía fotos y me gritaba con júbilo que lo había hecho muy bien. Pero la apoteosis fue al entrar a la rotonda. Por avatares del destino y de pararme en los semáforos cuando estaban en rojo (cosa que no hicieron unos españoles que iban conmigo y que se adelantaron) llegué sólo a la meta por lo que, al entrar en la plaza, de pronto escuché un gentío que aplaudía, vitoreaba, hacía fotos y aclamaba a alguien… ¡Era yo! No veía a los que me aplaudían con claridad, al ir sin gafas, solo bultos multicolores, pero les oía y sólo se me ocurrió sonreír hacia un lado y otro lo mejor que la emoción me dejaba hacerlo. Luego el trámite de entrar al campo donde se dejaba la bici, sellar y recibir las felicitaciones de todo el mundo, brindar con champán con los compañeros y soñar con dormir, dormir como un lirón durante varios días.

Llegada de Juan, sin gafas, un tanto desorientado y emocionado

En definitiva, es una lástima que el tiempo no nos permitiera disfrutar un poco más de la ruta. Aun así ha tenido muchos momentos interesantes y emotivos, haciendo de esta ruta una experiencia única en mi vida. 




Esa fue mi crónica de la PBP de 2007. Llegué en 88 horas y 45 minutos. 1 hora y 15 minutos antes del cierre de control. Tiempo de sobra. No era consciente entonces de lo que había hecho, simplemente acabándola. 

Lo que es incomprensible, es que llegué convencido de que no volvería, de que una de las razones que más me llevaron a continuar en los momentos difíciles era que, como no iba a volver a hacer la PBP, esta vez tenía que acabarla. Sin embargo, al día siguiente mi mano escribía, según la experiencia aprendida, consejos para dentro de cuatro años, con la excusa de que podían servir para otras personas, pero en el fondo sé que los estaba escribiendo por si volvía yo mismo. Y así fue, volví a hacerla en 2011, y esa vez sí que la disfruté, sin apenas lluvia y con Javier Arias de compañero, fue una experiencia muy distinta, reconfortante. Y esa si fue la última. Luego vendrían, y vendrán, otros retos, otras experiencias. No soy de los de repetir lo mismo muchas veces.

Una cosa que me llamó la atención al publicar la crónica es que hubo gente que me dijo que le había animado a probar la larga distancia. Yo no lo entendía. Había mostrado lo apocalíptico que había resultado con esa horrible climatología, pero sin embargo animaba a la gente a probarlo. Definitivamente somos un poco masocas.

miércoles, 27 de diciembre de 2023

La caída de Zulle


Desfiladero de Teverga

Cuando voy haciendo una ruta en bicicleta, me gusta detenerme de vez en cuando. No necesariamente por estar cansado, sino para asimilar lo que acabas de ver, e incluso para disfrutar de otro modo el lugar en que te detienes, saboreando la quietud, la contemplación, el paso de los minutos.

Senda del oso

Al salir un momento de la carretera del desfiladero de Teverga, en Asturias, fue cuando descubrí la Senda del Oso. Me pareció un lugar conmovedor, bello, tranquilo, en el que convivían las hojas caídas del anterior otoño, los setos eternamente verdes y los árboles de gigantescas proporciones. La seguí un rato, dejándome llevar por su vista y sus sonidos. Dejé la bici apoyada a un lado del camino y, antes de volver a la estrecha y también tranquila carretera que iba pegada a la senda, decidí inmortalizar el lugar con una imagen, usando el disparador automático de mi cámara. Estamos hablando del año 1994, así que no había móviles con cámara, por supuesto, pero tampoco cámaras digitales, que yo sepa. Yo llevaba mi magnífica, y pesada, cámara réflex analógica.

Al empezar a pedalear de nuevo, me di cuenta de que uno de los rastrales del pedal iba suelto: se le había caído un tornillo. Aunque lo busqué por si se hubiera caído allí mismo, no conseguí encontrarlo entra la hojarasca de alrededor.

Desfiladero de Teverga

Eran ya las cinco de la tarde, había pedaleado suficiente ese día y tenía que buscar un lugar donde acampar. Pero antes tenía que pasar por un pueblo con cierta entidad que tuviera un establecimiento donde conseguir un tornillo para el rastral, algo de comida y, que no falte, un poco de conversación, una más de las necesidades del cicloturista solitario.

No había nadie en lo que parecía ser un ultramarinos de la primera aldea que encontré. Una mujer que pasaba por la puerta, al ver que quería algo de la tienda, me pidió que esperara un momento. Fue a la esquina de la casa y llamó a gritos a la dependienta que faenaba en la huerta anexa: “¡Antonieta, que tienes a un forastero esperando en la tienda!” Antonieta vino, muy tranquila, limpiándose las manos en un mandil, y espantando en su camino a unos pollos que andaban sueltos por la calle. La mujer era rechoncha y alta y tenía un acento muy agradable, que debía ser el de la zona. Además de venderme algo de comida me indicó que quizás en Bárzana, un pueblo que había más adelante, podría encontrar el tornillo que buscaba, a la entrada de la localidad, en unos almacenes de materiales de construcción.

Al poco de salir del pueblo, veo un autobús que me quiere adelantar. La carretera es muy estrecha, así que me echo bien a la derecha, disminuyo la velocidad y le indico con el brazo izquierdo que pase. Al hacerlo, veo por las ventanas a unos críos que me miran con mucha curiosidad, debe ser un autobús escolar. Al rebasarme del todo, por el cristal trasero, dos chavales han retirado las cortinas para verme y me saludan con efusividad, yo les sonrío y les respondo al saludo con una mano, con la misma efusividad.

A la entrada de Bárzana de Quirós pregunto si tienen tornillos para el rastral. Cuando me empiezan a explicar que no tienen y que en el pueblo va a ser difícil conseguirlo, entran unos chavales que escuchan la conversación y uno de ellos, el más espigado, me dice que él tiene uno de su bicicleta y que me lo puede prestar. El señor que me ha estado explicando sobre la dificultad de encontrar ese tornillo en estos pueblos, sonríe y me dice – Pues ahí tienes la solución-.

Salgo con los chavales que me explican que son algunos de los que me han pasado en el autobús, que venían de una excursión, y que han venido corriendo a buscarme (algunos de ellos en bicicleta), en cuanto han pasado por casa. Ante mi negativa de aceptar su tornillo, quedándose su rastral sin él, me dice que no hay problema, que su padre luego le pondrá otro. Yo, que soy así de tontorrón, me emociono de la amabilidad humana. Le doy las gracias y me pongo la mano en el corazón, como si fuera a cantar un himno.

Aprovecho para preguntarles donde podría acampar, se miran unos a otros y Alberto, el más pequeño, proclama:

- Al lado de la escuela.

- ¿Y dónde está la escuela? Es que yo no conozco el pueblo, es la primera vez que vengo aquí.

- ¡Nosotros te llevamos! – gritan casi todos al unísono.

Y allá que voy, dirigido por una camarilla de chavales de entre 6 y 12 años, a los que se van uniendo otros por el camino.

Me llevan al colegio Virgen del Alba, que está en la parte baja del pueblo, cerca del río. Al lado del colegio hay un techado amplio con suelo de cemento, donde al parecer hay mercadillo de vez en cuando. Es un sitio perfecto, resguardado, tranquilo y no tengo ni que clavar las piquetas. Los críos me quieren ayudar a montar la tienda. Yo les dejo hacer, porque les hace mucha ilusión y me siento agradecido por haberme dado el tornillo. Miran todo lo que hago con mucha curiosidad: desmontar las alforjas de la bici, sacar e inflar la colchoneta, extender el saco de dormir, etc.

Los amables chavales de Bárzana que
me ayudaron a poner mi tienda de campaña

Se ve que había corrido la voz y comenzaban a venir algunos críos más, que suplían a los que por alguna razón se tenían que ir. Siempre había entre cuatro y ocho chavales por allí, pero todos muy educados, preguntando antes de tocar nada y pidiendo las cosas por favor.

Como ya han cogido confianza, empiezan las preguntas, algunas de ellas realmente graciosas:

- ¿Y no tienes casa donde vivir?

- Si, claro, vivo en Madrid, en un piso, pero he venido de viaje y acampo cada día donde puedo, pues no en todos los lugares por los que paso hay alojamientos.

- Eso me gusta- dijo uno de ellos- vivir como los nómadas.

- ¿Y te dejan tus padres irte por ahí con la bici? - me preguntó otro.

Entre risas le respondí que tenía 31 años, y que ya no vivía con mis padres. Se quedaron un tanto sorprendidos, no entendían muy bien que alguien que iba en bici, como ellos, fuera ya tan “mayor”, como para no vivir con sus padres.

Los más simpáticos eran Nuria y Alberto, que tendrían unos seis años. Pero, en general, eran todos encantadores.

Me preguntan también de dónde vengo y a donde voy. Con los ojos muy abiertos escuchan que he comenzado este recorrido en la desierta Sierra de la Cabrera, en Zamora, un territorio perdido del mundo. Que luego he continuado a Las Médulas, un lugar con la tierra de color anaranjado-rojizo, que fue una mina de oro en la época de los romanos, con cuevas y túneles excavados en la montaña por los prisioneros y los esclavos. Que luego he ido a los Ancares, donde la poca gente que vive por allí, lo hace en la misma casa con los animales y donde hay momentos que está todo tan vacío de gente durante tantos kilómetros, que te parece que te has quedado solo en el mundo. De ahí había pasado a Somiedo, donde hay unas lagunas en lo alto de la montaña con agua transparente. Eso último algunos lo conocían, pues les quedaba más cerca del pueblo.

Cuando les explico hacia dónde voy a continuar los próximos días, rápidamente me cuentan excitados que al día siguiente voy a subir la Cobertoria (8 kms. de subida, a casi 1200 metros de altitud). Allí en la bajada hacia Pola de Lena, el ciclista suizo Alex Zulle perdió la Vuelta a España hacía apenas un año, al caerse a la salida de una curva.

- La Vuelta al final la ganó otro suizo… ya se me ha olvidado su nombre- dijo uno de los chicos.

El ciclista suizo olvidado era Tony Rominger.

Cuando me cuentan todo eso me viene a la mente la imagen de Alex Zulle, entre la niebla y la lluvia yéndose al suelo. Lo vi en directo en televisión el año anterior y, seguramente, no fui el único que  lamentó esa caída, pues era Zulle una de esas personas que te caen simpáticas, que no parecía suizo porque estaba siempre sonriente. Además llevaba gafas, como yo, así que le comprendía aún más si cabe. Lo lamenté también porque parecía que a Zulle le acompañaba la mala suerte. Y esos, los perdedores por vocación, se llevan la simpatía del aficionado, que desea que, por una vez, estos ciclistas vean encumbrados sus deseos, ganando a las grandes figuras. Recuerdo escucharle a un buen amigo la frase: “Si alguna vez tiene que perder Induráin, que sea ante Alex Zulle”. 

Captura de pantalla del momento de la caída

La declaración de Alex Zulle ese día cuando le preguntaron por su caída bajando la Cobertoria fue pura poesía: “Agua, culo en carretera, bicicleta en flores”. Luego, en su aún básico castellano, “explicó” que las flores tenían electricidad. No entendí que quería decir con eso último... hasta que pasé por allí al día siguiente.

Ese día, Tony Rominger, su compatriota (ese sí que parecía suizo, muy serio y calculador) le había sacado una pequeña diferencia al comenzar a bajar el collado de la Cobertoria, y Zulle fue en su persecución. Pero el suelo mojado y un ímpetu desmesurado dieron con Zulle en el suelo a la salida de aquella curva, enfrente de una casa de labor que quedaría para siempre marcada como “en la que se cayó Alex Zulle”. Alex intentó luego recortar diferencias, pero las secuelas de la caída y el suelo mojado, impidieron una gesta con la que estuvimos la mayoría soñando. La diferencia que sacó Rominger ese día le dio el triunfo en la Vuelta a España, teniendo que conformarse Zulle con la segunda posición.

Si este chaval de Bárzana se había olvidado del nombre del ganador de la Vuelta (y eso que corría en un equipo asturiano), pero no del segundo clasificado, Zulle, eso quería decir que la mañida frase “Del segundo nadie se acuerda” no siempre es cierta. En este caso, no se recordaba al primero por la sencilla razón de que no se había caído en la Cobertoria.

Para los chavales que tengo pegados a la tienda de campaña, el lugar de la caída de Zulle se ha convertido en un icono, y me dicen que incluso ha habido peregraciones en bici al lugar, para recordarlo y señalarlo. Me piden que al día siguiente tenga yo también cuidado en la bajada, aunque parece que no lloverá. Me hacen hincapié en las más que probables boñigas en el suelo, que son muy resbaladizas. “Las peores son las de vaca”, dice uno, a lo que otro apunta “Sí, esas son peores que las de caballo, pero son aún peores las de las ovejas”. Otro asegura: “Las de oveja, si están secas no son peligrosas. Si ves vacas, ten cuidado, porque alguna boñiga habrá”. Después de estos escatológicos consejos, les explico que voy a cenar. Me preguntan si necesito comida. Aún les persigue la idea de que soy un vagabundo con pocos recursos, por lo que tengo que explicarles algo mejor como es un viaje cicloturista, la sensación de libertad y de aventura que conlleva, nada comparable a ir a los sitios en coche. Además de decirles que trabajo de funcionario en el Ayuntamiento de Madrid y tengo un sueldo. Que viajar en bicicleta no es de pobres, sino de aventureros.

Vacas en la bajada de la Cobertoria

Les enseño el paquete de pasta que me voy a preparar en la cazuelita, con el infernillo de gas. Tienen los ojos como platos mirándome cocinar. Se estuvieron conmigo allí contándome cosas del pueblo y yo cosas de mi viaje, hasta que se tuvieron que ir a cenar todos.

Los últimos me dijeron que vendrían por la mañana a visitarme, antes de entrar a la escuela, que estaba al lado. Yo pensaba irme muy temprano, como tengo por costumbre, pero no lo dije, por si al final no era así.

Finalmente me levanté a las 6,30 y salí a las 7,45. La única persona que vi antes de irme, mientras me lavaba la cara y las manos en el río, fue un pescador que había allí.

Tras recoger la tienda y cargar todos los bártulos en la bici, ya dispuesto para salir, y viendo que era demasiado pronto para los chavales y su horario escolar, les dejé una nota en el lugar en el que había puesto la tienda, sujeta por las cuatro esquinas con piedras, que decía: “Gracias chavales, por el tornillo y la compañía. -El de la bici-”

Con la claridad manifiesta del amanecer, abandoné el lugar, sabiendo que iba sobre aviso y que no me iba a caer bajando la Cobertoria.

Últimas rampas de la Cobertoria

Tardé algo más de una hora en subir ese collado de rampas exigentes. Después de subir su vertiente oeste a aquella hora tan temprana, el sol me regaló un día espléndido llegando a la cima. Desde el alto había una impresionante vista de montañas y valles sumidos en un techo de nubes.

Vista desde el Collado de la Cobertoria

En la bajada a Pola de Lena me encuentro, en efecto, varias vacas, por lo que hay que extremar la precaución.

La bajada está repleta de curvas, a cuál más traicionera. No me extraña la caída de Zulle, que además la hizo lloviendo.

Lugar de la caída de Zulle

Hago una foto en el fatídico lugar, al que reconozco sin dudar. En ese momento hay un conmovedor silencio, que no hace pensar que ahí hubo un suizo con carácter español, lamentándose de un golpetazo en el culo, mientras su bicicleta se perdía entre las flores.

Me agacho buscando flores por el lugar. No veo ninguna, pero sí un montón de ortigas, lo que Zulle debió llamar flores en su básico castellano. Ahora entiendo la electricidad de esas flores que se le pegaron a las piernas.
___________________________________________


Muchos de los datos recogidos en este relato están tomados de mi cuaderno de bitácora que suelo escribir al final de cada jornada cicloturista. El resto vienen de la memoria y/o de la investigación.

Hoy, esos chavales que me acompañaron en Bárzana de Quirós, tendrán alrededor de 40 años. Me encantaría si alguno viera este relato, recordase aquel día o se viera reflejado en la foto y se pusiera en contacto conmigo, para, una vez más, darles las gracias por su hospitalidad.

Al final de este vídeo se puede ver la caída de Zulle en la Cobertoria, en 1993.

sábado, 4 de noviembre de 2023

Cicloturismo en Cuba

 

Este artículo estuvo publicado durante varios años en la web amigosdelciclismo.com, creada por mi amigo el salmantino Javier García, que se mantuvo 18 años online hasta que Javier decidió cerrarla por motivos personales. Ahora he querido recuperar dicho artículo y publicarlo aquí, pues es una parte importante de la historia cicloturista cubana. Y de mi propia historia.

Presentación

Cuando los miembros del Club de Cicloturismo Comandante Che Guevara, de San Antonio de los Baños (provincia de La Habana), me ofrecieron en 2005 acompañarlos a su ruta por las provincias de Matanzas, La Habana y Pinar del Río, no lo dudé un momento.


Hacer la primera ruta verdaderamente cicloturista con el primer club de cicloturismo de la historia de Cuba, era como entrar por la puerta grande en la historia del cicloturismo de este país.

Para mí, acostumbrado a la aventura, a buscarme la vida en lugares y culturas desconocidos hasta entonces, ir con cicloturistas del lugar me resultó algo muy cómodo, pues sus ojos se convertían en mis guías, sus narraciones y sus consejos en mi mapa y su amistad en el más preciado recuerdo a incorporar en mis alforjas de vuelta a casa.


La ruta tenía además un carácter reivindicativo, como no podía ser de otro modo tratándose de Cuba: “Por la Paz y Contra el Bloqueo”. Por ello se veían apoyados por los distintos estamentos a su paso por las ciudades y pueblos, especialmente por parte del INDER (Instituto Nacional para el Deporte y la Recreación), que nos proveían a los cicloturistas de alojamiento y comida gratuitos. Todo un lujo.

Ciclo(n)turismo

Nada más llegar al aeropuerto de La Habana, el presidente del Club de Cicloturismo Comandante Che Guevara me advierte de que dos días más tarde entra un ciclón en Cuba. Yo, que no tengo muy claro lo que es un ciclón, que solo tengo alguna referencia de la tele, le pregunto en qué consiste exactamente un ciclón. Me mira fijamente a ver si le estoy bromeando y cómo ve que no, me contesta: “Tremendos vientos… tremendas lluvias”. En efecto, el ciclón Dennis entró y arrasó varias provincias por las que pasó, entre ellas la provincia de Matanzas, por la que hubiéramos debido empezar la ruta el día 9 de julio. Eso significó perder cuatro días y el paso por dicha provincia, donde no nos podían atender porque los esfuerzos estaban volcados en socorrer a los evacuados. Tocó rehacer la ruta, que tuvo que comenzar en la Provincia de La Habana. Eso sí, nos perdimos la visita, entre otras, de la localidad de Cárdenas (considerada la ciudad de la bicicleta) y de Varadero, lugar muy turístico, pero de innegable belleza.



En los primeros días de ruta pudimos observar los estragos que el ciclón Dennis dejó a su paso por algunas localidades, y eso que no fueron las ciudades más directamente afectadas. También pasamos, más adelante, por otras muchas que se habían visto afectadas por ciclones en los últimos tres años, por lo que esta ruta también fue útil para aprender sobre los efectos de un ciclón a corto y largo plazo. Era tremendo ver como aún quedaban señales muy sentidas de los daños, pese al paso de los años.

El ciclón lo pasé en casa de Osmar, el presidente del Club. Él y su familia me acogieron con la máxima cordialidad. Le estuve ayudando a preparar el paso del ciclón: Poner tablones cruzados en las ventanas, sujetar con cables el tejado al suelo, para que no se lo llevara, etc. Fue toda una experiencia que no olvidaré nunca. Ahora, cuando veo unas imágenes de un ciclón en televisión, comprendo de verdad la magnitud del fenómeno. 



La ruta

DIA 1

La ruta cicloturista comienza en Guanabo, donde nos deja la guagua (autobús) que nos ha traído desde San Antonio de los Baños. Somos nueve ciclistas.

El primer día sólo se hacen 36 kilómetros y nos quedamos en Santa Cruz del Norte, el lugar por el que el ciclón salió de Cuba cuatro días antes, ya algo debilitado, rumbo al mar y a Florida. El destrozo es grande, está todo lleno de ramas de árboles por todos lados y el dormitorio de la escuela en la que nos quedamos alojados tiene el techo semiderruido por el tremendo viento del ciclón. No es problema, ya que no hace ni pizca de frío por las noches y los mosquitos los combato con una estupenda mosquitera que me resulta imprescindible en todo el viaje.



En esta localidad visitamos la mayor planta productora de Ron de América Latina, en cuyas bodegas nace la bebida insignia cubana, el Ron Havana Club. La ruta estará repleta de este tipo de visitas turísticas, haciendo el viaje honor a la etimología de su nombre, o sea, cicloturismo (turismo en bicicleta).

Durante el baño vespertino, el agua de la playa está caliente para mí, muy agradable, aunque a los cubanos les parece caldo y no les hace mucha gracia meterse.



El comportamiento de la temperatura es muy diferente a la de España, en Cuba por la noche baja muy poco la temperatura con respecto a las del día, no se dan los contrastes que bien conocemos en España, así lo normal en Cuba en verano es tener entre 24 y 28 grados nocturnos, o sea, calor. Por ello es un sinsentido llevarse ningún tipo de manga o pantalón largos, a no ser unos de tela fina para escapar de las picaduras de los mosquitos al caer la tarde.

Los miembros del Club aparecen desde el primer día ataviados con un maillot y cascos, como si fueran ciclistas deportivos, mientras que yo voy vestido normal, con una camiseta de algodón, pantalones cortos de vestir y gorra para el sol. Algunas personas durante la ruta nos preguntan de donde somos y yo les bromeo, con acento cubano, que “los compañeros aquí presentes vienen de Europa, como pueden ver por su vestimenta, han venido a visitar la isla y yo, como cubano, se la estoy enseñando”. No cuela, excepto alguno que piensa al principio que sí soy cubano, pero hablo con acento raro porque debo ser del otro lado de la isla, de Santiago de Cuba.


DIA 2

El segundo día pasamos por Jaruco, importante centro cultural durante la colonización española. Cerca de allí están las famosas “Escaleras de Jaruco”, donde la existencia de numerosas elevaciones, farallones y cavernas hacen de este lugar un verdadero oasis para los amantes de la naturaleza, la aventura y la espeleología.

También pasamos por Güines, donde visitamos el museo de la historia municipal y confirmamos la fama que tiene este municipio como uno de los que más se usa la bicicleta. Hay bicis por todos lados y en ellas va gente con bultos sobre la bici de lo más pintorescos, desde sacos enormes hasta cerdos, pasando por plátanos, vigas de hierro o una escalera llevada entre dos ciclistas en sus bicis, cada uno por un lado. Increíble. Se ve mucho aquello de dos personas en una sola bici, y hasta tres. Todo vale para transportarse en este útil medio de locomoción.



En general, en las carreteras también se ve mucho ciclista cotidiano, mucho más que vehículos motorizados que son minoritarios y tremendamente respetuosos con los ciclistas.

Acabamos en San José, frente al estadio de béisbol, cuyo techado también ha sufrido tremendos destrozos por el ciclón. Este día hacemos 70 kilómetros (techo de la ruta), una respetable distancia para un cicloturista cargado de alforjas, pero asumible dado el escaso desnivel de esta zona.

DIA 3

En Melena del Sur tomamos una copiosa merienda. Sigue siendo todo muy llano, con apenas alguna pequeña ladera, pero sin grandes problemas, casi toda la ruta es así (excepto en la provincia de Pinar del Río), sin embargo, no es monótono, el paisaje tiene tantos detalles diferentes, hay tanta vegetación, especialmente esas enormes palmas que quieren tocar las nubes. Hay siempre gente por todos lados, que te mira, que te saluda y te sonríe, que todo ello hace imposible el aburrimiento.


El día de pedaleo termina en Batabanó, municipio sureño donde nos reciben a la puerta del pueblo para escoltarnos hasta la puerta del INDER. Allí nos espera medio pueblo en la calle con música, aplausos, discursos de bienvenida, ofrendas florales… esto es una constante al llegar a los pueblos, generalmente las autoridades y responsables nos dan un pequeño discurso de bienvenida, para a continuación tomar la palabra algunos de los miembros del Club Cicloturista y a continuación yo mismo, como representante español, agradeciendo la cordialidad y hablando de las ventajas del cicloturismo sin prisas y sus connotaciones medioambientales y sociales. A mí, al principio, me aturde todo eso, parece demasiado recibimiento para unos simples cicloturistas, pero al poco me acostumbro, al entender que los cubanos son así, sumamente cordiales y capaces de valorar el esfuerzo de nuestra labor y el agradecimiento por visitar su municipio de un modo respetuoso con el medio ambiente. Por la noche nos ofrecen regalos (es un peso en las alforjas que se lleva con placer) y una exclusiva actuación musical después de la cena ¡justo antes de que se fuera la luz! Y es que los apagones en Cuba pueden suceder en cualquier momento, aunque dicen que es un tema coyuntural por unos problemas en unas centrales, unido al paso del ciclón.

DIA 4



Este día vamos a Güira de Melena, pasando por Quivicán. En Quivicán visitamos una fábrica de elaboración de tabacos, conociendo la elaboración completa de un puro habano, función mucho más artesanal de lo que me imaginaba. Al llegar a Güira cae una tremenda tormenta (¿serán estas las famosas “tormentas tropicales”?). Nos coge a sólo 300 metros del pueblo, pero nos tenemos que refugiar por lo fuerte del viento y de la lluvia. Prácticamente todas las tardes cae una tormenta en Cuba por el verano, lo que ayuda a refrescar el ambiente de calor húmedo que impera, pero esta de hoy ha sido algo especial. El viento, durante las tormentas suele ser bastante fuerte. Y, en general, el viento cubano viene del Este.



Este día nos deja Leonardo, que recibe un aviso de casa. Al día siguiente se nos unirá Nadia, la mujer de Bernardo, con una antigua bici sin cambios, pero como es bicimensajera en San Antonio de los Baños, está acostumbrada a pedalear, aún así tiene que ayudarse de su marido, pero no importa, no hay prisa.

A lo que no me acostumbro al principio es al trasiego de gente, de animales y de maquinaria de lo más peculiar (como esos tractores que corrían a 80 km/h) que hay por todos lados. Cuba, para un europeo, parece un poco desastrosa, pero el caso es que hay normalidad dentro del caos, y al cabo de los días te acaba pareciendo de lo más natural, y lo que te parece el caos es cuando, a la vuelta en España, te bajas del avión y comienza esa locura de automóviles, contaminación, ruido y estrés. Dan ganas de volver a subirse al avión de vuelta.



DÍA 5

Al día siguiente nos acercamos a la localidad de Playa Cagío a un Festival de la Juventud. En esta localidad no queda casa alguna en pie, aunque ahora las están construyendo de nuevas. El ciclón Michelle, que cruzó por esta zona el año pasado, las tiró todas, destrozando también la arboleda, la playa y el paisaje. Es impresionante. Me hace comprender nuestra vulnerabilidad ante la fuerza de la naturaleza y la responsabilidad que todos tenemos ante estas catástrofes y los cambios naturales que el planeta está sufriendo, en buena parte por culpa del egoísmo humano (cambio climático). Ya el día 8 de julio, cuando vimos (y sobre todo sentimos) pasar el ciclón Dennis, desde la casa de Osmar (antes de empezar la ruta), aunque afortunadamente el ojo del huracán sólo pasó a unos 80 km. de la casa, sin embargo había unos vientos racheados que movían los árboles de un lado a otro como si fueran balones de boxeo. Era de noche y habían cortado la luz y el agua por seguridad. La sensación de indefensión era enorme. Por fortuna, la información estatal vía TV y radio fue exquisita y en todo momento actualizada. Los servicios de evacuación funcionan a las mil maravillas en Cuba. Supongo que porque tienen mucha experiencia.



Dejamos Playa Cagío en silencio, con el corazón encogido y, encima, con la noticia de que un nuevo ciclón, Emily, está rondando la isla. Por suerte, éste no acaba entrando en Cuba y podemos continuar nuestra ruta.

Acabamos el día en Artemisa, cuna de muchos héroes de la epopeya revolucionaria.

DIA 6



Tremenda recepción en San Cristóbal, de nuevo con discursos y parabienes, merienda y almuerzo. Acabamos de entrar en la provincia de Pinar del Río, la provincia más occidental de Cuba. Esta provincia es más montañosa, el paisaje es más diverso y hay más “lomas”. En Cuba se llama “lomas” a las cuestas, pendientes o puertos de montaña. Por lo tanto “tremenda loma” significa “esa cuesta es muy empinada (o larga)”. Sin embargo, no hay que asustarse, las tremendas lomas de los compañeros cubanos son tachuelas para alguien que vive en el país más montañoso de toda Europa, o sea España, y las subo sin problemas. También es verdad que mi bicicleta es más apropiada. Dicen que en la parte Este de la isla si son de verdad “tremendas” las lomas, pero de eso no puedo hablar.

Para llegar a Los Palacios, circulamos un rato por una “ochovía”, o sea, una autopista de varios carriles por sentido. Cuando me lo dicen, me parece que será peligroso, pero cuando empezamos a circular por ella comprendo que no hay ningún problema. El escasísimo tráfico, unido al respeto por el ciclista, hace perfectamente llevadera la circulación en bicicleta por una ochovía. Incluso vamos ocupando el carril derecho por completo, en vez de ir por el arcén (que tiene un peor firme). Es lo natural, lo que hace el resto de ciclistas que va circulando por allí y, desde luego, lo más cómodo. Eso sí, el paisaje por la ochovía es más monótono, así que decidimos no repetir la experiencia.



En Los Palacios visitamos el museo municipal y nos damos un bañito refrigerante en el río. Tenemos problemas con el tema del alojamiento, y sólo gracias a la tremenda gestión de los miembros del INDER, conseguimos salir del paso. Mi más sincera gratitud para ellos.

DIA 7

Tras pasar por Consolación del Sur el terreno se empieza a ondular más y más. Continuamos hacia la localidad de Pinar del Río, que da nombre a la provincia, donde se nos recibe con solemnidad. Este día ha sido uno de los más calurosos, con temperaturas de hasta 35º C, que bajo las condiciones de humedad que se soportan, dan una mayor sensación de calor. Es indispensable parar cada cierto tiempo a tomar algo líquido. Las alternativas son múltiples: en las guaraperas te venden el guarapo, que no es otra cosa que el jugo de la caña de azucar exprimida: riquísima y refrescante. También hay múltiples lugares en los que se pueden comprar refrescos gaseados (parecido a la gaseosa, pero con más sabor) o jugos (zumos de frutas naturales hechos en el momento). Otra buena alternativa es la de comprar fruta como el mango, la piña o la guayaba, que alimentan y refrescan (sobre todo las dos primeras). Los puestos que venden todos estos productos se pueden encontrar en cualquier lado, tanto en un pueblo, como en un “entronque” (cruce) o al borde de una abandonada carretera. Son una alternativa barata y nutritiva para refrescarse y descansar un rato. Hay una alternativa más barata (gratis) que consistía en subirse a Las Palmas, coger cocos, beberse la riquísima agua que hay en su interior y luego comerse la carne del coco. Los compañeros cubanos se subieron varias veces a uno durante la ruta para coger los cocos que estaban a bastantes metros de altura.




DÍA 8

Al inicio del día hay un intento de amotinamiento: varios miembros de la ruta consideramos que hay una alternativa al recorrido más corta e igual de bonita y proponemos a Osmar tomarla. Éste nos comenta que ya está comprometido el paso por la localidad de Cabeza y sería muy descortés ignorarles, además de que la ruta, según su opinión, es más bonita por el trazado original, pese a ser más largo. Nos convence y aquí no ha pasado nada. Al grito de “Avansemo compañeroh” nos ponemos en marcha dispuestos a afrontar las lomas del día, las más exigentes de toda la ruta. Algunos compañeros tienen que bajarse a andar al no tener sus bicis un rango de cambios adecuado. Ya les explico yo que en Pedalibre, incluso teniendo un rango de cambios adecuado para algunos es muy común bajarse y andar.



Estamos entrando en el Parque Nacional de Viñales, un entorno único, enclavado en la Cordillera de Guaniguanico, en la porción centro oriental de la región Sierra de los Órganos, un escenario de espectacular belleza natural, donde se mezclan las palmas, las montañas, el agua y una densa vegetación que hace de este parque un lugar para disfrutar despacio de una naturaleza exuberante. Es precioso.



Nos bañamos y almorzamos en la localidad de Cabeza, en un ambiente rural, donde nos tratan de nuevo de forma exquisita.

Llegando a Viñales, visitamos el Mural de la Prehistoria, impresionante mural pintado por un discípulo del pintor mexicano Diego Rivera en una roca de más de cien metros de alto. Viñales es la localidad más turística de las que hemos visitado. Allí nos encontramos con Miguel Ángel, un miembro de mi club de cicloturismo, Pedalibre, que no sabía que estaba en Cuba también. La situación es cómica, porque él ha visto una bici de uno de mis compañeros cubanos, con una placa de ConBici que le he regalado, se acerca y piensa “voy a hacer una foto, para luego enseñársela a Juan, seguro que le chocará”, cuando, nada más hacer la foto, me acerco andando, soy como una aparición para él y en su cara se mezclan la incredulidad y la sorpresa, y en la mía también ¡Qué pequeño es el mundo!




DIA 9

Visitamos dos cuevas: El Palenque, donde se escondían los Cimarrones, los negros que huían de la esclavitud, y la Cueva del Indio, cueva de enormes dimensiones que incluye un viaje en bote por un río interior. Ambas cosas merecen la pena, aunque haya que pagar por entrar.



Este día tuvimos serios problemas con las averías en las bicicletas. Afortunadamente se fueron arreglando y, aunque más tarde de lo previsto, pero llegamos a la población de La Palma.

Cada vez que un cubano tenía una avería en su bici se abría para mí una puerta al conocimiento. Los cubanos son unos manitas por naturaleza y por necesidad.

No necesitaban un tronchacadenas (de hecho la mayoría ni conocían su existencia): con un clavo y un pequeño martillo montaban de nuevo la cadena en menos que canta un gallo.



Un pedal cuyos rodamientos han perdido su vida útil. No pasa nada, un trozo de cable plástico hace el apaño. 

Un pinchazo y no hay ponchero (profesional arreglapinchazos) en los alrededores. Sin problemas. Con unos alicates y un hilo de coser, se arregla el pinchazo. Increíble, yo vi uno de estos arreglos y aguantó toda la ruta.



Que una cubierta deteriorada se abre dejando a la vista la cámara ¿Y qué? Se coge una cámara vieja, se ata fuertemente alrededor de la zona, se liberan los frenos de esa rueda y tira millas. Setenta kilómetros duró hasta encontrar otra cubierta.



Que no lleva transportín (“parrilla” lo llaman ellos). No importa. Se fabrica uno sobre la marcha con dos palos y una cuerda.

DIA 10

Impresionante recepción en Las Pozas, con pioneros incluidos (niños/as con sus uniformes reglamentarios). Nos muestran un monumento que simboliza la victoria de los cubanos contra los españoles en una batalla, allá por finales del siglo XIX… sin malos rollos ¡eh!



Nos encontramos con Unai y Ainoa, dos cicloturistas de Bilbao que nos acompañan hasta Bahía Honda. También nos acompañan en este mismo tramo ciclistas deportivos de Bahía Honda, enviados por el INDER para darnos escolta...

En Bahía Honda nos dan una de las atenciones más calurosas de toda la ruta (probablemente la mejor, junto a las de Batabanó y Guanajay) y tenemos toda la tarde libre, así que hay baño en la presa y relajación y tiempo de compartir experiencias, parte imprescindible en los viajes cicloturistas.

Hablando de experiencias, las carreteras de Cuba son un punto y aparte, no son muy recomendables para bicicletas de carretera, porque suelen ser bastante irregulares (salvo contadas excepciones) y si a eso se le añade que no es fácil encontrar llantas, cubiertas o cámaras de 700, conviene llegarse con una bici híbrida o de montaña y con recambios para las cubiertas si las nuestras no están muy nuevas.



Por la noche, durante una entrañable charla-paseo, José nos pone al día de los acontecimientos que se han sucedido durante los últimos años de historia en Cuba: (la revolución, la bonanza del paraguas soviético, la caída de la URSS -que afectó mucho al país cubano-, el “periodo especial” y la actualidad.

DIA 11

Salimos de la provincia de Pinar del Río y volvemos a entrar en la de La Habana. En Cabañas, nos dan un refrigerio al lado de un mar precioso con siete distintos tonos de azul. A partir de ahí, mucho calor y múltiples paradas para tomar jugos, guarapo y frutas. En Guanajay nos están esperando a la puerta del pueblo varios bicitaxis con las autoridades y los miembros del INDER dentro, que nos acompañan por el interior del pueblo hasta la sede del INDER. Allí espectacular recibimiento, con discursos, entrega de diplomas, jugos para apaciguar el calor, cake (a las tartas las llaman así, en inglés) y una competición de tiro de soga entre los conductores de bicitaxis del pueblo y los miembros de nuestra caravana cicloturista, competición que por supuesto ganamos y por lo cual una bella señorita nos regala una fabulosa tarta.



Por la noche nos enseñan la ciudad y nos llevan a un concierto de cantantes locales, con un repaso a toda la historia de la música cubana, desde el Son hasta la Nueva Trova Cubana, pasando por el Bolero.

DIA 12

El paisaje se vuelve definitivamente más llano, está claro que estamos de vuelta en provincia de La Habana y con la forma que hemos cogido estos días de pedaleo y el poco relieve del terreno, los kilómetros pasan volando. En Caimito nos dan un almuerzo casero consistente en, como todos los días, arroz con frijoles y algo más. El algo más varía todos los días, pero el arroz con frijoles (que por otro lado es una combinación muy completa a nivel nutritivo) no faltan ni un solo día. Es la comida nacional y está deliciosa, aunque hay que admitir que después de tantos días con lo mismo… En Vereda asistimos a una representación de teatro infantil y de recreación con chavales. En esta población el ciclón se llevó el año pasado el techo de la iglesia, que todavía no han podido reponer.



En Bauta, donde nos quedaremos a dormir, asistimos a un espectáculo de Controversia, en la que dos cantores improvisan Décimas, unas poesías cantadas que contestan a lo que el otro ha dicho. Se pueden tirar horas contestándose el uno al otro. Es impresionante y muy divertido.

DIA 13

El último día de ruta es un tramo sumamente corto hasta San Antonio de los Baños que nos sirve para completar los casi 700 kilómetros e ir despidiendo a la ruta y a los amigos.

Soy de la opinión que los compañeros cubanos tienen mucho que aprender desde el punto de vista cicloturista (tomarse las rutas con más calma, dar un aspecto de mayor normalidad, etc.), pero humanamente somos nosotros los que tenemos muchas cosas que aprender de ellos, porque el pueblo cubano es el más acogedor que he conocido en mis singladuras cicloturistas.

Al llegar a nuestro destino, hago varias donaciones al Club de Cicloturismo Che Guevara, pero muy especialmente dos cosas: mis alforjas, unas alforjas que me han acompañado durante muchos años y, sobre todo, a Julia, mi bicicleta, la que me acompañó en todas mis rutas desde 1993 hasta 1999. Es un momento muy emotivo para mí, pero sé que quedan en buenas manos y que se les va a sacar muy buen provecho.



Ya cuando aterricé en Cuba hice múltiples donaciones en forma de material para las bicicletas. Los cubanos tienen complicado conseguir algunas piezas para bicicleta, sobre todo por culpa del bloqueo al que el país se ve sometido desde hace un buen número de años, por eso las donaciones de material para bicicletas y para cicloturismo son muy apreciadas.

Las bicicletas

Un comentario aparte merecen las bicicletas de los miembros de la expedición.

Las bicicletas de los miembros del CC Comandante Che Guevara son mixtas en el más amplio sentido de la palabra, pues están hechas de trozos de unas bicis y otras. Hay piezas de bicis chinas, rusas, cubanas o europeas, en una mezclanza de lo más peculiar. Hay bicis con solo un plato, había una bici con CUATRO platos, bicis de piñón fijo... pero todas ellas hicieron su labor dignamente. Predominaban las bicis de cuadro y ruedas de carretera, que no son muy recomendables para cicloturismo de alforjas, así ocurrió que todas y cada una de estas bicicletas pincharon durante la ruta, y algunas varias veces. El cóctel de rueda fina, peso del equipaje y carreteras en mal estado, era pernicioso. De todo se aprende, y una de las razones de esta buena gente para invitarme a su ruta era el compartir experiencias, dado que en Europa tenemos una más instaurada tradición cicloturista. Una vez más, la bici híbrida se demuestra como el elemento más adecuado para el cicloturismo de alforjas, por su relativo buen rendimiento en carretera asfaltada y pistas de tierra.

El ponchero



Parece inaudito que los cubanos, que son capaces de arreglar cualquier cosa, sin embargo recurran a un ser llamado Ponchero para arreglar los pinchazos, algo que en países como España está asumido como una reparación simple, que cualquiera puede realizar. Sin embargo, la cosa no es tan fácil en Cuba. Cuando intentas arreglar un pinchazo en Cuba, al pegar el parche éste no pega bien, debido al índice de humedad tan alto en el ambiente. Hay sin embargo un truco que consiste en prender fuego (¡sólo un segundo y luego soplar!) a la solución adhesiva, para luego pegar rápidamente el parche.

El ponchero te pega un trozo de goma (llamado ponche) en la zona afectada, por medio de calor, con una plancha de lo más rudimentaria, en plena calle. El remedio es más eficaz que los tradicionales parches y muy barato.



Pero ahí no acaba la labor del ponchero. Hay que tener en cuenta que en Cuba las cámaras y las cubiertas (allí llamadas gomas) no se tiran nunca, simplemente se reparan. Así, una cubierta que se me abrió por los lados, que amenazaba con provocar un reventón y que no iba a encontrar sustituta (porque no las había de ese tamaño), tuvo fácil solución con un vulcanizado que aguantó perfectamente el resto de la ruta.

Poncheros los hay en los sitios más insospechados, por lo tanto, problemas con las ruedas no son tales en Cuba, siempre vas a encontrar quien te lo solucione.

Diccionario poncheril:

Ponche: pinchazo y parche, ambos se llaman así

Coger un ponche: Arreglar un pinchazo

Ponchero: señor que arregla pinchazos

Ponchera: no es la mujer del ponchero, sino la tienda donde se cogen los ponches

Alojamientos

En principio está absolutamente prohibido acampar con tienda de campaña en toda la isla. Por lo tanto, no es recomendable molestarse en llevar una tienda de campaña.

Es mejor optar por conseguir alojamiento. Hay bases de campismo, en las que te alquilan por un precio bastante asequible una especie de bungalow o te dejan ponerte en las tarimas al aire libre. También es posible preguntar por casas particulares, lo que es un sistema muy común de alojamiento, además de barato y agradable por aquello de socializar con el amable pueblo cubano.

Animales

Imprescindible llevar una mosquitera para poner en la cama o en la base de campismo, colgada del techo. Será la mejor inversión del viaje. Te permite aislarse de los sufridos mosquitos y de los escorpiones. Estos últimos pueden estar en cualquier lado, pero según los cubanos, la reacción lógica al veneno del escorpión es sólo la incapacidad de hablar durante un rato, pues se te duerme la lengua.

Existen también unas hormigas rojas muy pequeñas, llamadas que son relativamente molestas, pues te muerden y te producen un escozor que te obliga a rascarte la zona durante un buen rato. Las llaman Santanillas. Simplemente, antes de sentarte en cualquier roca, banco, escaleras, etc., mira si están por ahí rondando y si es así evita sentarte en ese lugar.

Ciclones

La época ciclónica va desde junio hasta noviembre. Preguntad si hay riesgo de ellos en los días que vais a estar, pues la población está muy bien informada y os pueden decir con la suficiente antelación si se acerca uno y por dónde. Y, desde luego, si os indican que se acerca uno por la zona en la que estáis o aledaña, preguntad cuando está previsto que llegue. El día que llegue no pedaleéis, comentadle a las autoridades locales vuestra situación y ellos os dirán dónde debéis estar y donde debéis refugiaros. En el tema de los ciclones están bien organizados en Cuba. Os recomiendo que no pedaleéis tampoco el día después del ciclón, pues suele ser un día de muchas lluvias y acabaríais calados hasta los huesos.



Agua

Yo bebí agua todos los días de la red pública y no me pasó nada durante casi veinte días. El último día de ruta sí pillé una gastroenteritis debido al agua, pero es que no me informé del estado del agua en aquel pueblo. Al parecer había mucha gente en la misma situación, debido a que el ciclón Dennis había removido los sedimentos unos días antes y había sacado al flote alguna bacteria. Por lo tanto, mi consejo, no preocuparse del agua y beberla sin miedo, eso sí, preguntando en el ámbito local si el agua está en condiciones.

Agua del grifo se dice “Agua de la llave”

Otras palabras útiles y su “traducción” al español:

Piña: piñonera de la bici, o sea juego de piñones
Goma: cubierta
Torre: desviador trasero
Parrilla: Transportín
Tenedor: horquilla, donde va sujeta la rueda delantera
Chivo/a: bicicleta
Nave: bicicleta de calidad

Gracias a los compañeros cubanos Bernardo, Israel, José, Lázaro, Leonardo, Nadia, Osmar, Reinaldo y Yosbel, por su compañía en la ruta y su tremenda amabilidad.