sábado, 14 de febrero de 2026

Ensayo sobre el pinchazo (síndrome de la rueda cansada)

 

Hay fenómenos en la vida del ciclista que escapan a toda lógica. Uno de ellos es el pinchazo.

En ocasiones ocurre que el aire de nuestras ruedas se escapa, sin pedir permiso ni despedirse, yéndose no se sabe a dónde. No hace maleta, no deja nota. Simplemente se va. Esto generalmente sucede cuando algún objeto (una espina con vocación de héroe trágico, un cristal con resentimiento o una piedrecita diminuta pero ambiciosa) atraviesa la cubierta con intensidad dramática y alcanza la cámara, ese ser humilde que vive exclusivamente del aire. La cámara, que no sería nada sin el aire, que lo necesita para existir, para tener forma, para ser rueda y no una triste goma arrugada.

Tampoco olvidemos que el aire no sería nadie sin la cámara. Se retroalimentan en un pacto silencioso y perfectamente redondo: el aire da forma, la cámara da sentido. Porque el aire, así suelto y disperso por el mundo, podrá ser muy útil para inflar globos, mover molinos, ayudar en su devenir al pulmón del atleta, pero en el universo de la bicicleta necesita un hogar de caucho que lo contenga y lo dirija. Sin cámara a la que llenar, el aire no es rueda, no es avance, no es equilibrio: es simplemente aire, vagando sin propósito alguno alrededor de la bicicleta.

Cuando el aire empieza a abandonar la cámara, ésta pierde su esencia. Se deprime. Se desinfla en el más literal de los sentidos. Y con ella, se desinfla también el ánimo del ciclista.

Al principio uno no quiere creerlo. Nota algo extraño, una leve sensación de blandura existencial en la rueda trasera, como si la rueda estuviera cansada. Pero uno, que tiende a ser optimista, se convence de que son imaginaciones suyas, que ha dormido poco por los nervios de la salida o que el asfalto es irregular en ese lugar. Hasta que la física, siempre tan poco poética, se impone: mantener el equilibrio deja de ser un acto automático y pasa a convertirse en una negociación inestable con el suelo. Entonces comprendemos que el aire no solo es importante para respirar; también lo es para no besar el asfalto.

Es cuando nos vemos obligados a parar.

Y ahí comienza el fascinante ritual del cambio de cámara.

Primero, la bicicleta se coloca boca arriba, en esa postura que la hace parecer un insecto patas arriba, asustado. Después vienen los desmontables, esos pequeños instrumentos que siempre parecen uno menos de los necesarios. Se libera la cubierta con una mezcla de técnica y fe, y aparece la cámara herida, flácida, señalando con dignidad el lugar de la tragedia.

Pero no basta con cambiarla. No. El pinchazo exige investigación. El causante del desastre suele esconderse en la cubierta, mimetizado, intentando pasar desapercibido. Introducimos los dedos con cautela, sabiendo que podemos encontrar la prueba del delito o llevarnos un recuerdo punzante. Cuando por fin lo hallamos -ese minúsculo traidor- lo observamos con una mezcla de odio y respeto. Tan pequeño, y sin embargo capaz de detener un pelotón entero.

Luego llega el momento de volver a colocar todo como estaba. Que la cámara no quede pellizcada. Que la cubierta asiente. Que la rueda gire. Que el aire regrese, esta vez con cierta desconfianza, al lugar del que nunca debió salir. Se hincha con dedicación, con esperanza, con ese bombeo rítmico que recuerda que la vida, en el fondo, es insistencia.

Y si todo va bien, el ciclista se incorpora, lumbares ardiendo, se limpia las manos en el maillot (gesto deleznable, pero imprescindible, que le marca como culpable del retraso) y anuncia con falsa modestia que ya está.

Es entonces, y solo entonces, al decidir el grupo -sin apenas mirarse- que ya es hora de reanudar la marcha, cuando alguien dice: “Nos vamos”. Podría ser “Ya era hora” o “Es el momento de partir” o simplemente “Que día más bonito para pedalear”, pero no, la frase es invariablemente “Nos vamos”. Y ya nos gustaría irnos, pero casi siempre, como obedeciendo a una ley universal no escrita, se oye, desde algún punto de la terraza del bar donde hemos estado parados, un dramático:

—¡Yo también estoy pinchado!

No ha pinchado en ese momento, claro. Es otro de esos pinchazos discretos y pacientes que comenzaron su obra mientras caían las primeras migas del bocadillo. Uno de esos que no dan la cara de inmediato, sino que se dedican, con perseverancia, a liberar el aire poco a poco.

Y así, lo que era una parada razonable se convierte en una entrañable convivencia. Tan entrañable que uno termina conociendo por su nombre a los camareros, a los perros del lugar y sospechando que, si se quedara un poco más, podría empadronarse allí.

Lo ideal sería que el ciclista hubiera advertido el problema al llegar. Que -mientras los demás comemos, charlamos, pedimos otra ronda o hacemos esas fotografías de platos de comidas y bebidas que a nadie interesan- él estuviera resolviendo su tragedia neumática en silencio y con eficacia.

La solución es sencilla en teoría: al llegar a una parada, cada ciclista debería comprobar la presión de sus ruedas. Pero el ciclista medio no se caracteriza por su pragmatismo. Vive convencido de que los pinchazos son una circunstancia estadística que afecta siempre a otros. A los distraídos. A los imprudentes. A los nuevos. Nunca a él.

Por eso, cuando alguien grita “¡Nos vamos!”, siempre hay quien descubre, con genuino asombro, que su rueda ha decidido quedarse. Porque el aire, ese viejo fugitivo, no entiende de rutas ni de prisas. Se marcha cuando le apetece, recordándonos que la bicicleta, como la vida, avanza solo mientras algo invisible nos sostiene.

 

23 comentarios:

Anónimo dijo...

me ha gustado mucho

Anónimo dijo...

Me encanto 👏👏👏👏👏

juan merallo dijo...

¡Gracias por leerlo!

juan merallo dijo...

¡Gracias también por leerlo!

YYY dijo...

Jeje q gracioso, al principio pense en q tu relato era pura poesia,.. pero no! para mi suele ser un drama lo de pinchar, sobre todo la rueda trasera, y cuando alguien grita "nos vamos ", me percato q la cadena se ha salido .. es el momento en q te critican por poner la bici boca arriba, o empiezan a decir eso de q las cubiertas estan muy gastadas, o q si las 5000 o las michelin ...o q desde cuando no limpias la cadena? Un asco, pero suelo tener la suerte de q los chicos me ayudan.
Y lo mejor son esas pequeñas bombas electricas q inflan sin desmelenarse, dios gracias, invento divino.
Y no quiero acordarme de los q usan tubuless y te miran con un "ya te lo decia yo". Pero los pobres no les queda nas remedio q ayudarte...pufff lo q da de si un pinchazo.
Y francamente como te vas a poner a mirar antes de desayunar si has pinchado? Eso es llamar al pinchazo.
Un gusto leerte, q siga lloviendo para tener mas relatos

juan merallo dijo...

Cuántas buenas ideas me has dado Yolanda, por si algún día hago una revisión del texto: cuando te empiezan a echar la culpa de que hayas pinchado por no cuidar la bici, por no llevar las cubiertas adecuadas... los tubeless...
Sí que da de sí el tema, ya lo creo. ¡Gracias por leerlo!

Trinidad Grande pardo dijo...

Un texto encantador.
Muchas gracias por el ratito.

juan merallo dijo...

Viniendo de ti, que eres una fabulosa escritora, es todo un halago. Muchas gracias a ti por leerlo.

aurelio mendiguchia dijo...

Juan, cada día me sorprendes más, sigue escribiendo, siempre tienes algo dentro que rezuma sinceridad y ayuda, gracias

Bicietéreo dijo...

...cuanto de Cortázar hay en este relato, muy bueno Juan.

juan merallo dijo...

Muchas gracias Aurelio. Y gracias a ti por leerlo y comentarlo

juan merallo dijo...

Carlos, has dado en el clavo con una puntería que ya quisieran los Famas Cortazarianos cuando intentan colgar un cuadro torcido. Este relato tiene mucho de Cortázar, sí, aunque no sé si por influencia o por contagio.

La cosa empezó allá por 2007. Yo, inocente, acababa de releer las “Instrucciones para subir una escalera” y pensé, con esa clase de lucidez que solo se tiene cuando uno debería estar haciendo otra cosa, que sería estupendo escribir algo parecido, pero sobre la bicicleta. Y lo escribí. Y quedó… bueno, quedó algo que no estaba mal, pero como soy disperso por naturaleza, de esos que quieren abarcar tanto que al final hacen menos de lo que deberían, lo dejé así guardado y me puse con otra cosa.

El texto quedó ahí, dormido como un cronopio. Hasta que hace poco le enseñé a Pilar las "Instrucciones para subir una escalera", no recuerdo muy bien por qué, y me vino a la memoria aquel otro intento ciclista. Lo rescaté con esfuerzo, porque estaba escondido como esos calcetines que se ocultan en el fondo de la lavadora tras la colada, y esta vez, con la distancia adecuada, me pareció que tenía posibilidades. Así que me pasé tres semanas puliéndolo, sobándolo, hasta que quedó así como lo veis. Me lo pasé genial escribiéndolo. Pocas cosas hay tan bonitas como reír a mándibula abierta mientras haces algo que te gusta.
Muchas gracias a todos por leerlo.

Fernando Domingo dijo...

Cuando se tiene imaginación y literatura salen relatos como éste, de algo tan inocuo como el psssssss del pinchazo.
Un placer leerlo, y mientras, me iba acordando, casi 11 años sin pinchar para, hacerlo por partida doble, a la entrada y salida de Lanjarón, con Josu de testigo.

juan merallo dijo...

Muchas gracias Fernando.
Es lo que tienen los pinchazos: te abandonan durante tantos años que acabas creyendo que ya no van contigo… hasta que un día te recuerdan, sin anestesia, que seguimos siendo mortales sobre dos ruedas.

Paqui Rodriguez dijo...

GRACIAS Juan.
Me ha encantado tu relato, no dejes de escribir, es muy gratificante leerte.

Bicietéreo dijo...

Aquellos que somos adictos a la droga de la lectura hay autores y autoras que siempre estarán con nosotros,... uno de ellos es Julio Cortázar entre muchas y muchos otras/os.

juan merallo dijo...

Seguiré escribiendo mientras el pálpito literario no me abandone. Muchas gracias Paqui.

Otto Luhrs dijo...

Gracias. Lo del segundo pinchazo, ese que se manifiesta luego del "nos vamos" tiene mucho de Ley de Murphy, es un infaltable. Se parece mucho a lo de las paradas porque alguien del grupo necesita un baño, siempre alguien dice "yo también voy al baño" justo cuando estamos listes para partir.

Anónimo dijo...

Me ha encantado y gracias por este momento de lectura que me ha sacado más de una sonrisa

juan merallo dijo...

Tal cual, jajajaja.

juan merallo dijo...

¡Gracias! Yo he sonreido escribiéndolo también.

David dijo...

Enhorabuena Juan. Muy buen relato.Reflejas de manera muy divertida sensaciones que todo ciclista ha tenido. Me encantan muchos de los detalles del ensayo, porque describes con humor experiencias cotidianas de las que nadie escribe.

juan merallo dijo...

Muchas gracias, David. Para mi no hay nada más satisfactorio al escribir que saber que alguien lo pueda haber disfrutado. Con respecto a lo cotidiano, a mí me gusta justo eso: convertir lo cotidiano en algo un poco extraordinario. Al final, en esas pequeñas escenas que todos vivimos late siempre algo especial, esperando a que alguien lo mire con calma y lo cuente. Y la bici —sus manías, sus miserias y sus pequeñas victorias— es un terreno abonado para descubrirlo.