domingo, 28 de diciembre de 2025

El lenguaje del viento

 

Que Leticia era una niña “especial” lo supimos sin necesidad de que nadie nos lo explicara. Bastó observarla crecer.

Aprendía todo muy rápido. Antes de cumplir un año ya decía palabras; poco después las unía; y cuando apenas caminaba, hablaba con una claridad que descolocaba. A los dos años construía frases que parecían pensadas durante horas. Cuando por fin fue capaz de expresar con precisión todo lo que pasaba por su cabeza, algo cambió: empezó a hablar menos, a mirar menos. Como si, una vez abierto del todo su mundo interior, el exterior hubiera dejado de resultarle interesante.

Su lenguaje se volvió exacto, económico, sin adornos. Decía lo justo, como una científica describiendo un experimento. Y, sin embargo, era profundamente sensible, vulnerable a los gestos, a los tonos, a lo que no se decía.

Se interesó pronto por la música, la ciencia, la literatura. Pero todo se le quedaba pequeño. Pensar le fascinaba; el cuerpo, no. El juego físico, el deporte, el trato con otros niños parecían no tener cabida en su universo. Le molestaban las multitudes, el ruido, las luces intensas. Prefería el silencio y el orden.

En el colegio aprendía con facilidad, pero no disfrutaba. Los profesores nos preguntaban cuántos años tenía; los niños la llamaban “la rarita”. Iba demasiado deprisa para ellos. Al final, la sacamos de allí. Los profesores particulares parecían una solución más razonable que obligarla a adaptarse a un mundo que no entendía su idioma.

Por todo eso, cuando cumplió ocho años y el tío Adrián apareció en Navidad con una bicicleta envuelta con cintas de colores, todos pensamos lo mismo: se viene un desastre.

Adrián era nuestro polo opuesto. Vivía al día, sin planes ni ahorros. Se gastaba lo poco que tenía en viajes —muchos de ellos en bicicleta— y afirmaba, sin la menor duda, que era feliz. Nunca supimos muy bien qué quería decir con eso.

Leticia observó la bicicleta en silencio. No la tocó. La recorrió con la mirada como quien examina una máquina compleja. Me la imaginé entendiendo en segundos su funcionamiento: los frenos, la lógica de las ruedas, el sentido del manillar. Cuando pareció terminar de comprenderla, perdió el interés y miró hacia otro lado.

En el parque, mientras Adrián insistía en enseñarle a montar, nosotros anticipábamos la caída. Le explicamos que a Leticia no le gustaba el deporte. Adrián sonrió y dijo que aquello no era deporte, que era otra cosa: Sensaciones, movimiento, libertad. Nos miramos resignados: cuando Adrián se empeñaba, no había quien le parara.

Leticia escuchó las instrucciones de Adrián con atención y asintió. Pillaba todo a la primera, a veces no necesitabas decirle nada, parecía que te escuchara los pensamientos.

Las primeras pedaladas fueron torpes; la bicicleta iba hacia los lados y ella reaccionaba con movimientos bruscos del manillar. Dimos un paso al frente para sujetarla, pero no hizo falta. Ajustó el cuerpo, corrigió el manillar, mantuvo el equilibrio y, de pronto, increíblemente, avanzó sola. Cada vez más recta. Cada vez más rápida.

—Leti, despacio —grité.

—Está todo controlado, papá —respondió—. Es fácil… y divertido.

Nos miramos sin saber qué pensar.

Pasó media hora y seguía pedaleando. Pregunté si no estaría cansada. Adrián se encogió de hombros y afirmó: —El disfrute engaña al cansancio.

Cuando por fin regresó, su madre le preguntó si se lo había pasado bien.

—Muy bien. ¿Volvemos luego?

—¿Aún te quedan ganas?

—Claro. Es muy divertido.

—¿Por qué?

Entonces habló como nunca antes. Con euforia y sin ahorrar palabras.

«¡Ha sido lo más guay de toda mi vida! Al principio me temblaban un montón las piernas y pensaba que me iba a caer, pero luego… ¡zas!, mantuve el equilibrio con el cuerpo y el manillar y empecé a moverme sola. El viento me daba en la cara como si fuera súper rápida, aunque seguro que iba despacísimo. Cuando giré la primera vez casi me muero de la risa, porque sentía como si la bici tuviera vida propia y yo solo fuera agarrada intentando no chocarme con nada. Y cuando conseguí frenar sin caerme, entendí cómo funcionaba todo. Quien haya inventado la bicicleta se merece un premio por hacer algo tan divertido. ¡Quiero volver a hacerlo ya!»

No lo pudimos evitar: lloramos todos, menos Adrián. Leticia me miró, extrañada.

—¿Qué te pasa?

—Nada, hija —le dije—. Es el viento que has levantado al pasar con la bicicleta. Me ha entrado polvo en el ojo.

Miró al frente y después a Adrián, con esa forma suya de agradecer sin palabras.

Mientras se alejaba empujando la bicicleta, pensé que Leticia sí era capaz de escuchar al mundo. Solo necesitaba divertirse para entenderlo.


8 comentarios:

Anónimo dijo...

Cada vez que en el email veo "El de la Bici" siento un pequeño vuelvo. Todos los demás pueden esperar. Y sé que detrás del clic hay palabras que me van a conmover. Quizá montes bien en bici, pero sin duda para lo que sí tienes un don es para transmitir emoción con cada uno de tus relatos. Gracias por hacer de cada uno de ellos algo especial. Ojalá no lleguen con más frecuencia, no quisiera acostumbrarme a ellos

juan merallo dijo...

Conmovido estoy yo con tu comentario. Muchas gracias. No creo que escriba con más frecuencia, por el momento, solo lo hago cuando las emociones me enseñan el camino, y eso ocurre cuando ocurre, no se puede forzar.

YYY dijo...

No, no fui tan habil como esta muchacha, recuerdo a mi padre corriendo detras, con una mano en el sillin... Y yo aterrorizada... Y por lo q veo en los parques sigue siendo el metodo mas comun la carrera del padre...
Para aprender tranquila, me recuerdo en un pequeño corral de la casa del pueblo, probando a bajar por una suave pendiente, de solo un par de metros . Nunca fui muy valiente y cada vez menos.

Yolanda

juan merallo dijo...

Pues con todo el camino que llevas recorrido, Yolanda, se puede decir que mereció la pena el esfuerzo. Gracias por leerlo y comentarlo. Un abrazo.

Otto Luhrs dijo...

Me quedo con la idea de que a mi alrededor está lleno de leticias, leticios, leticies y que debemos intentar ser los adrianes de esta historia

juan merallo dijo...

Ojalá sea así, amigo Otto

Anónimo dijo...

"que obligarla a adaptarse a un mundo que no entendía su idioma."
Ay, que gran verdad, pues todas aquellas personas que miramos la bicicleta de una manera NO- competitiva, NO-vanidosa, NO- arrogante, sabemos lo que hay detrás de esas palabras,...somos y siempre seremos unos outsiders en un mundo que no entiende nuestro idioma: la lentitud, la pereza, el disfrute del tiempo no productivo, el dejarse llevar por el viento, ...deslizase con la luz.
Gracias Juan, siempre, por esas palabras escritas, detrás hay mucha luz, real y metafórica.

juan merallo dijo...

Gracias a ti por leerlo y por reflexionarlo tan agudamente