miércoles, 27 de marzo de 2013

El ciclista anónimo

A mediados del siglo XX, mientras los grandes ídolos del Tour, el Giro y la Vuelta hacían de las suyas, algunos ciclistas anónimos llevaban a cabo auténticas aventuras cotidianas que pasaron totalmente desapercibidas… a no ser que, por casualidad, salgan a la luz.

Mi padre hace unos pocos años
montando en mi bici plegable
Hace unos días me disponía a salir a dar una vuelta con la bicicleta de carretera por los alrededores del pueblo en el que viven mis padres, Santa Cruz de la Sierra (Cáceres), cuando mi padre me ha preguntado sobre cual iba a ser esa ruta. Al detallársela me ha advertido que llegando al pueblo de Abertura según se viene desde Campolugar hay una subida de entidad. Le he dicho que la conozco, que la he subido varias veces y el me ha contestando con una media sonrisa que se la subió en bicicleta mucho antes que yo. Al interrogarle me cuenta la siguiente historia. 

A la edad de 19 años (en 1947), en una época en la que se encontraba trabajando en labores del campo en una finca llamada Magasquilla (por la comarca de Trujillo), su padre (mi abuelo) le pidió que fuera a una finca cerca de Campolugar, distante unos 35 kilómetros, a avisar a un primo suyo más joven por si podía acercarse a Magasquilla a segar unos días, pues necesitaban mano de obra. En aquel entonces casi nadie disponía de teléfonos y estas familias menos aún, pues eran modestas en lo económico y vivían en ambientes donde ni por asomo llegaban las líneas telefónicas. Por lo tanto, la manera más rápida de comunicarse era ir allí y contárselo.

Tenía que ir y venir en el día y en aquella época esas distancias se consideraban largas, porque los medios de transporte eran lentos, los caminos malos y carreteras apenas había, eran irregulares y llenas de baches. Los únicos medios de locomoción de que disponían eran un burro y una bicicleta, pero el burro lo necesitaban para las faenas del día, así que mi padre cogería la bicicleta que había comprado dos años antes por cuatro pesetas a Pepe, el barbero (más adelante sería su cuñado) y haría la ruta en ese medio de transporte.

Si bien la bicicleta la había comprado con dinero, en aquel entonces era habitual el trueque y se cambiaba una bicicleta por unas gallinas o unas liebres, o un talego de legumbres o de trigo. Tiempo después, cuando volvió de la mili, la bicicleta había volado, seguramente cambiada por algo más necesario.

La bicicleta de mi padre tenía un cuadro BH de hierro. Estaba hecha por partes, una rueda de una bici antigua, otra de otra, el cuadro de otra diferente y así sucesivamente. Se puede decir que era única, aunque no existen fotos pues en aquella época las fotos sólo las hacía el “retratero” que venía a algunas fiestas del pueblo y la gente sólo se hacía fotos vestidos de forma “elegante”, como recuerdo.

La bicicleta era robusta y vetusta, pesaba como un demonio, disponía de transportín y guardabarros, que mi padre quitaba y ponía con frecuencia, según si le hacía falta o no, porque añadían mucho peso al conjunto. Los frenos, de una calidad mediana, sólo servían para el llano o cuestas con poco desnivel. En las cuestas abajo con mayor desnivel había que tirar del freno de zapato, poniendo la punta sobre la llanta, de tal modo que al cabo del tiempo el zapato tenía unas características muescas de haber sido usado como freno bicicletero.

La bicicleta tampoco tenía cambios, desde luego, era una bicicleta de piñón fijo. En las cuestas abajo los pedales giraban solos (más rápido mientras mayor velocidad se adquiría) y había que abrir las piernas para dejar a los pedales dar vueltas. También existía la opción de abrir un trinquete que dejaba quietos los pedales, pero era un poco tedioso hacerlo a cada cuesta abajo.

Mi padre se había acostumbrado a desmontarla y montarla, para poder repararla, porque en aquel entonces la gente en los ámbitos rurales no podía depender de reparaciones ajenas, mientras estas no fueran muy complicadas. Sabía centrar radios, aprendiendo con el método de prueba-error, porque allí nadie había para enseñarle. Cuando se la vendieron tenía el color de la herrumbre, haciéndola parecer aún más desvencijada. La pintó de rojo él mismo, porque le gustaba ese color. De rojo lucía mucho e iba muy orgulloso con ella a todos los lugares donde hiciera falta desplazarse, porque para ocio o deporte nadie contemplaba su uso en ese ámbito, tal era la necesidad de trabajar a todas horas para subsistir.

Los repuestos se compraban en una tienda de alquiler de bicicletas de Trujillo, llamada Cisneros, que hoy ya no existe, en la que se alquilaba una bici durante una hora por 1,50 pesetas, un precio no apto para todos los bolsillos en aquel entonces.

Uno de los caminos originales
de aquella ruta
En dos ocasiones se partió el cuadro y había que ir al pueblo de Ibahernando, a casa del herrero, para que la soldara. Una bici se arreglaba todas las veces que hiciera falta, pero jamás se tiraba o desestimaba.

La bici no tenía faros, por lo tanto había que volver de día de la ruta a la finca de sus tíos. En aquel entonces la fauna autóctona tenía entre sus miembros a los lobos y aunque mi padre asegura que no les tenía miedo, era mejor no encontrárselos por aquellos caminos del señor. A lo que si tenía miedo era a los baches, los socavones y las enormes piedras que había en los caminos. Ya había tenido la mala experiencia de encontrarse pedaleando de vuelta hacia casa en una ocasión y hacérsele de noche (una noche sin luna) y al pasar por el prado, como cada vez, salirle unos perros detrás de él (que echaban a correr detrás de todo lo que iba más rápido del paso humano), aumentar la velocidad y no ver un haz de paja que antes no estaba allí, paja del mismo tono que el camino seco y amarillento, chocar con el haz de paja y salir volando por encima hasta caer sobre unos jornaleros que estaban dormidos en el prado, sobre la paja extendida, que se llevaron un susto de muerte y echaron, en defensa propia, mano de una horca, que era la herramienta defensiva más cercana que tenían en ese momento. Tras explicaciones del suceso, le dejaron ir. La bicicleta había quedado estampada dentro del haz de paja y la rueda de atrás, daba vueltas en vacío sin parar, con un sonido un tanto lastimoso y chirriante.

El día de la ruta, un día de principios del verano, con bastantes horas de luz, mi padre estaba presto a emprender la aventura. Primero tuvo que hacer sus faenas propias del campo: alimentar a los animales, recoger los huevos que habían puesto las gallinas, ordeñar la única cabra que tenía, cambiar las cancillas y la compuerta donde estaban guardadas las ovejas, etc. Antes de salir comió algo, pues no iba a llevar comida. La idea era que sus familiares le dieran algo de comer al llegar a la finca.

Salió por lo tanto con lo puesto: unas sandalias, unos pantalones de pana y una camisa con las mangas subidas. En aquel entonces los pantalones y las camisas no entendían de estaciones, sólo las familias pudientes podían permitirse vestuarios diferentes para el cambio de estación, el resto se subían las mangas de la camisa y punt.. También llevaba una bilba (boina) para evitar el sol del mes de mayo. En cualquier caso, muy “arriscao” (acicalado, preparado) para la ocasión.

Le había quitado el guardabarros a la bici, para evitar el ya excesivo peso de la bicicleta. Además para frenar con el pie en las cuestas abajo muy pronunciadas había que hacerlo sin este artilugio y en esta ruta se esperaban unas cuantas cuestas. Para quien no conozca la provincia de Cáceres, esa tierra tiene un perfil muy ondulante, sin apenas llanos, con abundantes cerros, montañas y quebrados por doquier. A eso había que sumarle que aparentemente no iba a llover, era un modélico día de junio, totalmente despejado. Por lo tanto, el guardabarros sobraba en cualquiera de los casos.

Hay que decir que mi padre no estaba acostumbrado a hacer esas distancias tan “largas” en bicicleta, así que no sabía muy bien en lo que se estaba metiendo. Nadie le había explicado que con la distancia aumenta el gasto energético y que había una cosa que más tarde se llamaría “pájara”, en la que si no comes y/o no bebes, te deja con las fuerzas a las mínimas.

La salida de Magasquilla era favorable, pero tan favorable que el cuestón abajo del camino viejo de Ibahernando había que hacerlo con sumo cuidado. Unos meses antes, bajando este estrecho y retorcido camino, un carro de bueyes venía cuesta arriba y al ser el camino tan estrecho y no caber los dos, mi padre tuvo que frenar, con tan mala suerte que se rompió el cable del freno. Intentó frenar con el pie, pero la cuesta era demasiado empinada y la velocidad que en ese momento ya llevaba demasiado grande. Las alternativas eran o golpearse contra los bueyes o salirse del camino. Optó por esta segunda opción, pegándose un tremendo golpe. Resultado: rozaduras varias en brazo y pierna derechos y la bicicleta con ambas llantas dobladas. Curiosamente, el carretero iba dormido, mecido por el balanceante ritmo de los bueyes, y ni se enteró de la caída de mi padre. Incluso seguía dormido mientras mi padre maldecía su mala suerte desde la cuneta.

Al pasar por su pueblo natal, Santa Cruz de la Sierra, fue saludando a diestro y siniestro a todos los que encontraba por las calles. A continuación cogió el camino del cementerio hacia las Tres Cruces, un cruce de caminos que hoy en día sigue existiendo, pero ahora con un firme algo más arreglado. Seguramente nadie se plantearía ahora meterse por allí con cualquier bicicleta que no sea una de montaña equipada con suspensión. Pero entonces todo valía.

Tras pasar el Lejío bajero, se llegaba al río Búrdalo, que venía crecido por las lluvias primaverales. Imposible pasar montando en bicicleta. Sandalias fuera, atadas por las hebillas al cuadro de la bici, pantalones remangados y la propia bici en vilo, cruzando a “la pata la llana”, o sea de forma humilde, andando, sin puentes ni abalorios.

Ya se ha dicho que no llevaba comida. Tampoco bebida. Ni llevaba bidón ni portabidón, ni sabía lo que era eso. En aquel entonces, si tenías sed, bebías agua de los múltiples pozos y fuentes que había por todos lados, o habitualmente de los arroyos, “bebiendo a pecho”, agachándose con el pecho en la tierra y tomando a sorbos lo que directamente te ofrecía la naturaleza en estado puro, siempre que fuera agua que corría, no agua estancada pues entonces las aguas que corrían eran limpias, no estaban aún contaminadas por el “progreso”. Como decía el refrán: “Agua corriente no mata a la gente. El agua pará, te pue matá.” Eran otros tiempos. No había agua corriente en las casas, cogiéndose el líquido elemento de cualquier lado donde el agua no estuviera estancada. En los pozos siempre había un “calambuco”, un recipiente destartalado generalmente de lata para sacar el agua del pozo, a disposición del que pasara.

A continuación enfiló la bicicleta por El Cordel, una vía pecuaria, aún existente, con mejor firme que lo anteriormente pedaleado, que eran prácticamente senderos, muy técnicos (como se diría hoy en día) para pedalear, hasta el pueblo de Abertura.

Antes las cosas no son como ahora que hay mapas, gps y una red de carreteras a la que puedes seguir para ir a cualquier localidad si no te quieres aventurar por caminos que no conoces. Entonces por esa zona eran casi todo caminos para ir de un pueblo a otro y había que preguntar a los paisanos para que te indicaran. Las indicaciones eran bien claras, pero los caminos estaban llenos de piedras, grietas y surcos creados por las lluvias, irregularidades, rodadas de los carros, huellas de los burros, mulos y caballos. También abundaban las “plastas” de heces dejadas por estos animales, que convenía esquivar, so pena de que la rueda de la bici cogiese el “pastel” y te salpicara la cara y el cuerpo.

Por esos caminos no era tan habitual ver a alguien, si acaso algún carro o alguien con un burro cargando agua o cosas propias del laboreo. Pero cuando dos personas se encontraban y no se conocían una de las frases más comunes era “¿Ande val amigo?” para luego empezar una conversación de intercambio de lugares de nacimiento, gente común que pudieran conocer y condiciones del campo para ese año: “Hogaño llovío buen avío” (Este año ha llovido bastante). El castúo es la lengua extremeña y algunas palabras (como “hogaño”) son indescifrables si no eres de allí, aunque otras se parecen al castellano.

El paso por el pueblo de Campolugar le pareció una hazaña. Nunca había llegado tan lejos con la bicicleta y esta población no la conocía. La carretera pasaba por el pueblo y lo hacía más largo y grande de lo que en realidad era. Desde luego había más gente en la calle que ahora. Antes en los pueblos había un bullicio de personas continuo. Ahora, aunque algunos de ellos tengan la misma cantidad de personas residiendo, la gente se relaciona menos y están más tiempo metidos en sus casas. El campo también está más desierto. Antes se veía más gente haciendo labores en el campo y todos dejaban por un momento de hacer su faena, levantaban el cuerpo y la mirada y se quedaban observando con atención a un forastero que iba en bicicleta. No era algo habitual.

Entre Campolugar y Puebla de Alcollarín se encontraba la finca de los tíos. Era mediodía cuando llegó y tanto los tíos como los cuatro primos estaban sentados a la sombra. Fue una sorpresa esa visita inesperada, por lo que todo fueron abrazos y risas de verle allí.

"Chacho" ¿qué haces aquí?-
Vengo a pedirle a Antonio que se venga conmigo a segar la semana que viene a Magasquilla.-
¿Pero si éste no sabe segar?- le dijo el tío Agustín.
No importa, yo le enseño- contestó mi padre.
¿Tú qué piensas, Antonio?- inquirió el tío Agustín.
Vale.- contestó Antonio, que era persona de pocas palabras.
Hecho, la semana que viene te vas a Magasquilla, Antonio- le dijo su padre – Ahora te quedas a comer algo, Juan Antonio (que así se llama mi padre), antes de que te vuelvas.

A mi padre se le encendieron los ojos, porque traía un hambre de mucho cuidado. Ellos ya habían comido y no lo esperaban, así que no tenían ración para él, pero le sacaron un trozo de tocino, otro de morcilla y un cacho de queso con pan, comidas muy habituales por aquel entonces en el ámbito rural.

Mi padre les ofreció a los primos si querían dar una vuelta en la bicicleta mientras tanto, pero todos le dijeron, no sin pesar, que no sabían montar en bici. En aquellos tiempos todo el mundo sabía, y muy bien, cabalgar, pero montar en bicicleta no era ni mucho menos habitual.

Tras dos horas de conversación y descanso, tocó pensar en la vuelta. Desandar lo andado. Eso sí, ya se sabía el camino de vuelta, esta vez no había que estar preguntando en los cruces y en los pueblos, así que el pedalear sería más continuo.

La vuelta fue, por ello (por no tener que estar preguntando y el miedo de haberse perdido) mucho más placentera. Además veía que llegaría de día, lo que era importante por no llevar luces y porque en esos tiempos las noches eran muy oscuras en los pueblos, con muy poca o nula luz nocturna.

Una vez llegado al pueblo de Abertura, tomó la decisión de cambiar de ruta, porque el sendero que había cogido de ida era muy incómodo. Aunque la alternativa suponía algunos kilómetros más, al menos eran carreteras de “almendrilla”, pequeñas piedras prensadas, hasta llegar a “la general”. La general era la carretera que iba de Madrid a Badajoz, la actual autovía A-5. En aquel entonces era una carretera de un ancho de apenas 4 metros, también de almendrilla, frecuentado por muy pocos coches (apenas uno cada hora, con suerte) y si por carros y gente en burro.

La carretera sufría frecuentes desperfectos que los peones camineros arreglaban a la mayor prontitud. Los peones camineros eran unos operarios que se encargaban de arreglar una legua (unos cinco kilómetros y medio) de carretera, de los que eran responsables. Los que se encargaban de carreteras principales, como “la general”, tenían una modesta casa que se encontraba a la mitad de la legua que tenían asignada.

Días antes habían caído unas importantes tormentas vespertinas, pero parecía que esta vez se iba a librar. La semana anterior había ido a Trujillo en bicicleta al cuartel de la guardia civil a enterarse si a un familiar le había tocado hacer el servicio militar en África. A la vuelta le cayó la mayor tormenta que recuerda, con agua y viento, llegando totalmente calado y teniendo que pedalear con ahínco incluso en las cuestas descendentes, debido a la fuerza del viento que no le dejaba avanzar.

Magasquilla al atardecer
A la puesta del sol llegaba a Magasquilla, a su destino, haciendo a pie el último tramo en cuesta, por lo imposible de subirlo con aquella máquina sin cambios y con la “tupa” (cansancio) acumulada. Aquella puesta de sol le pareció más bella que nunca. Desde luego las que se dan en Magasquilla son un auténtico espectáculo, dejando una línea de cielo rota por las encinas y la irregularidad de los cerros, pero seguramente aquella le pareció más bonita que ninguna otra por la alegría de llegar por fin y por algo que entonces no se conocía, la positividad que te ofrecen las endorfinas, esa sustancia endógena que te produce una sensación de bienestar al hacer ejercicio aeróbico.

En total 75 kilómetros, que no sabríamos decir cuál sería la equivalencia para hoy en día contando que eran la mayor parte por senderos y caminos de piedra y con una bicicleta sin marchas y de un peso tres o cuatro veces la bicicleta de carretera que yo manejo actualmente.

Coppi y Bartali andaban esos días iniciando el Giro de Italia de ese año, batallando por encumbrarse en la gloria, quedando más tarde reflejadas sus gestas en los medios de comunicación de la época. Mientras tanto miles de ciclistas desconocidos hacían auténticas gestas cotidianas que quedaban en el anonimato más absoluto. Como dijo alguien una vez, la gloria de los hombres se ha de medir siempre por los medios de que se han servido para obtenerla. Ese fue el caso de aquella ruta de mi padre en un día a finales de mayo de 1947. La ruta de un ciclista anónimo.